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P. Amedeo Cencini, FDCC
El riesgo y la cruz en la vida del/de la joven

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3.1. Las dos certezas

 

La opción virginal no es opción heroica y ni siquiera extraña; es elección posibilitada por un corazón que ha descubierto que ha sido amado abundantemente, desde siempre y por siempre, y que ha experimentado a su vez que él también es capaz de amar, para siempre. Son las dos certezas que, en el plano psicológico, evidencian la libertad afectiva de la persona.

 

La pedagogía de la opción virginal pasa por estas dos certezas, o intenta acompañar a la persona en su adquisición, porque sin ellas no sería posible ni creíble opción alguna en tal sentido. Se consagra auténticamente en la virginidad sólo quien descubre que ... no podría prescindir de ella y que, al mismo tiempo, se convence de que el don de sí mismo a Dios y a los demás es lo mínimo que puede hacer, a la vista del amor recibido. Algo así como decir: es una opción obligada y, sin embargo, libre, humilde y discreta y, sin embargo, generosa y total, llena de gratitud antes incluso que de gratuidad.

 

Estoy profundamente convencido de que, si fuéramos capaces, como educadores, de suscitar estas dos certezas en el corazón de muchos jóvenes, si fuésemos capaces de ayudarles a recuperar la verdad de su vida (porque todos, de hecho, han sido amados y están en grado de amar), ciertamente también podría haber muchas más opciones de elección virginal. En tiempos pasados existía la psicología del héroe; hoy las ondas transmiten la queja y la psicología de la queja; por lo cual, en esta sociedad del bienestar en que todo se nos debe y que ha quitado la libertad de gozar del bien recibido y de maravillarse del mismo y de estarle agradecidos, todos creen tener el derecho de lamentarse de alguien o de algo que no ha funcionado por el lado justo en su vida pasada.

 

La elección de la virginidad es elección gozosa, no quejumbrosa. Elección de quien, con la certidumbre de haber sido ya amado, se dispone a dejarse amar aún por Dios y el prójimo. Quien se queja no es libre de dejarse querer, porque no le bastará nunca y siempre tendrá algo de que lamentarse. Por consiguiente, quien se queja no podrá ser virgen nunca. Porque la virginidad no es sólo amor oblativo y sacrificial, sino igualmente el máximo de la libertad de dejarse querer y gozar del mínimo signo de afecto. También esto hay que recordárselo al joven. Para que la virginidad no sea presentada de forma contradictoria y desalentadora, y su gozo sea pleno ...

 

Podrá parecer paradójico, pero aquí resulta central la perspectiva pascual.

 




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