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| P. Amedeo Cencini, FDCC El riesgo y la cruz en la vida del/de la joven IntraText CT - Texto |
Los sucesos sobradamente conocidos, capaces de conseguir el primer puesto en la atención de los medios de comunicación en las semanas anteriores, aunque atañen sobre todo al clero de Norteamérica y parecen bastante enlazados con aquella realidad sociocultural, nos mueven a hacer algunas reflexiones y plantearnos algunos interrogantes acerca de algunos pasajes fundamentales del camino formativo, inicial y permanente.
En primer lugar, el verdadero problema parece estar ligado a la difícil gestión de la sexualidad en la cultura moderna, al progresivo proceso de banalización y envilecimiento de la sexualidad, cada vez más desenganchada del amor y cada vez más expresión de un malentendido sentido de libertad desenganchada a su vez de la responsabilidad. Tan es así, que el verdadero problema no parece ser ni siquiera la gestión difícil de la sexualidad, sino simplemente su no gestión,. No es un problema de Iglesia, según parece; tan verdad es eso, que los mismos fenómenos pueden encontrarse, e incluso en mayores proporciones, en otras categorías, y trayendo bien a la memoria que la mayor parte de los abusos sexuales se da dentro del recinto familiar.
Lo cual ni nos consuela ni hay que usarlo como argumento defensivo, pero nos permite echar una mirada realista al problema. Volviendo al interior de la vida de la Iglesia en estos últimos años, se demuestra también eso por el hecho de que los mismos problemas se han tenido significativamente aun en otros contextos socioeclesiales; creo que recordaréis, si bien la cosa alcanzó menos relieve, aquel documento reservado a la Congregación para los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, y hecho público después hace un par de años, en el que salían a la luz episodios, no ciertamente infrecuentes, de violencia cuyas víctimas habrían sido religiosas sobre todo africanas y, en menor cuantía, orientales, por parte – y esto es desconcertante e inquietante de veras – de sacerdotes y religiosos. Entre otras cosas, ese hecho menoscaba la idea de que habría algunas culturas (en este caso, la africana) en que la observancia del celibato resultaría imposible: el celibato, en cuanto tal, requiere un cierto tipo de renuncia al ejercicio de un instinto enraizado profundamente en la naturaleza humana, y, por tanto, será siempre una opción comprometedora y, culturalmente (y sociológicamente), “disonante”.
Alguien podría decir que la causa de todo eso es el celibato (“la ley del celibato”), o bien un celibato impuesto y no elegido, soportado y no querido, causa y a la vez efecto de componendas penosas entre instinto que aprieta y valores que cada vez “empujan” menos. Tal hipótesis no puede ser excluida en absoluto, pero es preciso hacer dos observaciones al respecto.
La primera, de origen psicológico, nos informa que la sexualidad tiene las características de la plasticidad y de la paninvasión. Por lo que, en concreto, problemas que surgen en cualquier área de la personalidad tocan, antes o después, el área de la sexualidad; más bien a veces se desfogan precisamente allí, exactamente en esa zona encuentran como una válvula de escape, una salida, obviamente creando problemas y perturbando la normal vida afectivo-sexual de la persona misma. Por consiguiente, los problemas en el área afectivo-sexual no tienen muchas veces un origen afectivo-sexual, han brotado en otro sitio y, por tanto, hay que “curarlos” en otro lugar (razón por la cual el matrimonio muy a menudo no ha resuelto los problemas del ex cura1). Razón por la cual es necesaria gran cautela antes de establecer conexiones automáticas entre crisis afectivas y norma de celibato.
Segunda observación: es obvio que una sociedad como ésta donde no hay una gestión inteligente y ordenada de la sexualidad, ordenada por el amor y para el amor y llevada con responsabilidad (“haz sexo con quien quieras, como quieras, cuando quieras”), crea problemas serios al que quiere vivir un proyecto de vida célibe independientemente del contexto cultural y de las condiciones económicas (¡y también esto es interesante!). Es evidente que en este contexto resulta más difícil ser vírgenes por el reino de los cielos. Pero decir esto no significa sacar la conclusión de que ha perdido su sentido o que tiene menos sentido.
