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Ioannes Paulus PP. II
Dilecti amici

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El gran desafío de la juventud

15. La Iglesia mira a los jóvenes; es más, la Iglesia de manera especial se mira a sí misma en los jóvenes, en todos vosotros y a la vez en cada una y cada uno de vosotros. Así ha sido desde el principio, desde los tiempos apostólicos. Las palabras de San Juan en su Primera Carta pueden ser un singular testimonio: «Os escribo, jóvenes, porque habéis vencido al maligno. Os he escrito a vosotros, hijos míos, porque conocéis al Padre... Os he escrito, jóvenes, porque sois fuertes y la Palabra de Dios permanece en vosotros».

Las palabras del Apóstol se suman a la conversación evangélica de Cristo con el joven, y resuenan con un eco potente de generación en generación.

En nuestra generación, al final del segundo Milenio después de Cristo, también la Iglesia se mira a sí misma en los jóvenes. Y, ¿cómo se mira a sí misma la Iglesia? Sea un testimonio particular de ello la enseñanza del Concilio Vaticano II. La Iglesia se ve a sí misma como «un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano». Y por tanto se ve a sí misma en las dimensiones universales. Se ve a sí misma en el camino del ecumenismo, es decir, de la unión de todos los cristianos, por la que Cristo mismo oró y que es de una urgencia indiscutible en nuestro tiempo. Se ve a sí misma también en el diálogo con los seguidores de las religiones no cristianas y con todos los hombres de buena voluntad. Tal diálogo es un diálogo de salvación, el cual debe favorecer también la paz en el mundo y la justicia entre los hombres.

Vosotros, jóvenes, sois la esperanza de la Iglesia que precisamente de este modo se ve a sí misma y ve su misión en el mundo. Ella os habla de esta misión. Ello ha sido expresado en el reciente Mensaje del de enero de 1985, para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz. Este mensaje ha sido dirigido precisamente a vosotros con la convicción de que «el camino de la paz es a la vez el camino de los jóvenes» (La paz y los jóvenes caminan juntos). Esta convicción es una llamada y al mismo tiempo un compromiso; una vez más se trata de estar «siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere», sobre la esperanza que está unida a vosotros. Como veis, esta esperanza mira hacia cuestiones fundamentales y a la vez universales.

Todos vivís cada día con vuestros seres queridos. Sin embargo, este círculo se amplía gradualmente. Un número cada vez mayor de personas participa en vuestra vida, y vosotros mismos descubrís los indicios de una comunión que os une a ellos. Casi siempre ésta es una comunidad, de alguna manera diferenciada. Es diferenciada, como entreveía y declaraba el Concilio Vaticano II en su Constitución dogmática sobre la Iglesia y en la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual. Vuestra juventud se forma a veces en ambientes uniformes desde el punto de vista de las confesiones, a veces diferenciados en lo religioso o incluso al límite entre fe y no creencia, ya sea bajo forma de agnosticismo o de ateísmo presentado de diversos modos.

Sin embargo, parece que ante algunos problemas estas múltiples y diferenciadas comunidades de jóvenes sienten, piensan y reaccionan de manera muy parecida. Por ejemplo, parece que los une a todos ellos una actitud similar ante el hecho de que centenares de miles de hombres viven en extrema miseria e incluso mueren de hambre, mientras simultáneamente se emplean cifras vertiginosas en la producción de armas nucleares, cuyos arsenales ya en el momento presente son capaces de provocar la autodestrucción de la humanidad. Hay también otras tensiones y amenazas parecidas, a escala hasta ahora desconocida en la historia de la humanidad. De esto se habla en el citado Mensaje de Año Nuevo; por tanto, no repito tales problemas. Todos somos conscientes de que en el horizonte de la existencia de miles de millones de personas, que forman la familia humana de finales del segundo Milenio después de Cristo, parece perfilarse la posibilidad de calamidades y de catástrofes de una magnitud verdaderamente apocalíptica.

En tal situación vosotros, jóvenes, podéis preguntar justamente a las generaciones anteriores: ¿Por qué se ha llegado a esto? ¿Por qué se ha alcanzado tal grado de amenaza contra la humanidad en nuestro planeta? ¿Cuáles son las causas de la injusticia que hiere nuestra vista? ¿Por qué tantos mueren de hambre? ¿Por qué tantos millones de prófugos en diversas fronteras? ¿Tantos casos en los que son vilipendiados los derechos elementales del hombre? ¿Tantas cárceles y campos de concentración, tanta violencia sistemática y muertes de personas inocentes, tantos maltratamientos al hombre y torturas, tantos tormentos infligidos a los cuerpos humanos y a las conciencias humanas? En medio de todo esto encontramos también hombres aún jóvenes, que tienen sobre la conciencia tantas víctimas inocentes, porque se les ha inculcado la convicción de que sólo por este medio –el del terrorismo programado– se puede mejorar el mundo. Vosotros una vez más preguntáis: ¿por qué?

