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| Ioannes Paulus PP. II Dilecti amici IntraText CT - Texto |
La autoeducación y las amenazas
13. Lo que se refiere a la escuela como institución y como ambiente comprende en sí, antes que nada, a la juventud. Pero podríamos decir que la elocuencia de las palabras antes mencionadas de Cristo sobre la verdad, mira más aún a los jóvenes mismos. En efecto, aunque no hay duda de que la familia educa y de que la escuela instruye y educa, al mismo tiempo, tanto la acción de la familia como de la escuela, quedará incompleta y podría incluso ser estéril, si cada uno y cada una de vosotros, jóvenes, no emprende por sí mismo la obra de la propia educación. La educación familiar y escolar deben procuraros sólo algunos elementos para la obra de la autoeducación.
En este campo las palabras de Cristo: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» vienen a ser un programa esencial. Los jóvenes –si nos podemos expresar así– tienen un congénito «sentido de la verdad». Y la verdad debe servir para la libertad: los jóvenes tienen también un espontáneo «deseo de libertad». ¿Qué significa ser libre? Significa saber usar la propia libertad en la verdad, ser «verdaderamente» libres. Ser verdaderamente libres no significa en modo alguno hacer todo aquello que me gusta o tengo ganas de hacer. La libertad contiene en sí el criterio de la verdad, la disciplina de la verdad. Ser verdaderamente libres significa usar la propia libertad para lo que es un bien verdadero. Continuando, pues, hay que decir que ser verdaderamente libres significa ser hombre de conciencia recta, ser responsable, ser un hombre «para los demás».
Todo esto constituye el núcleo interior mismo de lo que llamamos educación y, ante todo, de lo que llamamos autoeducación. Sí, autoeducación. En efecto, una tal estructura interior, en la que «la verdad nos hace libres» no puede ser construida solamente «desde fuera». Cada uno ha de construirla «desde dentro»; edificarla con esfuerzo, con perseverancia y paciencia (lo cual no siempre es tan fácil para los jóvenes). El Señor Jesús habla también de esto cuando subraya que sólo «con la perseverancia» podemos «salvar nuestras almas». «Salvar la propia alma»: he aquí el fruto de la autoeducación.
Todo esto implica un modo nuevo de ver la juventud. No se trata aquí ya del simple proyecto de vida que debe ser realizado en el futuro. Éste se realiza ya en la fase de la juventud si nosotros, mediante el trabajo, la instrucción y especialmente mediante la autoeducación, creamos la vida misma construyendo el fundamento del sucesivo desarrollo de nuestra personalidad. En este sentido se puede decir que «la juventud es la escultora que esculpe toda la vida» y la forma que ella confiere a la concreta humanidad de cada uno y de cada una de vosotros, se consolida en toda la vida.
Si esto tiene un importante significado positivo, por desgracia puede tener también un importante significado negativo. No podéis taparos los ojos ante las amenazas que os acechan durante el período de la juventud. También ellas pueden dejar su señal en toda la vida.
Quiero aludir, por ejemplo, a la tentación del criticismo exasperado que pretende discutir todo y revisar todo; o del escepticismo respecto de los valores tradicionales de donde fácilmente se puede desembocar en una especie de cinismo desaprensivo cuando se trata de afrontar los problemas del trabajo, de la carrera o del mismo matrimonio. Y ¿cómo callar ante la tentación que representa el difundirse –sobre todo en los países más prósperos– de un mercado de la diversión que aparta de un compromiso serio en la vida y educa a la pasividad, al egoísmo y al aislamiento? Os amenaza, amadísimos jóvenes, el mal uso de las técnicas publicitarias, que estimula la inclinación natural a eludir el esfuerzo, prometiendo la satisfacción inmediata de todo deseo, mientras que el consumismo, unido a ellas, sugiere que el hombre busque realizarse a sí mismo sobre todo en el disfrute de los bienes materiales. ¡Cuántos jóvenes, conquistados por la fascinación de engañosos espejismos se abandonan a las fuerzas incontroladas de los instintos o se aventuran por caminos aparentemente ricos en promesas, pero en realidad privados de perspectivas auténticamente humanas! Siento la necesidad de repetir aquí cuanto escribí en el Mensaje que a vosotros precisamente he dedicado para la Jornada Mundial de la Paz: «algunos de vosotros podéis sentiros tentados a huir de vuestra responsabilidad; en lo ilusorios mundos del alcohol y de la droga, en efímeras relaciones sexuales sin compromiso matrimonial o familiar, en la indiferencia, el cinismo y hasta la violencia. Estad alerta contra el fraude de un mundo que quiere explotar o dirigir mal vuestra energía y ansiosa búsqueda de felicidad y orientación».
Os escribo todo esto para expresar la viva preocupación que siento por vosotros. Si, en efecto, debéis estar «siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere», entonces todo lo que amenaza esta esperanza debe suscitar preocupación. Y a todos aquellos que con tentaciones o ilusiones de signo vario intentan destruir vuestra juventud, no puedo menos de recordar las palabras de Cristo cuando habla del escándalo y de aquellos que lo provocan: «Ay de aquél por quien vengan los escándalos. Mejor fuera que le atasen al cuello una rueda de molino y le arrojaran al mar antes que escandalizar a uno de estos pequenos».
¡Palabras severas! Particularmente graves en la boca de aquel que vino a reveler el amor. Pero quien lee atentamente estas palabras del Evangelio, debe sentir cuán profunda es la antítesis entre el bien y el mal, entre la juventud y el pecado. Él debe darse cuenta de modo aún más claro de la importancia que tiene a los ojos de Cristo la juventud de cada uno y de cada una de vosotros. Ha sido precisamente el amor por los jóvenes el que ha dictado estas severas y graves palabras. Ellas contienen como un eco lejano del coloquio evangélico de Cristo con el joven al cual la presente Carta se refiere constantemente.