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Criterios
40. Son varios los criterios que se entremezclan cuando se quiere
formular una buena política económica en un Instituto religiosos. Criterios que
pueden llevar a una gestión muy rica humana y religiosa pero que también pueden
originar tensiones y llegar hasta los conflictos. Entre estos criterios están
los evangélicos, los humanistas, los sociales, los profesionales, los técnicos
y los institucionales. De estos criterios queremos hacer algunas aplicaciones
para poder fijar las necesidades que se deben cubrir, los recursos de que se
debe disponer y las políticas de administración y gestión de los bienes que se
deben seguir.
41. No hay duda que los bienes de un Instituto religioso deben cubrir las necesidades de los religiosos que están en activo y también de
los que se encuentran en etapa de formación, los jubilados y los enfermos, la
misión institucional de la congregación y la acción solidaria. Se debe destacar
que toda la economía debe estar prioritariamente al servicio y en función de
las personas. No hay duda que se debe preferir invertir en la promoción cultural,
psicofísica y espiritual de las personas antes que en las estructuras
materiales.
42. En
relación con nuestros bienes se debe incrementar la actitud del compartir; antes se
ganaba para guardar o para almacenar o para reinvertir, sobre todo en las
obras; ahora se hace para vivir como religiosos, para poder guiarse por el criterio de dar y
compartir. La pobreza estaba muy marcada por al austeridad y ahora lo está por
la solidaridad; la pobreza tiene facetas diversas pero no hay duda que una de
ellas y muy significativa en el momento actual es la solidaridad. Antes el
trabajo de los ecónomos se orientaba a ayudar a una comunidad a vivir en mucha
austeridad y eso no es poco; ahora deben ser una gran ayuda para vivir
solidariamente y su ministerio debe apuntar a que haya grupos de religiosos
generosos y solidarios que dan según sus posibilidades y piden según sus
necesidades. En el compartir algunos
llegan hasta quedarse con lo conveniente y dan lo superfluo, otros con lo
necesario y dan hasta lo conveniente; otros se quedan sólo con lo indispensable y llegan a dar
hasta lo necesario. Es importante ser
claros en el destino de los bienes que poseemos. Para ello es indispensable
enumerar los objetivos de los mismos. Los Documentos de la Iglesia y los Documentos de las diversas
Congregaciones ayudan a formular estos objetivos.
43. Se debe precisar de dónde y cómo llegan los recursos económicos a un Instituto
religioso. Por supuesto conviene ponderar los orígenes diferentes de los mismos
y la necesidad de servirse de todos ellos siempre que los bienes obtenidos se
usen para la misión. Este aspecto es muy importante al fijar las políticas
económicas de una Congregación tener en cuenta tanto el monto de los recursos
como en el destino de los mismos.
44. En relación con la
política económica a
seguir hay que prestar atención a las
personas implicadas en dicha política y sobre todo en la gestión. En relación
con todos los que están implicados en la
gestión hay que recordar que deben considerarse como meros administradores
y como auténticos religiosos; en todo se guían por los principios del bien
común. En la vida religiosa nadie es dueño de los bienes que administra. No
administramos nada nuestro ni damos nada nuestro. A diferentes niveles todo se
hace en nombre de la Institución religiosa. No hay duda que las decisiones en torno a los bienes se toman en
los consejos y sólo la ejecución de la decisión se confía a una persona.
45. Para el buen discernimiento en relación con nuestros bienes es
importante contar con el consejo y la colaboración de laicos especializados en
esta materia. La administración económica y la gestión de los bienes precisa
conocimientos técnicos para poder proceder bien. La gestión económica es un
trabajo en equipo y en el equipo no puede faltar la asesoría técnico
profesional.
46. En fidelidad a la diversidad de los criterios para
bien discernir hay que tener también en cuenta varios de los aspectos que
siguen a continuación. Es muy importante
en nuestras decisiones económicas estar atentos para que no decidamos de
acuerdo a los criterios, que fácilmente se infiltran en la vida religiosa,
propios de una economía capitalista de orientación neoliberal.
47. La meta de nuestra acción en
el campo de la economía debe
apuntar hasta reducir la pobreza, contribuir a cambiar las estructuras
políticas y económicas que están al origen de la dura situación económica
mundial en la que estamos metidos. Para ello no puede faltar una veta profética
en nuestro modo de proceder como religiosos en relación con los bienes. Es
importante apuntar a “globalizar al
solidaridad” y ofrecer así los elementos principales de una globalización
alternativa. (Viene del viejo 49) Nuestras decisiones en economía deben traer
consecuencias para las personas y las estructuras comenzando por nosotros
mismos y por nuestra institución congregacional y llegar a operar y producir su
efecto en el ambiente y realidad que nos rodea. La meta es ambiciosa pero algo
se puede hacer al menos a nivel de signo.
48. Se debe tender a encontrar elementos importantes para
las decisiones económicas en la dimensión social de nuestros propios carismas
religiosos. En ellos aparecerá siempre claro que el compromiso social es la
parte visible de una profunda espiritualidad. Por lo mismo será al menos
oportuno aumentar el número de recursos humanos y religiosos que se invierten
en lo social.
49. Para terminar este apartado debemos recordar que del evangelio nos viene la exigencia de que
los bienes sirvan para crear y reforzar la comunión, vivir la dependencia del
Padre, ejercitar la libertad frente a lo que se
posee y la prudencia frente a lo que se usa. Del evangelio nos viene,
también, una clara invitación a la gratuidad en el uso de los bienes y a la
generosidad sin medida en el compartir. En una palabra, tenemos que partir del
evangelio para que en el uso y gestión de nuestros bienes estemos animados por
una vigorosa espiritualidad. En el
evangelio encontramos también criterios para administrar bien; y sin olvidar
que la buena
gestión debe apuntar a mejorar los recursos y por supuesto a una
administración ordenada y transparente.
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