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b. Criterios para la inversión en un Instituto
religioso. Inversiones de no provecho
En estos años hemos asistido a un
gradual proceso de "financieración" en la economía, en el que ha
predominado el dinero sobre el trabajo y la producción, que ha condicionado
incluso el pensamiento y el lenguaje, dándose paralelamente una marcada
evolución del mercado financiero hacia fronteras globales.
Por otra parte, hay
que tener en cuenta la evolución de las modalidades de ahorro, con el paso de
la denominada "renta fija" a una variedad de instrumentos financieros
con la consiguiente incertidumbre de resultados.
La escasez las vocaciones y el
envejecimiento de los hermanos en algunas áreas geográficas, han determinado la
enajenación de ciertos inmuebles, con el consiguiente aumento de disponibilidad
de dinero en efectivo.
Se impone, por tanto, la
exigencia de elaborar una metodología que ayude a invertir el dinero disponible
en las nuevas fórmulas que se han ido diseñando en estos años. Todo esto en
sintonía con los presupuestos evangélicos sobre los que se rige nuestra vida de
consagrados.
Tras un atento análisis de las
distintas experiencias y una profunda reflexión en la reunión del seminario, han surgido los siguientes
criterios:.
1. Cada inversión
debe tener en cuenta el testimonio de nuestra
pobreza:
Un tal valor-voto comporta un corazón
desprendido de los bienes, un estilo austero de vida, una adecuada formación
pedagógico-espiritual y la posibilidad de una lectura concreta de nuestra
pobreza por parte de la gente.
Pobreza hoy significa también un
compartir solidario para la misión, según el carisma de cada instituto, dentro
de las diversas situaciones sociales.
Hoy pobreza es también hacer
transparente el uso y el destino de los bienes que nos han sido dados,
considerándonos más administradores que propietarios absolutos de los mismos.
2. Cada inversión
debe tener una finalidad apostólica:
En las inversiones, tanto
inmobiliarias como mobiliarias, conviene estar atentos para superar la
tentación de considerar los capitales disponibles como instrumento de prestigio
social y, por lo tanto, de poder, evitando, a toda costa, una gestión meramente
especulativa y de máximo rendimiento.
Aunque a veces nuestra imagen
pública puede dar la impresión de riqueza, es necesario ofrecer el testimonio
de un estilo de presencia comunitaria libre y sobria, incluso en estructuras
eficientes y tecnológicamente puestas al día.
Evangelización, educación,
cultura, salud, espiritualidad, “missio ad gentes...”, son algunas expresiones
de carismas que se encarnan en obras y que, en la sociedad contemporánea,
necesariamente deben contar con ingentes medios económicos para poder llevar a
cabo su servicio. Tales actividades contribuyen directamente a realizar una
eficaz cooperación internacional.
Y es también importante usar
adecuadamente los medios de comunicación social para dar a conocer y documentar el valor y el alcance de
nuestro empeño religioso y social. Si es oportuno o lo exigen las
circunstancias, incluso se deben hacer públicos también los balances.
Se recuerda, además, la
conveniencia de saber aprovechar las subvenciones que los organismos civiles
(gobiernos nacionales, UE, ONG y fundaciones, etc.) y eclesiales (organismos de las conferencias
episcopales, etc.) ponen a nuestra disposición, previa presentación de los
proyectos de índole social correspondientes.
3. El tipo y la
calidad de cada inversión tienen que ser estudiados cuidadosamente:
Cautela y activa prudencia
tienen que equilibrarse junto a una buena dosis de sentido empresarial. No es
suficiente fiarse de los bancos, es necesario controlar el destino de las
inversiones concretas hechas con nuestro dinero e intervenir convenientemente
ante los cambios que se puedan dar.
En este campo tan complejo y en
continua evolución, se recomienda la consulta a profesionales competentes, cristianamente
orientados y desligados de las entidades de crédito. Se considera útil
compartir informaciones con los organismos de consulta ya existentes.
Se desea que haya contactos más
frecuentes entre ecónomos generales y superiores generales para establecer
metas comunes, en el campo económico, entre los distintos Institutos, lo que
podría originar la creación de fondos éticos por parte de los mismos institutos
religiosos.
Donde sea posible y oportuno, se
debería publicar la lista de aquellos títulos que, de alguna manera, sostienen
económicamente actividades moralmente dudosas o antisociales, realizando así
una denuncia profética de gran relevancia. Se invita, en cambio, a sostener y
apoyar los títulos que se refieren a empresas social y civilmente útiles. En
este sentido se desea que la misma Iglesia, con sus máximos responsables
económicos, oriente y conduzca hacia nuevas formas de inversiones éticas.
4. Cada inversión
tiene que ser éticamente compatible
Para evitar
situaciones desagradables, con el consiguiente escándalo en la opinión pública,
es necesario que cada inversión de dinero sea sometida a una valoración ética,
social, política y religiosa, valiéndose de los soportes profesionales válidos
que hoy disponemos. En todos los casos
se debe aplicar una orientación ética del dinero que satisfaga las
exigencias de nuestros institutos.
5. Una propuesta
concreta
Se desea la creación de un Fondo
Único Multicompartido, con la colaboración de los institutos religiosos, de tal
modo que se administre, controle y haga rentables de modo ético los recursos
económicos invertidos.
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