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Ioannes Paulus PP. II
Redemptionis donum

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Pobreza

12. ¡Qué expresivas son respecto a la pobreza las palabras de la segunda Carta a los Corintios, que constituyen una síntesis concisa de todo lo que sobre este tema escuchamos en el Evangelio! "Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por amor nuestro, para que vosotros fueseis ricos por su pobreza"[64]. Según estas palabras la pobreza entra en la estructura interior de la gracia redentora de Jesucristo. Sin la pobreza es imposible comprender el misterio de la donación de la divinidad al hombre, donación que se ha realizado precisamente en Jesucristo. También por esto, la pobreza se encuentra en el centro mismo del Evangelio al comienzo del mensaje de las ocho bienaventuranzas: "Bienaventurados los pobres de espíritu"[65]. La pobreza evangélica abre a los ojos del alma humana la perspectiva de todo el misterio "oculto desde los siglos en Dios"[66]. Sólo los que son de este modo "pobres", son a la vez interiormente capaces de comprender la pobreza de Aquel que es infinitamente rico. La pobreza de Cristo encierra en sí esta infinita riqueza de Dios; ella es más bien su expresión infalible. Una riqueza, en efecto, como es la misma Divinidad, no se habría podido expresar adecuadamente en ningún bien creado. Puede expresarse solamente en la pobreza. Por esto, puede ser comprendida de modo justo sólo por los pobres, por los pobres de espíritu. Cristo, Hombre-Dios, es el primero de ellos. El que "era rico y se ha hecho pobre", no es solamente el maestro, sino también el portavoz y el garante de aquella pobreza salvífica, que corresponde a la riqueza infinita de Dios y al poder inagotable de su gracia. Es pues verdad -como escribe el Apóstol- que "por su pobreza somos ricos". Es el maestro y el portavoz de la pobreza que enriquece. Precisamente por esto dice al joven en los Evangelios sinópticos: "Vende cuanto tienes... dalo... y tendrás un tesoro en los cielos"[67]. Se da en estas palabras una llamada para enriquecer a los demás a traves de la propia pobreza; pero en el interior de esta llamada está escondido el testimonio de la infinita riqueza de Dios que, transferida al alma humana mediante el misterio de la gracia, crea en el mismo hombre, precisamente a través de la pobreza, un manantial para enriquecer a los demás no comparable con cualquier otra clase de bienes materiales; un manantial para enriquecer a los demás a semejanza de Dios mismo. Esta dádiva se da en el ámbito del misterio de Cristo, que "nos ha hecho ricos con su pobreza". Vemos cómo este proceso de enriquecimiento se desarrolla en las páginas del Evangelio, encontrando su punto culminante en la pascua: Cristo, el más pobre, con su muerte en la Cruz, es a la vez, el que nos enriquece infinitamente con la plenitud de la Vida nueva, mediante la resurrección.

Queridos Hermanos y Hermanas, pobres de espíritu mediante la profesión evangélica: mantened a lo largo de vuestra vida este perfil salvífico de la pobreza de Cristo. Buscad día tras día su madurez cada vez mayor. Buscad sobre todo "el reino y su justicia" y lo demás "se os dará por añadidura"[68]. Que en vosotros y por medio vuestro se realice la bienaventuranza evangélica reservada a los pobres[69], a los pobres de espíritu[70].




64 2 Cor. 8, 9.



65 Mt. 5, 3.



66 Ef. 3, 9.



67 Mt. 19, 21; cfr. Mc. 10, 21; Lc. 18, 22.



68 Mt. 6, 33.



69 Cfr. Lc. 6, 20.



70 Cfr. Mt. 5, 3.






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