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Ioannes Paulus PP. II
Dilecti amici

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Herencia

11. En el vasto ámbito en el que el proyecto de vida, formado durante la juventud, se encuentra con «los demás», hemos analizado el punto más neurálgico. Pensemos aún que este punto central, en el que nuestro «yo» personal se abre a la vida «con los demás» y «para los demás» en la alianza matrimonial, encuentra una palabra muy significativa en la Sagrada Escritura: «El hombre dejará a su padre y a su madre; y se unirá a su mujer».

La palabra «dejará» merece una atención particular. La historia de la humanidad pasa desde el comienzo –y pasará hasta el final– a través de la familia. El ser humano forma parte de ella mediante el nacimiento que debe a sus padres: al padre y a la madre, para dejar en el momento oportuno este primer ambiente de vida y amor y pasar a otro nuevo. «Al dejar al padre y a la madre» cada uno y cada una de vosotros contemporáneamente, en cierto sentido, los lleva dentro consigo, asume la herencia múltiple, que tiene su comienzo directo y su fuente en ellos y en sus familias. De este modo, aun marchando, cada uno de vosotros permanece; la herencia que asume lo vincula establemente con aquellos que se la han transmitido y a los que debe tanto. Y él mismo, –ella o él– seguirá transmitiendo la misma herencia. De ahí que el cuarto mandamiento del Decálogo posea tan gran importancia: «Honra a tu padre y a tu madre».

Se trata aquí, ante todo, del patrimonio de ser hombre y, sucesivamente, de ser hombre en una más definida situación personal y social. Tiene su cometido en esto hasta la semejanza física con los padres. Más importante todavía es todo el patrimonio cultural, en cuyo centro se encuentra casi a diario la lengua. Los padres han enseñado a cada uno de vosotros a hablar aquella lengua que constituye la expresión esencial del vínculo social con lo demás hombres. Ello está determinado por límites más amplios que la familia misma o bien que un determinado ambiente. Estos son, por lo menos, los límites de una tribu y la mayoría de las veces los confines de un pueblo o de una nación, en la que habéis nacido.

La herencia familiar se extiende de este modo. A través de la educación familiar participáis en una cultura concreta, participáis también en la historia de vuestro pueblo o nación. El vínculo familiar significa la pertenencia común a una comunidad más amplia que la familia, y a la vez otra base de identidad de la persona. Si la familia es la primera educadora de cada uno de vosotros, al mismo tiempomediante la familia– es un elemento educativo la tribu, el pueblo o la nación, con la que estamos unidos por la unidad cultural, lingüística e histórica.

Este patrimonio constituye también una llamada en el sentido ético. Al recibir la fe y heredar los valores y contenidos que componen el conjunto de la cultura de su sociedad, de la historia de su nación, cada uno y cada una de vosotros recibe una dotación espiritual en su humanidad individual. Tiene aplicación aquí la parábola de los talentos que recibimos del Creador a través de nuestros padres, de nuestras familias y también de la comunidad nacional a la que pertenecemos. Respecto a esta herencia no podemos mantener una actitud pasiva o incluso de renuncia, como hizo el último de los siervos que menciona la parábola de los talentos.

Debemos hacer todo lo que está a nuestro alcance para asumir este patrimonio espiritual, para confirmarlo, mantenerlo e incrementarlo. Ésta es una tarea importante para todas las sociedades, de manera especial quizás para aquellas que se encuentran al comienzo de su existencia autónoma, o bien para aquellas que deben defender su propia existencia y la identidad esencial de su nación ante el peligro de destrucción desde el exterior o de descomposición desde el interior.

Al escribiros, jóvenes, trato de tener presente ante mis ojos la situación compleja y diversa de las tribus, de los pueblos y de las naciones en nuestro mundo. Vuestra juventud y el proyecto de vida, que cada uno y cada una de vosotros elabora durante la juventud, están desde el primer instante insertos en la historia de estas sociedades diversas, y esto sucede no «desde el exterior», sino principalmente «desde el interior». Esto se convierte para vosotros en una cuestión de conciencia familiar y consiguientemente, nacional: es una cuestión de corazón, una cuestión de conciencia. El concepto de «patria» se desarrolla mediante una inmediata contigüidad con el concepto de «familia» y, en cierto sentido, se desarrolla el uno dentro del ámbito del otro. Vosotros de forma gradual, al experimentar este vínculo social, que es más amplio que el familiar, comenzáis a participar también en la responsabilidad por el bien común de aquella familia más amplia, que es la «patria» terrena de cada uno y de cada una de vosotros. Las figuras preclaras de la historia, antigua o contemporánea de una nación, guían también vuestra juventud y favorecen el desarrollo de aquel amor social que se llama a menudo «amor patrio».

 




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