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| Ioannes Paulus PP. II Redemptionis donum IntraText CT - Texto |
8. Así pues, queridos Hermanos y Hermanas, todos vosotros que en la Iglesia entera vivís la alianza de la profesión de los consejos evangélicos, renovad en este Año Santo de la Redención la conciencia de vuestra participación especial en la muerte sobre la Cruz del Redentor; es decir de aquella participación mediante la cual habéis resucitado con El, y constantemente resucitáis a una nueva vida. El Señor habla a cada uno y cada una de vosotros, como una vez habló por medio del profeta Isaías: "No temas, porque yo te he rescatado, yo te llamé por tu nombre y tú me perteneces"[30].
La llamada evangélica: "Si quieres ser perfecto... sígueme"[31] nos guía con la luz de las palabras del divino Maestro. Desde lo profundo de la Redención llega la llamada de Cristo, y desde esta profundidad alcanza el alma del hombre; en virtud de la gracia de la Redención, esta llamada salvífica asume, en el alma del llamado, la forma concreta de la profesión de los consejos evangélicos. En esta forma está contenida vuestra respuesta a la llamada del amor redentor, y ésta es también una respuesta de amor: amor de donación, que es el alma de la consagración, es decir, de la consagración de la persona. Las palabras de Isaías: "te he rescatado", "tú me perteneces" parecen sellar precisamente este amor, amor de una total y exclusiva consagración a Dios.
De ese modo se forma la particular alianza del amor esponsal, en la que parecen resonar con un eco incesante las palabras relativas a Israel, que el Señor "eligió para sí... por posesión suya"[32]. En efecto, en cada persona consagrada es elegido el "Israel" de la nueva y eterna Alianza. Todo el Pueblo mesiánico, la Iglesia entera es elegida en cada persona que el Señor escoge de entre ese Pueblo; en cada persona que, por todos, se consagra a Dios como propiedad exclusiva. En efecto, aunque ninguna persona, ni siquiera la más santa, puede repetir las palabras de Cristo: "yo por ellos me santifico"[33] según la fuerza redentora propia de estas palabras, sin embargo, gracias al amor de donación, cada uno, ofreciéndose como propiedad exclusiva a Dios, puede "mediante la fe" hallarse comprendido en el ámbito de estas palabras.
¿No nos invitan quizás a esto las otras palabras del Apóstol en la Carta a los Romanos, que repetimos y meditamos muy a menudo: "Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, grata a Dios; éste es vuestro culto racional"?[34]. En estas palabras resuena como un eco lejano de Aquél que, viniendo al mundo y haciéndose hombre, dice al Padre: "me has preparado un cuerpo... Heme aquí que vengo... para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad"[35].
Remontémonos pues -en el contexto particular del Año jubilar de la Redención- al misterio del cuerpo y del alma de Cristo, como sujeto integral del amor esponsal y redentor; esponsal porque es redentor. Por amor se ofreció a sí mismo, por amor entregó su cuerpo "por el pecado del mundo". Sumergiéndoos mediante la consagración de los votos religiosos en el misterio pascual del Redentor, vosotros, con el amor de una entrega total, deseáis colmar vuestras almas y vuestros cuerpos del espíritu de sacrificio, tal como os invita a hacer San Pablo con las palabras de la Carta a los Romanos, recién citadas: ofreced vuestros cuerpos como hostia[36]. De ese modo se imprime en la profesión religiosa la semejanza de aquel amor que en el Corazón de Cristo es redentor y a la vez esponsal. Y tal amor debe brotar en cada uno de vosotros, queridos Hermanos y Hermanas, de la fuente misma de aquella particular consagración que, -sobre la base sacramental del Bautismo- es el comienzo de vuestra nueva vida en Cristo y en la Iglesia, es el comienzo de la nueva creación.
Que, junto a este amor, se afiance en cada uno y en cada una de vosotros la alegría de pertenecer exclusivamente a Dios, de ser una herencia particular del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Repetid de vez en cuando con el Salmista las inspiradas palabras: "¿A quién tengo yo en los cielos? Fuera de ti, en nada me complazco sobre la tierra. Desfallece mi carne y mi corazón; la roca de mi corazón y mi porción es Dios por siempre"[37]. O bien estas otras: "Yo dije a Yavé: "Mi Señor eres tú no hay dicha para mí fuera de ti". Yavé es la parte de mi heredad y mi cáliz; tú eres quien me garantizas mi lote"[38]. La conciencia de pertenecer a Dios mismo en Jesucristo, Redentor del mundo y Esposo de la Iglesia, selle vuestros corazones[39], todos vuestros pensamientos, palabras y obras, con el sello de la esposa bíblica. Como vosotros sabéis, este conocimiento cálido y profundo de Cristo se realiza y profundiza cada día más, gracias a la vida de oración personal, comunitaria y litúrgica, propia de cada una de vuestras Familias religiosas. También en esto, y sobre todo por esto, los Religiosos y las Religiosas entregados esencialmente a la contemplación son una ayuda válida y un apoyo estimulante para sus hermanos y hermanas dedicados a las obras de apostolado. Que esta conciencia de pertenecer a Cristo abra vuestros corazones, pensamientos y obras, con la llave del misterio de la Redención, a todos los sufrimientos, a todas las necesidades y a todas las esperanzas de los hombres y del mundo, en medio de los cuales vuestra consagración evangélica se ha injertado como un signo particular de la presencia de Dios "por quien todos viven"[40], acomunados en la dimensión invisible de su Reino.
La palabra "sígueme", pronunciada por Cristo cuando "miró y amó" a cada uno y a cada una de vosotros, queridos Hermanos y Hermanas, tiene también este significado; toma parte, del modo más completo y radical posible, en la formación de esa "criatura nueva"[41], que debe surgir de la redención del mundo mediante la fuerza del Espíritu de Verdad, que actúa por la abundancia del misterio pascual de Cristo.