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| Ioannes Paulus PP. II Dilecti amici IntraText CT - Texto |
El proyecto de vida y la vocación cristiana
9. En el Evangelio estas palabras se refieren ciertamente a la vocación sacerdotal o religiosa, pero al mismo tiempo, nos permiten entender más profundamente la cuestión de la vocación en un sentido aún más amplio y fundamental.
Se podría hablar aquí de la vocación «de vida», que se identifica en cierto modo con el proyecto de vida, que cada uno de vosotros elabora en el período de su juventud. Sin embargo, «la vocación» dice todavía algo más que el «proyecto». En el segundo caso, es uno mismo el sujeto que elabora, y esto se corresponde más con la realidad de la persona, con lo que es cada una y cada uno de vosotros. Este «proyecto» es la «vocación», en cuanto en ella se hacen sentir los diversos factores que llaman. Estos factores componen normalmente un determinado orden de valores (llamado también «jerarquía de valores»), de los que brota un ideal a realizar, que es atractivo para un corazón joven. En este proceso la «vocación» se convierte en «proyecto», y el proyecto comienza a ser también vocación.
Pero dado que nos encontramos ante Cristo y basamos nuestras reflexiones en torno a la juventud sobre su coloquio con el joven, es menester precisar aún mejor la relación existente entre «el proyecto de vida» en relación con la «vocación de vida». El hombre es una criatura y, a la vez, un hijo adoptivo de Dios en Cristo: es hijo de Dios. Entonces la pregunta: «¿Qué me queda aún?» el hombre la hace durante la juventud no sólo a sí mismo y a las demás personas de las que espera una respuesta, especialmente a los padres y a los educadores, sino que la hace asimismo a Dios, como creador y padre. El hombre se hace esta pregunta en el ámbito de aquel particular espacio interior en el que ha aprendido a estar en estrecha relación con Dios, ante todo en la oración. El hombre pregunta pues a Dios: «¿Qué me queda aún?», ¿cuál es tu plan respecto a mí vida?, ¿cuál es tu plan creador y paterno?, ¿cuál es tu voluntad? Yo deseo cumplirla.
En este contexto el «proyecto» adquiere el significado de «vocación de vida», como algo que es confiado al hombre por Dios como tarea. Una persona joven, al entrar dentro de sí y a la vez al iniciar el coloquio con Cristo en la oración, desea casi leer aquel pensamiento eterno que Dios creador y padre tiene con ella. Entonces se convence de que la tarea que Dios le asigna es dejada completamente a su libertad y, al mismo tiempo, está determinada por diversas circunstancias de índole interior y exterior. La persona joven, muchacho o muchacha, examinando estas circunstancias, construye su proyecto de vida y a la vez reconoce este proyecto como la vocación a la que Dios la llama.
Así pues, deseo confiar a todos vosotros, jóvenes destinatarios de la presente Carta, este trabajo maravilloso que se une al descubrimiento, ante Dios, de la respectiva vocación de vida. Éste es un trabajo apasionante. Es un compromiso interior entusiasmante. Vuestra humanidad se desarrolla y crece en este compromiso mientras vuestra personalidad joven va adquiriendo la madurez interior. Os arraigáis en lo que cada uno y cada una de vosotros es, para convertirse en lo que debe llegar a ser: para sí mismo, para los hombres y para Dios.
Paralelamente al proceso de descubrir la propia «vocación de vida» debería desarrollarse la conciencia de en qué modo esta vocación de vida es al mismo tiempo una «vocación cristiana».
Hay que observar aquí que, en el periodo anterior al Concilio Vaticano II, el concepto de «vocación» se aplicaba ante todo respecto al sacerdocio y a la vida religiosa, como si Cristo hubiera dirigido al joven su «sígueme» evangélico únicamente para estos casos. El Concilio ha ampliado esta visual. La vocación sacerdotal y religiosa ha conservado su carácter particular y su importancia sacramental y carismática en la vida del Pueblo de Dios. Pero al mismo tiempo, la toma de conciencia, renovada por el Vaticano II, de la participación universal de todos los bautizados en la triple misión de Cristo (tria munera) profética, sacerdotal y real, así como la conciencia de la vocación universal a la santidad, hacen ciertamente que toda vocación de vida humana, al igual que la vocación cristiana, corresponda a la llamada evangélica. El «sígueme» de Cristo se puede escuchar a lo largo de distintos caminos, a través de los cuales andan los discípulos y los testigos del divino Redentor. Se puede llegar a ser imitadores de Cristo de diversos modos, o sea no sólo dando testimonio del Reino escatológico de verdad y de amor, sino también esforzándose por la transformación de toda la realidad temporal conforme al espíritu del Evangelio. Es aquí donde comienza también el apostolado de los seglares, inseparable de la esencia misma de la vocación cristiana.
Estas premisas son extremadamente importantes para el proyecto de vida, que corresponde al dinamismo esencial de vuestra juventud. Es preciso que examinéis este proyecto –independientemente del contenido concreto «de vida» del que se llenará– a la luz de las palabras dirigidas por Cristo al joven.
Es menester que reflexionéis también –y muy seriamente– sobre el significado del bautismo y de la confirmación. En efecto, el depósito fundamental de la vida y de la vocación cristiana está contenido en estos dos sacramentos. De ellos parte el camino hacia la Eucaristía, que contiene la plenitud del don sacramental concedido al cristiano: toda la riqueza de la Iglesia se concentra en este Sacramento de Amor. A la vez, siempre en relación con la Eucaristía, hay que reflexionar sobre el tema del Sacramento de la penitencia, que tiene una importancia insustituible en la formación de la personalidad cristiana, especialmente si está unida a él la dirección espiritual, es decir, una escuela sistemática de vida interior.
Sobre estas cuestiones quiero hablar brevemente, aunque cada uno de los Sacramentos de la Iglesia tiene su definida y específica referencia a la juventud y a los jóvenes. Confío en que el tema sea tratado de modo detallado por otros, especialmente por los agentes de pastoral expresamente enviados a colaborar con la juventud.
La Iglesia misma –como enseña el Concilio Vaticano II– es «como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano». Toda vocación de vida, como vocación «cristiana», está arraigada en la sacramentalidad de la Iglesia: se forma, por lo tanto, mediante los sacramentos de nuestra fe. Son los que nos permiten, desde la juventud, abrir nuestro «yo» humano a la acción salvífica de Dios, es decir de la Santísima Trinidad. Nos permiten participar en la vida de Dios, viviendo al máximo una vida humana auténtica. De esta manera, la vida humana adquiere una dimensión nueva y, a la vez, su originalidad cristiana: la conciencia de las exigencias impuestas al hombre por el Evangelio se completa por la toma de conciencia de aquel don, que supera todo. «Si conocieras el don de Dios», dijo Cristo en su coloquio con la Samaritana.