Otra precisión relativa a los sucesos norteamericanos: no es exacto hablar genéricamente de pedofilia, como si la mayor parte de los abusos sexuales denunciados hubiera que registrarlos como casos de pedofilia, pues es exactamente lo contrario: los casos de pedofilia son una muy neta minoría, mientras que la mayoría de los desórdenes sexuales del clero norteamericano se refieren a relaciones homosexuales con adolescentes2. Pero esto precisamente tiene alguna explicación particular. Desde hace mucho la cultura norteamericana ha tomado una actitud muy favorable en lo tocante a la condición homosexual, como si ésta fuera condición absolutamente normal. Es obvio que tal mentalidad haya penetrado sutilmente también dentro de la comunidad creyente, también en los seminarios, hasta llegar a determinar una correspondiente actitud, es decir muy posibilista, incluso en los criterios para la admisión a las órdenes. No discuto, por ahora, la licitud o ilicitud de esa actitud, pero es completamente natural que esta mentalidad la haya asumido, quizá inconsciente o implícitamente, hasta el individuo particular con este tipo de problemas (considerados tales cada vez menos), determinando a su vez una bajada de sus defensas y una consiguiente merma de su capacidad de control. Los casos de homosexualidad que han estallado ahora con una dimensión tan preocupante no se los puede poner correlacionar con este fenómeno cultural, social y eclesial. Si durante tanto tiempo se ha predicado que la homosexualidad es una simple variante de la tendencia sexual (los homosexuales serían, según esta aproximación, “los zurdos del sexo”), no hay por qué maravillarse si se abre camino despacio despacio la idea de que ... la transgresión en ese sentido no es, a la postre, tan grave o de que quizá no haya en ello nada malo. Con frecuencia, bien lo sabemos, la conciencia no hace más que buscar-encontrar los motivos para confirmar la conducta, como si fuera un epifenómeno suyo (o para justificar la incapacidad de mantener bajo control alguna tendencia interior).
Un interrogante legítimo es el de quien se pregunta hasta qué punto la situación norteamericana es aplicable también a otros contextos socioeclesiales. Para alguno sería sólo el inicio de un proceso de emersión de lo sumergido, que toca a otras muchas realidades de Iglesias locales-nacionales. Yo creo que en algunos contextos podrá ser así, no por doquier (con la esperanza de no ser contradicho por los hechos, o por los números, y sin ninguna presunción ni ingenuidad)3. Pero, en todo caso, hay quien habla de América como de aquel contexto sociocultural que es siempre “one step ahead”, y en cierto modo anticipa lo que más tarde sucederá en otro sitio. Más bien, lo importante para nosotros es preguntarnos si lo acaecido en Norteamérica implica también a la vida consagrada: no tenemos aún datos precisos y definitivos, pero ciertamente también la VC parece parte en causa en todas estas vicisitudes,, en que estarían comprometidos igualmente institutos religiosos o individuos consagrados. Un motivo más para intentar comprender y tener en cuenta todo lo sucedido.
En efecto, para nosotros resulta aún más interesante preguntarnos qué indicaciones pueden venirnos a nosotros, a nuestra idea de virginidad, como tal y en cuanto celibato correlacionado con el presbiterado, a nuestra praxis de formación y de formación para el celibato y para la madurez afectivo-sexual, a los itinerarios de formación. En el fondo, esta crisis rompiente está diciendo algunas cosas muy precisas, que atañen de forma especial al discernimiento vocacional y a la calidad y especificidad de la formación inicial y permanente. Parece evidente, desde la crisis americana, que no siempre los discernimientos vocacionales para la admisión a las órdenes (o a los votos) se hacen con miramiento (¡si hasta personas con tendencias pedófilas pueden ser ordenadas!); mientras que es lícito plantearse este interrogante: ¿existe una verdadera y real formación en la madurez afectivo-sexual en nuestras casas de formación, una educación en la opción virginal, una comprobación - en lo posible sin esperar al diaconado - de si el joven en cuestión ha recibido el carisma del celibato y está en grado de captar su belleza y vivirlo, sin dar por supuesto que, si hay o parece haber una llamada al sacerdocio, habrá también disponibilidad interior para vivir célibe? ¿Existe una formación permanente en ese sentido, de forma que el religioso con dificultades o crisis afectiva sepa a quién acudir y no tenga que ir a buscar quién sabe dónde las ayudas necesarias y tal vez se sienta incluso marginado en casa, sin esperar que la crisis degenere y resulte insoluble?
Me parece, pues, que hay una conversión ante todo relativa a la idea de celibato por el reino, y precisamente esta idea creo que vale la pena comenzar a revisarla, para definir correctamente el sentido de la opción virginal e indicar al menos algunos pasajes de un auténtico itinerario formativo en ese sentido. Vamos a ver aquí solamente uno de estos pasajes o etapas: el que se refiere a la condición, o a aquel criterio fundamental e imprescindible, especialmente desde el punto de vista psicológico, para la opción del celibato por el reino de los cielos, y que nos permite también captar su contenido cualificado en el plano exquisitamente espiritual.