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| P. Amedeo Cencini, FDCC Lectura crít. y prop. para nuevos caminos form. IntraText CT - Texto |
4 - Perspectivas para la formación
4.1 - En primer lugar el Congreso mismo, como acabo de decir, ha sido una experiencia formidable de formación que ha puesto de relieve la utilidad de estas formas y de estos momentos de agregación intercongregacional para caminar, rezar, formarse juntos, compartiendo y esperando.
Interesante lo que dice la Hermana Anna María Mukamwezi, según la cual ha habido una verdadera evolución en la actitud general de los jóvenes durante el Congreso. Al comienzo llenos de miedo, sobre todos los "solos", es decir los jóvenes pertenecientes a congregaciones con poco futuro y poca esperanza, pero luego animados y re-animados por el clima general de fe y optimismo creyente y esperanzador.
4.2 - Con claridad y sinceridad los jóvenes religiosos han hablado de la necesidad de ser acompañados por formadores preparados. Alguien ha hablado de la posibilidad de un congreso internacional para ellos. Otros han hablado de "guías valientes que no teman exigir de nosotros una conversión radical... y bien formados para desempeñar esta tarea". No sé si este llamamiento pueda hacernos pensar en una cierta formación algo débil, escasamente incisiva, quizás grupal, incapaz de pedir el máximo52...
Personalmente me ha impresionado ver cómo los jóvenes han acogido el concepto de lucha religiosa, lucha con Dios y con sus proyectos, lucha en la que vence aquel que acepta dejarse derrotar, y distinta de la lucha psicológica inútil.
4.3 - Indudablemente, se necesitan nuevas estrategias educativas, nuevos recorridos pedagógicos, y es interesante notar cómo los jóvenes también sientan la necesidad de ella. Es preciso pasar de la preocupación exclusivamente educativa, que eduque lo mejor de la persona para que pueda autorrealizarse, a la tensión formativa, que propone una forma, como norma y regla de vida, aquella forma que es el tener en sí mismo los sentimientos de Cristo53. Es necesario declinar la riqueza de esta fórmula en itinerarios pedagógicos concretos. Hay incluso quien dice abiertamente que "falta una formación verdadera". Hoy el punto débil es la pedagogía, no la teología.
4.4. - Se subraya, repetidas veces, la exigencia de una formación integral: a nivel humano (antropológico-psicológico, afectivo-sexual...), teológico (bíblico y espiritual), en sintonía con la misión y que capacite para tener una conciencia crítica frente a la realidad, pero también la capacidad de diálogo benévolo y abierto con la cultura circundante.
4.5. - Queriendo intentar una síntesis de las intuiciones e instancias emergidas en el Congreso, podría resumir en los puntos siguientes los acentos en los que es preciso hacer hincapié en un camino formativo de futuro.
a) Una escucha renovada de nuestros jóvenes: el planeta jóvenes se mueve, no podemos contentarnos con las encuestas sociológicas, como hemos visto, ni tampoco tener la presunción de haber entendido todo de ellos o dar por hecho que representan una generación inferior respecto al pasado. Hay expectativas e interrogantes muy significativos y positivos en los jóvenes consagrados, que exigen diálogo para ser codificados. No siempre estos jóvenes tienen la sensación de ser escuchados o tomados en serio. Es obvio que la capacidad de escucha supone también el valor de entrar en ciertos lenguajes y modos de expresarse, para intentar, por lo menos, entenderlos y no negarlos, de entrada, por "menos religiosos". Escuchar a los jóvenes no es para nosotros un simple acto de benevolencia, sino condición indispensable para quedarnos en contacto con el presente.
b) Garantizar un acompañamiento real y personal, como lugar para educar y formar: acompañamiento en el sentido más profundo de un camino con un hermano mayor que comparte "el pan del camino", de la fe y de la espiritualidad con el joven en formación. Pero también en el sentido de una posibilidad real de compartir con una comunidad que vive hasta el fondo la fraternidad de la fe en la señal clara e inequívoca del único carisma.
c) Centrar todo el proyecto formativo en la solidez del acto de fe, sin darlo ingenuamente por hecho, y proponiendo más bien una articulación sabia de las actitudes interiores que llevan a la fe (la confianza, el consentimiento de la mente y del corazón, la propia entrega...) y de los dinamismos típicos de la fe (fe recibida-acogida, rezada-celebrada, vivida-personalizada, estudiada-sudada con fatiga, anunciada a los demás).