Vosotros, jóvenes, podéis preguntaros todo esto, es más, debéis hacerlo. Se trata, ciertamente, del mundo en que vivís hoy, y en el que deberéis vivir mañana, cuando la generación de edad más madura habrá pasado. Con razón, pues, preguntáis: ¿Por qué un progreso tan grande de la humanidad –que no puede compararse con ninguna época anterior de la historia– en el campo de la ciencia y de la técnica; por qué el progreso en el dominio de la materia por parte del hombre se dirige en tantos aspectos contra el hombre? Justamente preguntáis también, aun con miedo interior: ¿Es quizás irreversible este estado de cosas? ¿Puede ser cambiado? ¿Podremos cambiarlo nosotros?

Vosotros preguntáis justamente esto. Sí, es ésta la pregunta fundamental en el ámbito de vuestra generación.

De este modo continúa vuestro coloquio con Cristo, iniciado un día en el Evangelio. Aquel joven preguntaba: «¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?». Y vosotros preguntáis siguiendo la corriente de los tiempos en los que os encontráis por ser jóvenes: ¿Qué debemos hacer para que la vida –la vida floreciente de la humanidad– no se transforme en el cementerio de la muerte nuclear? ¿Qué debemos hacer para que no domine sobre nosotros el pecado de la injusticia universal, el pecado del desprecio del hombre y el vilipendio de su dignidad, a pesar de tantas declaraciones que confirman todos sus derechos? ¿Qué debemos hacer? Y aún más: ¿Sabremos hacerlo?

El Apóstol escribe que vosotros, jóvenes, sois fuertes con la doctrina divina, la doctrina que está contenida en el Evangelio de Cristo y se resume en la oración del «Padre nuestro». ¡Sí! Sois fuertes con esta enseñanza divina, sois fuertes con esta oración. Sois fuertes, porque ella infunde en vosotros el amor, la benevolencia, el respeto del hombre, de su vida, de su dignidad, de su conciencia, de sus convicciones y de sus derechos. Si «habéis conocido al Padre», sois fuertes con la fuerza de la hermandad humana.

Sois también fuertes en la lucha; no una lucha contra el hombre, en nombre de cualquier ideología o práctica alejada de las raíces mismas del Evangelio, sino fuertes en la lucha contra el mal, contra el verdadero mal; contra todo lo que ofende a Dios, contra toda injusticia y toda explotación, contra toda falsedad y mentira, contra todo lo que ofende y humilla, contra todo lo que profana la convivencia humana y las relaciones humanas, contra todo crimen que atenta a la vida: contra todo pecado.

El Apóstol escribe: «¡Habéis vencido al maligno!». Es así. Conviene remontarse constantemente a las raíces del mal y del pecado en la historia de la humanidad y del universo, como Cristo se remontó a estas mismas raíces en su misterio pascual de la Cruz y de la Resurrección. No hay que tener miedo de llamar por su nombre al primer artífice del mal: al Maligno. La táctica que él usaba y usa consiste en no revelarse, a fin de que el mal, sembrado por él desde el principio, reciba su desarrollo por parte del hombre, de los sistemas mismos y de las relaciones interhumanas, entre las clases y entre las naciones... para hacerse también cada vez más pecado «estructural», y dejarse identificar cada vez menos como pecado «personal» . Por tanto, a fin de que el hombre se sienta en un cierto sentido «liberado» del pecado y al mismo tiempo esté cada vez más sumido en él.

El Apóstol dice: «Jóvenes, sed fuertes»; hace falta solamente que «la Palabra de Dios permanezca en vosotros». Entonces, sed fuertes. Así podréis llegar a los mecanismos ocultos del mal, a sus raíces, y así conseguiréis cambiar el mundo gradualmente, transformarlo, hacerlo más humano, más fraterno, y al mismo tiempo, más según Dios. En efecto, no se puede separar el mundo de Dios y contraponerlo a Dios en el corazón humano. Ni se puede separar al hombre de Dios y contraponerlo a Dios. Esto sería contra la naturaleza del hombre, contra la verdad intrínseca que constituye toda la realidad. Verdaderamente el corazón del hombre está inquieto, hasta que no descansa en Dios. Estas palabras del gran Agustín nunca pierden su actualidad.

 




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