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Ioannes Paulus PP. II
Dilecti amici

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Talentos y tareas

12. En este contexto de la familia y la sociedad que es vuestra patria, se inserta gradualmente un tema relacionado muy de cerca con la parábola de los talentos. En efecto, vosotros reconocéis progresivamente aquel «talento» o aquellos «talentos», que son propiedad de cada uno y cada una de vosotros, y comenzáis a serviros de ellos de modo creativo, comenzáis a multiplicarlos. Esto se realiza por medio del trabajo.

¡Qué escala tan grande de posibles direcciones, capacidades e intereses existe en este campo! No es mi intención enumerarlos aquí, ni siquiera a modo de ejemplo, porque existe el riesgo de omitir más de los que tomemos en consideración. Presupongo por consiguiente toda la variedad y multiplicidad de direcciones. Ella demuestra también la múltiple riqueza de descubrimientos que la juventud conlleva. Si hacemos referencia al Evangelio, se puede decir que la juventud es el tiempo del discernimiento de los talentos. Y es a la vez el tiempo en el que se entra en los múltiples caminos, a través de los cuales se han desarrollado y siguen desarrollándose toda la actividad humana, el trabajo y la creatividad.

Deseo a todos vosotros que os descubráis a vosotros mismos a lo largo de estos caminos. Os deseo que entréis en ellos con interés, diligencia y entusiasmo. El trabajo –toda clase de trabajoestá unido a la fatiga: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan», y esta experiencia de cansancio es participada por cado uno y cada una de vosotros desde los primeros años. Sin embargo, el trabajo, a la vez, forma al hombre de modo específico y en cierto modo lo crea. Por lo tanto, se trata también de una fatiga creativa.

Esto no se refiere sólo al trabajo de investigación o, en general, al trabajo intelectual de tipo cognoscitivo, sino también a los trabajos ordinarios de índole física, que aparentemente no tienen en sí nada de «creativo».

El trabajo, que es característico del período de la juventud, constituye ante todo una preparación al trabajo de la edad madura y, por ello, está unido a la escuela. Por lo tanto, mientras os escribo estas palabras a vosotros, queridos jóvenes, pienso en todas las escuelas existentes en el mundo a las que vuestra joven existencia está unida durante varios años, en los diversos y sucesivos niveles, según el grado de desarrollo mental y la orientación de las propias inclinaciones: desde la escuela elemental hasta la universidad. Pienso asimismo en sodas las personas adultas, mis hermanos y hermanas, que son vuestros maestros, vuestros educadores, guías de las mentes y caracteres jóvenes. ¡Cuán grande es su misión! ¡Qué responsabilidad particular la suya! ¡Pero qué grande es también su mérito!

Finalmente pienso en aquellos sectores de la juventud, de vuestros coetáneos y coetáneas, que –de manera especial en algunas sociedades y en algunos ambientescarecen de la posibilidad de la instrucción y, a menudo, hasta de la instrucción elemental. Este hecho constituye un desafío permanente a todas las instituciones responsables, tanto a escala nacional como internacional, para que se someta a las mejoras necesarias tal estado de cosas. En efecto, la instrucción es uno de los bienes fundamentales de la civilización humana. Aquella tiene una importancia particular para los jóvenes. De ella depende también en gran medida el futuro de toda la sociedad.

Pero cuando nos planteamos el problema de la instrucción, del estudio, de la ciencia y de la escuela, surge un problema de importancia fundamental para el hombre y especialmente para el joven. Es el problema de la verdad. La verdad es la luz de la inteligencia humana. Si desde la juventud la inteligencia humana intenta conocer la realidad en sus distintas dimensiones, esto lo hace con el fin de poseer la verdad: para vivir de la verdad. Tal es la estructura del espíritu humano. El hambre de verdad constituye su aspiración y expresión fundamental.

Cristo dice: «Conocerás la verdad, y la verdad os hará libres». De las palabras contenidas en el Evangelio, éstas ciertamente están entre las más importantes. Se refieren, en efecto, al hombre en su totalidad. Explican el fundamento sobre el que se edifican desde dentro, en la dimensión del espíritu humano, la dignidad y la grandeza propias del hombre. El conocimiento que libera al hombre no depende únicamente de la instrucción, aunque sea universitaria; puede poseerlo también un analfabeto; no obstante esto, la instrucción, como conocimiento sistemático de la realidad, debería servir a esta dignidad y grandeza. Por lo tanto, debería servir a la verdad.

El servicio a la verdad se realiza también en el trabajo que seréis llamados a desarrollar una vez finalizado el programa de vuestra instrucción. Debéis adquirir en la escuela las capacidades intelectuales, técnicas y prácticas que os permitan ocupar útilmente vuestro lugar en el gran taller del trabajo humano. Pero aun siendo verdad que la escuela debe preparar al trabajo, incluso al manual, es también verdad que el trabajo es en sí una escuela de grandes e importantes valores: posee tal elocuencia, que aporta una contribución válida a la cultura humana.

Sin embargo, en la relación existente entre la instrucción y el trabajo que caracteriza a la sociedad actual, emergen problemas gravísimos de orden práctico. Me refiero en particular al problema del desempleo y, más en general, a la falta de puestos de trabajo que acucia, de modos diversos, a las jóvenes generaciones del mundo entero. Este problema –lo sabéis bienconlleva otras preguntas que desde los años de la escuela proyectan una sombra de inseguridad sobre vuestro futuro. Vosotros os preguntáis: ¿Tiene la sociedad necesidad de mí? ¿podré encontrar un trabajo adecuado que me permita ser independiente, formarme una familia con unas condiciones dignas de vida y, ante todo, de tener mi propia casa? En una palabra: ¿es verdad que la sociedad espera mi aporte?

La gravedad de estos interrogantes me apremia a recordar también en esta circunstancia a los gobernantes y a todos los responsables de la economía y del desarrollo de las naciones que el trabajo es un derecho del hombre y, por consiguiente, debe ser garantizado dedicando a ello los cuidados más asiduos y poniendo en el centro de la política económica la preocupación por crear unas posibilidades adecuadas de trabajo para todos y principalmente para los jóvenes, que con tanta frecuencia sufren hoy ante la plaga del desempleo. Todos estamos convencidos de que «el trabajo es un bien del hombre –es un bien de su humanidad– porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido se hace más hombre».

 




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