d) Mantener vivo el encanto y la centralidad de la persona de Jesús. Nuestros jóvenes necesitan un punto de referencia preciso, que es una persona, Él, el Señor de la vida, el Maestro, el camino, la verdad y la vida. No es posible que se queden sin centro. Han visto al Señor, pero necesitan verlo más; sobre todo necesitan tener a su lado testigos creíbles que han encontrado verdaderamente al Señor resucitado. Necesitan entender de manera existencial qué significa tener sus mismos sentimientos...
e) Atreverse más a pedir a los jóvenes que "miren hacia arriba", hacia los ideales de santidad, hacia una vida vivida en plenitud e intensidad, que apunte hacia Jerusalén donde se cumple la Pascua de muerte y resurrección. Si la VC no es radical y total, deja de ser el alma perennemente joven de la iglesia y los jóvenes envejecen precozmente, dejan de soñar y no tienen visiones. Si además no está claro que Jerusalén es el punto de llegada, entonces todo se hace equívoco y sospechoso, y la vida se hunde en la mediocridad más escuálida, sin color.
f) Volver a proponer el sueño de Jacob, como imagen de la VC hoy, con los ángeles que bajan y suben por la escalera que une al hombre con Dios. Así el joven religioso tiene que comprender que está llamado a bajar desde Dios al hombre, para manifestar a su hermano la caritas del Padre, sobre todo a aquel que tiene la tentación de no creer en ella. Pero está llamado también a subir del hombre hacia Dios, o a acompañar a los hombres por los caminos que llevan a la visión del rostro de Dios. Son los dos pulmones de la VC: la actividad caritativa y espiritual, misión y contemplación, que hay que vivir juntas, en una síntesis que es posible sólo cuando los dos polos se viven a tope, sin contraponerlos, no de manera unilateral, y menos aún como oposición entre vida activa y contemplativa.
g) Poner a los jóvenes frente al reto constante de saber confesar su esperanza, de saber decir en un lenguaje sencillo y accesible a todos las riquezas de su propia espiritualidad, de no retenerlas celosamente para sí y la propia perfección, sino saberlas dar, "traduciéndolas" en lenguaje joven.
h) Provocar para pasar del conocimiento a la experiencia y a la sabiduría. El conocimiento, y el estudio, son el primer eslabón, pero no basta conocer o estar informados, muchos jóvenes lo son y no vibran por dentro. Es preciso ofrecer experiencias y dar a los jóvenes la posibilidad de implicarse directamente, desde el tiempo de la formación, en situaciones de compromiso directo y vivir la misma dinámica de formación como algo experiencial, vivido en primera persona, experimentado profundamente como algo verdadero, bello y bueno. Hoy se habla mucho, y hasta demasiado, de experiencia, pero no suficientemente del último eslabón, de la sabiduría, que significa una experiencia que no puede ser puntual y relativa a ciertos momentos y situaciones, sino que debe ser estable, como aquello de lo cual brota una sabiduría nueva, un nuevo sabor de la vida, un "paladar de bienaventuranzas", una ciencia de la cruz, una manera nueva de identificarse, en la palabra de Dios y en el carisma.
i) Favorecer y promover ocasiones de encuentros entre religiosos jóvenes, que permitan encontrarse y tejer relaciones amplias, profesar en coro la fe común en la especificidad y luminosidad de los distintos carismas y animarse mutuamente en el testimonio común eclesial frente al mundo. El encontrarse abre la mente, ensancha los horizontes más allá de los pequeños intereses de instituto, da fuerza y da sentido de grupo. Y esto es formativo, no es sólo consuelo psicológico para no deprimirse. No olvidemos que los carismas se buscan y se iluminan mutuamente; si se quedan encerrados y aislados, quizás en una rivalidad estúpida, enloquecen y se vacían.
En su exposición a la asamblea, Padre Amedeo Cencini quiso añadir a su síntesis escrita una serie de interrogantes a plantear en los trabajos de grupo. ¿Qué tipo de formación damos a nuestros jóvenes, constatando que demasiado a menudo la Potissimum Institutioni no ha sido cumplida? A propósito del carisma, ¿qué claridad y qué modelo proponemos? ¿Qué testimonio personal damos a los jóvenes? A propósito de las relaciones entre misiones y misión, el apostolado ¿es realmente coherente con el carisma y los retos del tiempo? Y, por último, ¿qué comunidad sabemos ofrecer a los jóvene