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Ioannes Paulus PP. II
Redemptionis donum

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IV
CONSEJOS EVANGELICOS

Economía de la Redención

9. Mediante la profesión se abre ante cada uno y cada una de vosotros el camino de los consejos evangélicos. En el Evangelio hay muchas exhortaciones que sobrepasan la medida del mandamiento, indicando no sólo lo que es "necesario", sino lo que es "mejor". Así, por ejemplo, la exhortación a no juzgar[42], a prestar "sin esperanza de remuneración"[43], a satisfacer todas las peticines y deseos del prójimo[44], a invitar al banquete a los pobres[45], a perdonar siempre[46] y tantas otras. Si, siguiendo la Tradición, la profesión de los consejos evangélicos se ha concentrado sobre los tres puntos de la castidad, pobreza y obediencia, tal costumbre parece poner de relieve de modo suficientemente claro su importancia de elementos-clave y, en un cierto sentido, "compendio" de toda la economía de la salvación. Todo lo que en el Evangelio es consejo entra indirectamente en el programa de aquel camino, al que Cristo llama cuando dice: "Sígueme". Pero la castidad, la pobreza y la obediencia dan a este camino una particular característica cristocéntrica e imprimen a la misma un signo específico de la economía de la Redención. Es esencial para esta "economía" la transformación de todo el cosmos a través del corazón del hombre, desde dentro: "La expectación ansiosa de la creación está esperando la manifestación de los hijos de Dios... con la esperanza de que también ellas [las criaturas] serán libertadas de la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios"[47]. Esta transformación es simultánea al amor que la llamada de Cristo infunde en el interior del hombre, con el amor que constituye la esencia misma de la consagración, la consagración del hombre y de la mujer a Dios en la profesión religiosa, sobre el fundamento de la consagración sacramental del bautismo. Podemos descubrir las bases de la economía de la Redención leyendo las palabras de la primera Carta de San Juan: "No al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él la caridad del Padre. Porque todo lo que hay en el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no viene del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, y también sus concupiscencias; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre"[48].

La profesión religiosa pone en el corazón de cada uno y cada una de vosotros, queridos Hermanos y Hermanas, el amor del Padre: aquel amor que hay en el corazón de Jesucristo, Redentor del mundo. Este es un amor que abarca al mundo y a todo lo que en él viene del Padre y que al mismo tiempo tiende a vencer en el mundo todo lo que "no viene del Padre". Tiende por tanto a vencer la triple concupiscencia. "La concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y el orgullo de la vida" están en el hombre como herencia del pecado original, por cuya consecuencia la relación con el mundo, creado por Dios y dado en señorío al hombre[ 49], fue deformada en el corazón humano de diversas maneras. En la economía de la Redención los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia constituyen los medios más radicales para transformar en el corazón del hombre tal relación con "el mundo"; con el mundo exterior y con el propio "yo", el cual en cierto modo es la parte central "del mundo" en el sentido bíblico, si en él se enraiza lo que "no viene del Padre". En el contexto de las frases citadas por la primera Carta de San Juan, no es difícil advertir la importancia fundamental de los tres consejos evangélicos en toda la economía de la Redención. En efecto, la castidad evangélica nos ayuda a transformar en nuestra vida interior lo que encuentra su raíz en la concupiscencia de la carne; la pobreza evangélica todo lo que tiene su raíz en la concupiscencia de los ojos; finalmente, la obediencia evangélica nos permite transformar de modo radical lo que en el corazón humano brota del orgullo de la vida. Hablamos aquí ex profeso de la superación como de una transformación, ya que toda la economía de la Redención se encuadra en el marco de las palabras, dirigidas por Cristo en la oración sacerdotal al Padre: "No pido que los tomes del mundo, sino que los guardes del mal"[50]. Los consejos evangélicos en su finalidad esencial sirven "para renovar la creación"; "el mundo", gracias a ellos, debe estar sometido al hombre y entregado a el, de manera que el hombre mismo sea perfectamente entregado a Dios.




42 Cfr. Mt. 7, 1.



43 Lc. 6, 35.



44 Cfr. Mt. 5, 40-42.



45 Cfr. Lc. 14, 13-14.



46 Cfr. Mt. 6, 14-15.



47 Rom. 8, 19-21.



48 1 Jn. 2, 15-17.



49 Cfr. Gén. 1, 28.



50 Jn. 17, 15.






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