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| P. Amedeo Cencini, FDCC El riesgo y la cruz en la vida del/de la joven IntraText CT - Texto |
3.2. La cruz, corazón del mundo
Al Padre le ha complacido hacer habitar en Cristo toda plenitud, recapitulando y reconciliando en él y en la sangre de su cruz todas las cosas (cfr. Col 1,20; Ef 1,10). La cruz es símbolo e icono del amor virginal, porque la cruz es la plenitud máxima del amor, humano y divino, para Dios y para todo hombre, que abraza a todos y a nadie excluye; es la síntesis, en grado máximo, de amor recibido y dado, de amor crucificado y ya resucitado o iluminado por los albores del alba de la resurrección. La cruz es el corazón del mundo – así ha sido en la historia de la salvación – y este corazón debe disponerse a tener el joven que opta por el amor virginal.
En efecto, nada como la cruz puede dar esas dos certezas estratégicas para la opción virginal; por esto la cruz atrae también a un joven: lo atrae a nivel racional, porque puede dar sentido a todo, incluso al sufrimiento más irracional [“nada se libra de su calor” (Sal 18,7)], y a nivel afectivo, porque nada como la cruz le da la certeza absoluta de haber sido amado, desde siempre y por siempre, y porque tampoco nada como la cruz lo provoca, en el mismo momento, a donar amor, a tomar la iniciativa, a dar el primer paso, a amar a quien no es amable ... “El verdadero rostro de Dios – dice con agudeza Moltman – es el rostro crucificado”. Si, pues, “a los jóvenes se les presenta a Cristo con su verdadero rostro, lo sienten como una respuesta convincente y son capaces de acoger su mensaje, aunque sea exigente y rubricado con la Cruz”6.
La pedagogía vocacional que lleva a esta opción ha de ser, pues, en cierto modo una pedagogía de la cruz, como una en-cruci-jada. El amor virginal es fundamentalmente amor pascual, crucificado-resucitado; por lo tanto, debe recorrer aquel itinerario preciso, para que el joven aprenda a tener los mismos sentimientos que el Hijo que da la vida mientras la recibe del Padre, y elija la virginidad como una forma de recibir y de ofrecer su propia vida
En el plano pedagógico será, pues, importante no tener miedo de proponer el icono de la cruz, mostrando que se ha entendido la lección de las Jornadas Mundiales de la Juventud (como en Tor Vergata), donde la cruz fue la gran protagonista no sólo de la vigilia final, sino de la Jornada Mundial de la Juventud 2000 en todas sus fases, desde su preparación a su celebración conclusiva. Fue conmovedor constatar la fascinación de este signo levantado de la tierra, exactamente como había profetizado Jesús: “Yo, cuando me levanten de la tierra, tiraré de todos hacia mí” (Jn 12,32).
¿Por qué esta fascinación?
3.2.1. Aquel misterioso vínculo ...
Hay un misterioso vínculo entre el misterio de la sexualidad y el misterio de la Pascua. Podrá parecer singular y extraño, pero pedagógicamente es eficaz en extremo.
Porque nada como la cruz de Jesús, corazón del mundo, puede “recapitular” todas las cosas, dar pleno sentido a todo, verdaderamente a todo, también a la sexualidad juvenil que prorrumpe y a esa exigencia de relación y fecundidad escondida en ella, hasta cuando se disfraza de ganas de jugar con el otro, incluso usándolo; aun a aquella necesidad visceral de amor que el joven se lleva dentro como una mujer encinta, también cuando no se percata de que lo pretende todo y únicamente para sí mismo, como un niño que no ha crecido nunca. La sexualidad es misterio. La cruz ayuda a desvelarlo, a captar su naturaleza y su riqueza, a dar un orden a esa energía para que no se pierda ni se mate a sí misma. En efecto, la cruz desvela que ...
- todo gesto de amor, desde el más pequeño al más grande, va siempre precedido por el amor recibido (Jesús jamás habría subido a la cruz si no hubiera estado seguro del amor del Padre; por más que, precisamente en la cruz, experimentará la más absoluta soledad);
- pero, en todo caso, el amor no puede elegir las medias tintas: por su propia naturaleza es radical y total, y la cruz es el signo más grande del amor más grande;
- y, por consiguiente, un cierto resultado extremo y doloroso, de pasión, de don, incluso padecido, de sí mismo, es parte natural del amor: en resumen, quien ama tiene que “morir”, forzosamente; hay un drama inevitable en la vida de quien se toma en serio la relación con el otro, con el distinto de sí mismo, y quiere a toda costa su bien, cualquiera que sea su opción vocacional;
- y precisamente esta muerte vuelve fecundo el amor, lo hace entrar en la dimensión pascual de la resurrección: él mismo es misterio pascual, es muerte que se transforma en nueva vida, es salvación, como ha sido salvación la muerte de Jesús. El amor crucificado y resucitado se convierte, pues, en la máxima realización de la relacionalidad y de la fecundidad, las dos características esenciales de la sexualidad. Pero ¡es amor que tiene una intrínseca estructura pascual y que, por tanto, sigue teniendo siempre los estigmas, como dice un Prefacio pascual7!
