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Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica
Caminar desde Cristo

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En misión por el Reino

 

9. A imagen de Jesús, aquellos a quienes Dios llama para que le sigan son consagrados y enviados al mundo para continuar su misión. Más aún, la misma vida consagrada, bajo la acción del Espíritu Santo, se hace misión. Los consagrados, cuanto más se dejan conformar a Cristo, más lo hacen presente y operante en la historia para la salvación de los hombres.32 Abiertos a las necesidades del mundo en la óptica de Dios, miran a un futuro con sabor de resurrección, dispuestos a seguir el ejemplo de Cristo que ha venido entre nosotros «a dar su vida y a darla en abundancia» (Jn 10, 10).

El celo por la instauración del Reino de Dios y la salvación de los hermanos viene así a constituir la mejor prueba de una donación auténticamente vivida por las personas consagradas. He aquí porqué todo intento de renovación se traduce en un nuevo ímpetu por la misión evangelizadora.33 Aprenden a elegir con la ayuda de una formación permanente marcada por intensas experiencias espirituales que conducen a decisiones valientes.

En las intervenciones de los Padres en la Plenaria, así como en las relaciones presentadas, ha despertado admiración la multiforme actividad misionera de los consagrados y de las consagradas. De modo particular nos damos cuenta del valor del trabajo apostólico desarrollado con la generosidad y la particular riqueza connatural del “carácter femenino” de las mujeres consagradas. Se merece el más grande reconocimiento por parte de todos, pastores y fieles. Pero el camino iniciado debe profundizarse y extenderse. «Urge por tanto dar algunos pasos concretos, comenzando por abrir espacios de participación a las mujeres en diversos sectores y a todos los niveles, incluidos aquellos procesos en que se elaboran las decisiones».34

Hay que decir gracias, sobre todo a quien se encuentra en primera línea. La disponibilidad misionera se ha reafirmado con una valiente expansión hacia los pueblos que esperan el primer anuncio del Evangelio. Nunca como en estos años ha habido tantas fundaciones, precisamente en momentos agravados por la dificultad numérica que sufren los Institutos. Buscando entre las señales de la historia una respuesta a las expectativas de la humanidad, la osadía y la audacia evangélica han empujado a los consagrados y a las consagradas a lugares difíciles hasta el riesgo y el sacrificio efectivo de la vida.35

Con renovado esmero muchas personas consagradas encuentran en el ejercicio de las obras de misericordia evangélica enfermos que curar, necesitados de todo tipo, afligidos por pobrezas antiguas y nuevas. También otros ministerios, como el de la educación, reciben de ellas una colaboración indispensable que hace madurar la fe a través de la catequesis o ejercita un verdadero apostolado intelectual. No faltan tampoco quienes sostienen con sacrificio y siempre con más amplias colaboraciones la voz de la Iglesia en los medios de comunicación que promueven la transformación social.36 Una opción fuerte y convencida ha llevado a aumentar el número de religiosos y religiosas que viven entre los excluidos. En medio de una humanidad en movimiento, cuando tantas gentes se ven obligadas a emigrar, estos hombres y mujeres del Evangelio avanzan hacia la frontera por amor de Cristo, haciéndose cercanos a los últimos.

También es significativa la aportación eminentemente espiritual que ofrecen las monjas en la evangelización. Es «alma y fermento de las iniciativas apostólicas, dejando la participación activa en las mismas a quienes corresponde por vocación».37«De este modo, su vida se convierte en una misteriosa fuente de fecundidad apostólica y de bendición para la comunidad cristiana y para el mundo entero».38

Conviene, en fin, recordar que en estos últimos años el Martirologio del testimonio de la fe y del amor en la vida consagrada se ha enriquecido notablemente. Las situaciones difíciles han exigido a no pocos de ellos la prueba suprema de amor en genuina fidelidad al Reino. Consagrados a Cristo y al servicio de su Reino han dado testimonio de la fidelidad del seguimiento hasta la cruz. Diversas las circunstancias, variadas las situaciones, pero una la causa del martirio: la fidelidad al Señor y a su Evangelio, «porque no es la pena la que hace al mártir, sino la causa».39

 




32 Cf. Vita consecrata, 72.



33 Cf. Novo millennio ineunte, 2.



34 Vita consecrata, 58.



35 Cf. Evangelii nuntiandi, 69; Novo millennio ineunte, 7.



36 Cf. Vita consecrata, 99.



37 Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Verbi sponsa, Instrucción sobre la vida contemplativa y la clausura de las monjas, Ciudad del Vaticano, 13 de mayo de 1999, 7.



38 Ibid.; cf. Perfectae caritatis, 7; cf. Vita consecrata, 8, 59.



39 S. Agustín, Sermo 331, 2: PL 38, 1460.






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