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P. Amedeo Cencini, FDCC
El riesgo y la cruz en la vida del/de la joven

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2.1. Carácter virginal-esponsal del ser humano5

 

La virginidad – y aquí está nuestra tesis – dice en cierta forma la naturaleza del ser humano, su carácter virginal, porque él viene de Dios y a Dios está orientado; y virgen, en su esencia, significa exactamente esta referencia inmediata (= sin mediaciones) - inevitable, inscrita profundamente en la naturaleza - de la creatura con el Creador: la virginidad es la expresión del origen del hombre, creado por Dios, y, por consiguiente, también de su destino final, que es Dios mismo. El primer y último esponsalicio del hombre es con Dios. Entonces, todo hombre es virgen y está llamado a serlo, según la especificidad de su vocación, y la virginidad, en todo caso, no puede quedar reducida a pura característica de un estado vocacional, ya que, al contrario, evidencia un aspecto fundamental de la persona humana; y mucho menos a una ley disciplinar impuesta más o menos a algunos, porque, en esa hipótesis, sería algo añadido desde fuera, además de resultar psicológicamente mal visto y muy poco practicable o embarazoso para ser anunciado. Como lo hemos experimentado y lo seguimos experimentando, lamentablemente.

 

En cambio, decir que toda persona es virgen y está llamada a serlo significa decir que en el corazón del ser humano hay un espacio que únicamente puede llenarlo el amor de Dios, o que hay una soledad imborrable  que ninguna criatura podrá violar ni pretender colmar; quiere indicar la dignidad y nobleza de todo hombre y de toda mujer, porque su corazón está hecho “por” Dios y por lo tanto “para” Dios, posee una grandeza que le viene directamente de quien lo ha hecho. Parafraseando lo que Bloy escribe sobre el dolor, podríamos afirmar que el hombre tiene zonas en su corazón que no existen todavía y adonde Dios y solo Dios puede entrar para que existan ...

 

Virginidad es nostalgia de los orígenes, como herida que no se cicatriza, memoria de los comienzos y profecía del futuro, reclamo que sube de las profundidades radicales de la especie (casi arquetipo junguiano); es la identidad humana, actual e ideal, que, por tanto, no puede dejar de lanzar a todo ser humano a la búsqueda de la realización plena de su afectividad en Dios. Y a no cargar sobre la relación humana un peso imposible y una responsabilidad excesiva, expectativas no realistas y pretensiones recíprocas de posesión mutua, con los consabidos celos, dependencias, infantilismos, pertenencias cortas, fidelidades débiles y todo los etcéteras que van a resquebrajar la humana relación.

 

Virginidad no significa, inmediata y exclusivamente, una opción explícita de vida, sino – e incluso antes – el descubrimiento de que Dios es origen y fin de todo amor; de que siempre que un ser ama, allí está Dios, porque el amor es siempre amor de Dios (así como todo deseo es, en su raíz, deseo de Dios), pues es Dios quien ha inventado el amor; mejor dicho, Dios es amor. Y por eso a todo afecto terreno que quiera subsistir para siempre y ser intenso le interesa muchísimo hacerle sitio de algún modo a Dios y al amor divino, cederle el centro.

 

Y eso equivale a decir que amor divino y humano no están en conflicto entre sí, hasta el punto de que uno excluya al otro: no hay entre ellos envidia o celos; al contrario, Dios salva el amor del hombre, hasta tal punto que el amor humano, incluso el más feliz - conyugal o paterno-materno o de amistad - es tanto más amor cuanto más “virginal” es, o bien es tanto más afecto humano cuanto más aprende a respetar aquel espacio, aquella referencia directa al Creador, no violenta aquella soledad donde todo ser humano está en relación directa con el Eterno infinitamente amante, no pretende saciar definitivamente la sed de amor del otro ni ser saciado, ya que sólo Dios puede responder en plenitud a la sed humana de amor; y, si el hombre quiere de veras amar mucho y para siempre a su semejante, debe acoger el amor de Dios en sí mismo, para dejarse amar por él y amarlo. Y redescubrir, así, el sentido auténtico de la relación liberadora con el otro.

 




5 En estos dos párrafos sigo mi Un Dio da amare. La vocazione per tutti alla verginità, Milán 2002, pp. 11-16.






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