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| Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica Caminar desde Cristo IntraText CT - Texto |
Cuarta Parte
TESTIGOS DEL AMOR
Reconocer y servir a Cristo
33. Una existencia transfigurada por los consejos evangélicos se convierte en testimonio profético silencioso y, a la vez, en elocuente protesta contra un mundo inhumano. Compromete en la promoción de la persona y despierta una nueva imaginación de la caridad. Lo hemos visto en los santos fundadores. Se manifiesta no sólo en la eficacia del servicio, sino sobre todo en la capacidad de hacerse solidarios con el que sufre, de manera que el gesto de ayuda sea sentido como un compartir fraterno. Esta forma de evangelización, cumplida a través del amor y la dedicación a las obras, asegura un testimonio inequívoco a la caridad de las palabras.105
Además, la vida de comunión representa el primer anuncio de la vida consagrada, porque es signo eficaz y fuerza atractiva que lleva a creer en Cristo. La comunión, entonces, se hace ella misma misión, más aún «la comunión genera comunión y se configura esencialmente como comunión misionera».106 Las comunidades se encuentran deseosas de seguir a Cristo por los caminos de la historia del hombre,107 con un compromiso apostólico y un testimonio de vida coherente con el propio carisma.108«Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos».109
34. Cuando se parte de Cristo la espiritualidad de comunión se convierte en una sólida y robusta espiritualidad de la acción de los discípulos y apóstoles de su Reino. Para la vida consagrada esto significa comprometerse en el servicio a los hermanos en los que se reconoce el rostro de Cristo. En el ejercicio de esta misión apostólica ser y hacer son inseparables, porque el misterio de Cristo constituye el fundamento absoluto de toda acción pastoral.110 La aportación de los consagrados y de las consagradas a la evangelización «está (por eso), ante todo, en el testimonio de una vida totalmente entregada a Dios y a los hermanos, a imitación del Salvador que, por amor del hombre, se hizo siervo».111 Al participar en la misión de la Iglesia, las personas consagradas no se limitan a dar una parte de tiempo sino la vida entera.
En la Novo Millennio ineunte parece que el Papa quiere empujar todavía más allá en el amor concreto hacia los pobres: «El siglo y el milenio que comienzan tendrán que ver todavía, y es de desear que lo vean de modo palpable, a qué grado de entrega puede llegar la caridad hacia los más pobres. Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que Él mismo ha querido identificarse: «He tenido hambre y me habéis dado de comer, he tenido sed y me habéis dado de beber; fui forastero y me habéis hospedado; desnudo y me habéis vestido, enfermo y me habéis visitado, encarcelado y habéis venido a verme» (Mt 25, 35-36). Esta página no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia».112 El Papa ofrece también una dirección concreta de espiritualidad cuando invita a reconocer en la persona de los pobres una presencia especial de Cristo que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos. A través de tal opción es donde también los consagrados113 deben ser testigos del «estilo del amor de Dios, su providencia, su misericordia».114
35. El campo en el que el Santo Padre invita a trabajar es vasto cuanto lo es el mundo. Asomándose a este panorama, la vida consagrada «debe aprender a hacer su acto de fe en Cristo interpretando el llamamiento que Él dirige desde este mundo de la pobreza».115 Armonizar el anhelo universal de una vocación misionera con la inserción concreta dentro de un contexto y de una Iglesia particular será la exigencia primordial de toda actividad apostólica.
A las antiguas formas de pobreza se les han añadido otras nuevas: la desesperación del sin sentido, la insidia de la droga, el abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, la marginación o la discriminación social.116 La misión, en sus formas antiguas o nuevas, es antes que nada un servicio a la dignidad de la persona en una sociedad deshumanizada, porque la primera y más grave pobreza de nuestro tiempo es conculcar con indiferencia los derechos de la persona humana. Con el dinamismo de la caridad, del perdón y de la reconciliación, los consagrados se esmeran por construir en la justicia un mundo que ofrezca nuevas y mejores posibilidades a la vida y al desarrollo de las personas. Para que esta intervención sea eficaz, es preciso tener un espíritu de pobre, purificado de intereses egoístas, dispuesto a ejercer un servicio de paz y no de violencia, una actitud solidaria y llena de compasión hacia los sufrimientos de los demás. Un estilo de proclamar las palabras y de realizar las obras de Dios inaugurado por Jesús (cf. Lc 4, 15-21) y vivido por la Iglesia primitiva, que no puede olvidarse con la terminación del Jubileo o el paso de un milenio, sino que impulsa con mayor urgencia a realizar en la caridad un porvenir diverso. Es preciso estar preparados para pagar el precio de la persecución, porque en nuestro tiempo la causa más frecuente de martirio es la lucha por la justicia en fidelidad al Evangelio. Juan Pablo II afirma que este testimonio, «también recientemente, ha llevado al martirio a algunos hermanos y hermanas vuestros en diversas partes del mundo».117