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Ioannes Paulus PP. II
Redemptionis donum

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Apostolado

15. De este testimonio de amor esponsal a Cristo, a través del cual se hace particularmente visible entre los hombres toda la verdad salvífica del Evangelio, nace también, queridos Hermanos y Hermanas, como característica de vuestra vocación, la participación en el apostolado de la Iglesia, en su misión universal, que se realiza contemporáneamente en medio de todas las naciones, de tantos modos diversos y mediante la multiplicidad de los dones concedidos por Dios. Vuestra misión específica está armoniosamente concertada con la misión de los Apóstoles, que el Señor envió por todo el mundo para enseñar a todas las gentes[95], y está unida también a esta misión del orden jerárquico. En el apostolado que desarrollan las personas consagradas, su amor esponsal por Cristo se convierte de modo casi orgánico en amor por la Iglesia como Cuerpo de Cristo, por la Iglesia como Pueblo de Dios, por la Iglesia que es a la vez Esposa y Madre. Es difícil describir, más aún enumerar, de qué modos tan diversos las personas consagradas realizan, a través del apostolado, su amor a la Iglesia. Este amor ha nacido siempre de aquel don particular de vuestros Fundadores, que recibido de Dios y aprobado por la Iglesia, ha llegado a ser un carisma para toda la comunidad. Ese don corresponde a las diversas necesidades de la Iglesia y del mundo en cada momento de la historia, y a su vez se prolonga y consolida en la vida de las comunidades religiosas como uno de los elementos duraderos de la vida y del apostolado de la Iglesia. En cada uno de estos elementos, en todo campo -tanto en el de la contemplación fecunda para el apostolado como en el de la acción directamente apostólica- os acompaña la bendición constante de la Iglesia y, a la vez, su pastoral y maternal solicitud, en lo referente a la identidad espiritual de vuestra vida y la rectitud de vuestro actuar en medio de la gran comunidad universal de las vocaciones y de los carismas de todo el Pueblo de Dios. Bien sea a través de cada uno de los Institutos por separado, bien sea mediante su integración orgánica, en el conjunto de la misión de la Iglesia se pone de particular relieve aquella economía de la Redención, cuyo signo profundo cada uno y cada una de vosotros, queridos Hermanos y Hermanas, lleva consigo mediante la consagración y la profesión de los consejos evangélicos. Y por lo tanto, aunque son muy importantes las múltiples obras apostólicas que realizáis, sin embargo la obra de apostolado verdaderamente fundamental permanece siempre lo que (y a la vez quiénes) sois dentro de la Iglesia. Se pueden repetir de cada uno y cada una de vosotros, a título especial, las palabras del Apóstol: "Estáis muertos, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios"[96]. Y a la vez ese "estar escondidos con Cristo en Dios" permite que se apliquen a vosotros las palabras del Maestro mismo: "Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos"[97].

Para esta luz, mediante la cual debéis "resplandecer ante los hombres", es importante entre vosotros el testimonio de recíproca caridad, unida al espíritu fraterno de cada Comunidad, ya que el Señor dijo: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si tenéis amor unos para con otros"[98].

La naturaleza fundamentalmente comunitaria de vuestra vida religiosa, alimentada por la doctrina del Evangelio, por la Sagrada Liturgia y, sobre todo, por la Eucaristía, constituye un modo privilegiado de realizar esta dimensión interpersonal y social. Ayudándoos mutuamente y llevando unos el peso de los otros, manifestáis a través de vuestra unión que Cristo está presente en medio de vosotros[99]. Es importante para vuestro apostolado en la Iglesia ser sensibles a las necesidades y a los sufrimientos del hombre, que se muestran tan claramente y de modo tan conmovedor en el mundo de hoy. El Apóstol, en efecto, enseña: "Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas, y así cumpliréis la Ley de Cristo"[100]; y añade que "el amor es la plenitud de la Ley"[101]. Vuestra misión debe ser visible. Debe ser profundo, muy profundo el vínculo que la une a la Iglesia[102]. A través de todo lo que hacéis y, sobre todo, mediante lo que sois, que se proclame y se confirme la verdad de que "Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella"[103]; la verdad que está en la base de toda la economía de la Redención. Que de Cristo, Redentor del mundo, brote como fuente inagotable vuestro amor a la Iglesia.




95 Cfr. Mt. 28, 19.



96 Col. 3, 3.



97 Mt. 5, 16.



98 Jn. 13, 35.



99 Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Perfectae caritatis, 15.



100 Gál. 6, 2.



101 Rom. 13, 10.



102 Lo recuerda explícitamente el Código de Derecho Canónico a propósito de la actividad apostólica. Cfr. can. 675, par. 3.



103 Ef. 5, 25.






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