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Ioannes Paulus PP. II
Redemptionis donum

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III
CONSAGRACION

7. La profesión religiosa es una "expresión más plena" de la consagración bautismal. La vocación, queridos Hermanos y Hermanas, os ha conducido a la profesión religiosa, gracias a la cual vosotros habéis sido consagrados a Dios mediante el ministerio de la Iglesia y, al mismo tiempo, habéis sido incorporados a vuestra Familia religiosa. Por eso la Iglesia piensa en vosotros ante todo como personas "consagradas": consagradas a Dios en Jesucristo como propiedad exclusiva. Esta consagración detremina vuestro puesto en la amplia comunidad de la Iglesia, del Pueblo de Dios. Y al mismo tiempo introduce en la misión universal de este Pueblo un especial acopio de energía espiritual y sobrenatural; una forma de vida concreta, de testimonio y de apostolado con fidelidad a la misión de vuestro Instituto, a su identidad y a su patrimonio espiritual. La misión universal del Pueblo de Dios se basa en la misión mesiánica de Cristo mismo -Profeta, Sacerdote y Rey- de la que todos participan de diversos modos. La forma de participación propia de las personas "consagradas" corresponde a la forma de vuestro arraigo en Cristo. Sobre la profundidad y fuerza de este arraigo decide precisamente la profesión religiosa.

Esta crea un nuevo vínculo del hombre con Dios Uno y Trino, en Jesucristo. Este vínculo crece sobre el fundamento de aquel vínculo original que está contenido en el sacramento del Bautismo. La profesión religiosa "radica íntimamente en la consagración del bautismo y la expresa con mayor plenitud"[25]. De ese modo ella se convierte, en su contenido constitutivo, en una nueva consagración: la consagración y la donación de la persona humana a Dios, amado sobre todas las cosas. El compromiso adquirido mediante los votos de practicar los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, según las disposiciones propias de vuestras Familias religiosas, como están determinadas en las respectivas constituciones, representa la expresión de una total consagración a Dios y, al mismo tiempo, el medio que lleva a su realización. De aquí arrancan también el testimonio y el apostolado propio de las personas consagradas. Sin embargo, conviene buscar la raíz de aquella consagración consciente y libre, y de la consiguiente entrega de uno mismo como propiedad a Dios en el Bautismo, sacramento que nos conduce al misterio pascual como vértice y centro de la Redención obrada por Cristo.

Por tanto, para poner plenamente de relieve la realidad de la profesión religiosa, es necesario referirse a las vibrantes palabras de Pablo en la Carta a los Romanos: "¿O ignoráis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados para participar en su muerte? Con El hemos sido sepultados por el bautismo para participar en su muerte, para que como El resucitó... así también nosotros vivamos una vida nueva"[26]. "Nuestro hombre viejo ha sido crucificado para que... ya no sirvamos al pecado"[27]. "Así pues, haced cuenta de que estáis muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús"[28].

La profesión religiosa -sobre la base sacramental del bautismo en la que está fundamentada- es una nueva "sepultura en la muerte de Cristo"; nueva, mediante la conciencia y la opción; nueva, mediante el amor y la vocación; nueva, mediante la incesante "conversión". Tal "sepultura en la muerte" hace que el hombre, "sepultado con Cristo", "viva como Cristo en una vida nueva". En Cristo crucificado encuentran su fundamento último, tanto la consagración bautismal, como la profesión de los consejos evangélicos, la cual -según las palabras del Vaticano II- "constituye una especial consagración". Esta es a la vez muerte y liberación. San Pablo escribe: "consideraos muertos al pecado"; al mismo tiempo, sin embargo, llama a esta muerte "liberación de la esclavitud del pecado". Pero sobre todo la consagración religiosa constituye, sobre la base sacramental del bautismo, una nueva vida "por Dios en Jesucristo".

Así, junto con la profesión de los consejos evangélicos, es "despojado el hombre viejo" de un modo más maduro y más consciente y, del mismo modo, "es revestido el hombre nuevo, creado según Dios en la justicia y en la santidad verdaderas", para usar aún las palabras de la Carta a los Efesios[29].




25 Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Perfectae caritatis, 5; cfr. también Documento de la S. C. para los Religiosos e Institutos Seculares "Elementos esenciales" (31 mayo 1983), nn. 5 ss.



26 Rom. 6, 3-4.



27 Rom. 6, 6.



28 Rom. 6, 11.



29 Cfr. Ef. 4, 22-24.






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