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| Ioannes Paulus PP. II Dilecti amici IntraText CT - Texto |
«Jesús, poniendo en él los ojos, le amó»
7. Continuando en el examen del coloquio de Cristo con el joven, entramos ahora en otra fase. Ésta es nueva y decisiva. El joven ha recibido la respuesta esencial y fundamental a su pregunta: «¿Qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?». Y esta respuesta coincide con todo el camino recorrido hasta ahora en su vida: «Todo esto lo he guardado desde mi juventud». ¡Cómo deseo ardientemente para cada uno de vosotros que el camino de vuestra vida recorrido hasta ahora coincida de igual modo con la respuesta de Cristo! Más aún, deseo que la juventud os dé una base robusta de sanos principios; que vuestra conciencia consiga ya en estos años de la juventud aquella transparencia madura que en vuestra vida os permitirá a cada uno ser siempre «personas que inspiran confianza», esto es, que son creíbles. La personalidad moral así formada constituye a la vez la contribución más esencial que vosotros podréis aportar a la vida comunitaria, a la familia, a la sociedad, a la actividad profesional y también a la actividad cultural o política, y, finalmente, a la comunidad misma de la Iglesia con la que estáis o podréis estar ligados un día.
Se trata aquí a la vez de una plena y profunda autenticidad de la humanidad y de una igual autenticidad en el desarrollo de la personalidad humana, femenina o masculina, con todas las características que constituyen el rasgo irrepetible de esta personalidad y que al mismo tiempo provocan una múltiple resonancia en la vida de la comunidad y de los ambientes, comenzando por la familia. Cada uno de vosotros debe contribuir de algún modo a la riqueza de estas comunidades, en primer lugar, mediante lo que él es. ¿No se abre en esta dirección la juventud que es la riqueza «personal» de cada uno de vosotros? El hombre se lee a sí mismo, su propia humanidad, tanto como el propio mundo interior, cuanto como el terreno específico del ser «con los demás», «para los demás».
Justamente aquí asumen un significado decisivo los mandamientos del Decálogo y del Evangelio, especialmente el mandamiento de la caridad que abre al hombre hacia Dios y hacia el prójimo. La caridad, de hecho, es «el vínculo de la perfección». Por medio de ella maduran más plenamente el hombre y la fraternidad interhumana. Por esto la caridad es más grande, es el primero entre todos los mandamientos; es el primero de ellos, como nos enseña Cristo; en él, todos los demás están encerrados y unificados.
Os deseo, pues, a cada uno de vosotros que los caminos de vuestra juventud se encuentren con Cristo para que podáis confirmar ante Él, con el testimonio de la conciencia, este código evangélico de la moral a cuyos valores, en el curva de las generaciones, se han acercado de alguna manera tantos hombres grandes de espíritu.
No es éste el lugar de citar las comprobaciones de ello que se hallan en toda la historia de la humanidad. Es verdad que desde los tiempos más antiguos el dictamen de la conciencia orienta a cada sujeto humano hacia una norma moral objetiva que encuentra su expresión concreta en el respeto de la persona del otro y en el principio de no hacerle lo que no queremos que se nos haga.
En esto vemos ya emerger claramente aquella moral objetiva de la que San Pablo afirma que está escrita «en los corazones» y que recibe el testimonio de la conciencia. El cristiano percibe allí fácilmente un rayo del Verbo creador que ilumina a todo hombre y, precisamente por ser seguidor de este Verbo hecho carne, se eleva a la ley superior del Evangelio que positivamente –con el mandamiento de la caridad– le impone hacer al prójimo todo el bien que quiere para sí mismo. De esta manera él sella la voz íntima de su conciencia con la adhesión absoluta a Cristo y a su palabra.
Os deseo que experimentéis, tras el discernimiento de los problemas esenciales e importantes para vuestra juventud, para el proyecto de toda la vida que se abre ante vosotros, aquello de que habla el Evangelio: «Jesús, poniendo en él los ojos, le amó». Deseo que experimentéis una mirada así. Deseo que experimentéis la verdad de que Cristo os mire con amor.
Él mira con amor a todo hombre. El Evangelio lo confirma a cada paso. Se puede también decir que en esta «mirada amorosa» de Cristo está contenida casi como en resumen y síntesis toda la Buena Nueva. Si buscamos el principio de esta mirada, es necesario volver atrás al libro del Génesis, a aquel instante en que, tras la creación del hombre «varón y mujer» Dios vio que «era muy bueno». Esta primera mirada del Creador se refleja en la mirada de Cristo que acompaña la conversación con el joven del Evangelio.
Sabemos que Cristo confirmará y sellará esta mirada con el sacrificio redentor de la Cruz, puesto que precisamente por medio de este sacrificio, aquella «mirada» ha alcanzado una particular profundidad de amor. En ella está contenida una tal afirmación del hombre y de la humanidad de la que sólo Cristo, Redentor y Esposo, es capaz. Solamente Él conoce lo que hay en el hombre: conoce su debilidad pero conoce también y sobre todo su dignidad.
Os deseo a cada uno y cada una de vosotros que descubráis esta mirada de Cristo y que la experimentéis hasta el fondo. No sé en qué momento de la vida. Pienso que el momento llegará cuando más falta haga; acaso en el sufrimiento, acaso también con el testimonio de una conciencia pura como en el caso del joven del Evangelio, o acaso precisamente en la situación opuesta: junto al sentimiento de culpa, con el remordimiento de conciencia. Cristo, de hecho, miró también a Pedro en la hora de su caída, cuando por tres veces había negado a su Maestro.
Al hombre le es necesaria esta mirada amorosa; le es necesario saberse amado, saberse amado eternamente y haber sido elegido desde la eternidad. Al mismo tiempo, este amor eterno de elección divina acompaña al hombre durante su vida como la mirada de amor de Cristo. Y acaso con mayor fuerza en el momento de la prueba, de la humillación, de la persecución, de la derrota, cuando nuestra humanidad esté casi borrada a los ojos de los hombres, cuando sea ultrajada y pisoteada; entonces la conciencia de que el Padre nos ha amado siempre en su Hijo, de que Cristo ama a cada uno y siempre, se convierte en un sólido punto de apoyo para toda nuestra existencia humana. Cuando todo hace dudar de sí mismo y del sentido de la propia existencia, entonces, esta mirada de Cristo, esto es, la conciencia del amor que en Él se ha mostrado más fuerte que todo mal y que toda destrucción, dicha conciencia nos permite sobrevivir.
Os deseo, pues, que experimentéis lo que sintió el joven del Evangelio: «Jesús, poniendo en él los ojos, le amó».