La sexualidad – en síntesis – necesariamente encuentra en su camino la realidad de la cruz; la cruz pone un orden y corrige, purifica y permite una plena expresión de la propia sexualidad; la virginidad es una manifestación singular de la capacidad de relación y fecundidad de la sexualidad; de alguna forma es una sexualidad que ha pasado por la cruz y la resurrección, es sexualidad pascual, libre y liberada, sobria y rica de vida, capaz de renuncia y de relación, plenamente humana y plenamente apta para hospedar al amor divino.
3.2.2. Amor pascual y amor virginal
Quizás todo esto puede parecer aún teórico y necesitado de ulteriores mediaciones pedagógicas para favorecer la opción del amor virginal. En realidad, constituye una premisa indispensable del mismo, como la etapa de un recorrido que puede llevar a imprimir cierta orientación a la vida.
La opción virginal, como siempre y hoy más que nunca, no puede ser decisión extemporánea e improvisa, ni se la puede encomendar al ondear, imprevisible y con frecuencia borrascoso, de sentimientos y sensaciones en el corazón a menudo confuso del joven; y menos aún se puede contar hoy con favorables condicionamientos culturales o ambientales, ni puede pensarse en que basta cierta atmósfera creyente para suscitarla o el consabido ejemplo del “don” o de la monja totalmente entregados ... Sino que puede ser preparada sólo con paciencia e infinito cuidado, estando al lado como hermano o hermana mayor que conoce muros y subterráneos del corazón humano, que sabe sobre todo tocar los registros justos.
Creo que el enganche temático y sistemático con el misterio de la cruz y del amor pascual es uno de esos registros. Que tal vez explotamos poco, asustados por la idea de asustar. Así como quizá estamos asustados aún, a pesar de las apariencias y de un cierto vano exhibicionismo, por la sexualidad y su exuberancia o su potencial fuerza rompiente. Y, en consecuencia, todavía no sabemos descubrir aquel nexo fecundo y misterioso que engarza juntas cruz y sexualidad, y del que la virginidad es igualmente fecunda y misteriosa consecuencia. Virginidad que pertenece a la dimensión pascual del misterio cristiano, porque la virginidad es expresión de amor, y el amor o vive de forma pascual o no es tal.
Si nuestra catequesis y la pastoral vocacional, si nuestro hablar sobre Dios y el ser humano, si nuestro correr y afanarnos no transmiten la idea de que el amor vive de forma pascual, hemos corrido en balde, y ninguna opción de amor virginal podrá nacer de este vano cansarnos.
No quisiera hacer interpretaciones superficiales e injustificadas, pero quién sabe si hasta la crisis norteamericana no está ligada a este olvido o a la poca valentía o a la falta de claridad en la presentación tanto de la vocación como de la virginidad, o del nexo tan precioso y positivo entre cruz y sexualidad, entre pascua y virginidad, con todo lo que significa desde el punto de vista de la pastoral juvenil y de la animación vocacional, pero también de nuestra formación permanente.
En efecto, desde este punto de vista, los sucesos de la Jornada Mundial de la Juventud 2000 nos dijeron algo muy consolador. El éxito de las jornadas romanas del Jubileo de los jóvenes tuvo un secreto, reconocido por los más perspicaces. No fue un golpe improviso o el efecto de la fascinación de la personalidad del Papa, sino el fruto del trabajo tenaz de preparación de tantos tenaces educadores, presbíteros, religiosos, religiosas y laicos. La peregrinación de la cruz del Jubileo por todas las diócesis italianas (como ahora está ocurriendo en Canadá) fue un gran ejemplo “de la fuerza de preparación comunitaria, de alta cota, hecha de experiencias formativas de gran impacto y de esencial valor cristiano”[1].
Si la cruz sigue siendo para nosotros “el corazón del mundo”, estrella polar y peregrina en nuestra vida, y nosotros sabemos mantener o reencontrar el gusto de ser educadores, sin esconder en un pañuelo el don de la virginidad, habrá todavía alguien en la Iglesia que quedará fascinado por la opción del amor virginal.
Y, entonces, también por este motivo podremos decir que, si por un lado la cristiandad parece derrumbarse desde un punto de vista social, “el cristianismo está apenas comenzando” hoy, en el principio del tercer milenio, como dijo aquel gran profeta que fue el Padre Alexander Men[2]. Y los jóvenes serán “los centinelas de la aurora”, testigos fieles y gozosos del Evangelio, guardianes celosos y atentos de la cruz de Jesús.
[1]
[2]