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e. Administración de
bienes y criterios evangélicos: ¿cómo calcular lo que se necesita como reserva
y qué hacer con los excedentes? ¿Lugar de la Providencia en nuestras vidas? ¿Estilo de vida
pobre?
¿Cómo calcular el dinero que conviene reservar
para nuestras necesidades y qué hacer con el sobrante?
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En
primer lugar conviene subrayar que una Comunidad religiosa no tiene que vivir
de sus reservas económicas sino del propio trabajo, de la solidaridad en el
contexto en que uno se encuentra y de la solidaridad interna, según la
especificidad de los institutos.
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Además,
si se crea un fondo de reservas, se tiene que establecer el tope máximo del
mismo, porque si no se establecen techos existe la amenaza de capitalizar en
exceso.
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En
líneas generales, los posibles superávits deben ser empleados
en el sostenimiento de la formación, en las nuevas fundaciones, en las personas
en edad de jubilación y tener presente la solidaridad externa al instituto
mismo.
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Conviene
definir los tipos de reservas y de fondos a largo o breve plazo. Los criterios
pueden ser las necesidades que conocemos y el techo de la reserva está en
función del rendimiento del capital. Los medios para localizar las necesidades
y la copertura social pueden ser varios: el estudio actualizado (proyecto sobre
el futuro a largo plazo), el consejo comunitario plenario que hace una
valoración de los resultados contables y las perspectivas futuras, etc. Una tal
verificación puede dar lugar a un fondo común para compartir.
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Se
constata no sólo la necesidad de formar expertos en hacienda y administración
de bienes sino también de educar a las personas para compartir los superávits e
incluso para recibirlos. Si los criterios no son lo suficiente claros se pueden
dar enfrentamientos e incomprensiones. Se tienen que establecer, pues,
criterios claros al compartir esos superávits.
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Se
propone hacer un estudio sobre los distintos tipos de gestiones más o
centralizadas, valorando los pro y los contra.
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Empiezan
a llegar peticiones de congregaciones con escasos recursos que solicitan ayuda.
Sería bueno que la USG estudiase la posible creación de un fondo y ampliase la
reflexión a nivel de Iglesia.
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Debemos partir de que la primera Providencia es nuestro trabajo y que
la confianza en la Providencia no nos exime de un nuestro compromiso
productivo. Tenemos que empeñarnos sin estar preocupados.
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Para algunos el dato carismático de la confianza en la Providencia
representa un continuo interrogarse sobre la transmisión de la fe en ella a las
nuevas generaciones.
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En general, se percibe la necesidad de una constante verificación
sobre este punto y una confrontación con el ejemplo que nos viene de nuestros
fundadores que han sabido conjugar confianza en el Providencia y empeño
operativo.
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Existe una contradicción entre el deseo de acumular, innato en el
hombre, y el poner límites. Se trata de reflexionar sobre cómo entender la
Providencia.
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Debemos entender la Providencia como un empeño de colaboración con la
acción providente de Dios, colaboración que no excluye una esmerada gestión de
los bienes que nos han sido confiados.
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Algunas fundaciones misioneras no deberían tener, como criterio
predominante, el aspecto económico sino un deseo de favorecer la acción
providente de Dios.
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Todos tenemos que pensar en ser Providencia para los demás.
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Los pobres son maestros que nos enseñan a vivir con confianza en el
Providencia
Estilo de vida pobre.
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A nivel comunitario debemos insistir en presentar un estilo de vida pobre.
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Estamos viviendo un cierto
malestar ocasionado por esta dimensión que nos interroga y pone en entredicho
la coherencia de algunas elecciones nuestras.
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El contexto cultural en que vivimos, ¿cómo acoge nuestro estilo de
vida? y ¿los estímulos que nos llegan de ese contexto cómo los recibimos?
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Existe un cierto malestar entre los misioneros que trabajan en países en
vías de desarrollo y los hermanos del lugar; los primeros a menudo pueden
contar con muchos más recursos para la misión provenientes de sus países de
origen. Todos los recursos por la misión tendrían que pasar y ser administrados
por la comunidad.
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Tenemos que unir un estilo de vida pobre según el evangelio luchando
contra la pobreza que oprime al ser humano.
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Tendremos que acentuar nuestra participación y compartir la vida de
los pobres en el contexto en que nos encontremos. Se trata de compartir no sólo
los recursos, también nuestro tiempo y toda nuestra vida entera.
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Se corre, a veces, el peligro de participar en un estilo de vida en
que prevalece el consumismo.
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Tenemos que mantener un estilo de vida pobre aunque no ofrezca
excesivas garantías
Al terminar estas
reflexiones no podemos menos de señalar que nos encontramos ante
un tema complejo frente al cual muchos Superiores Generales se pueden
sentir incompetentes o poco motivados o al menos poco implicados. Sin embargo,
los informes económicos de un Instituto religioso y de una Provincia revelan
muchos elementos y datos que nos ayudarán a analizar el camino de
revitalización espiritual que el grupo está siguiendo. Es importante saber
proponer y animar proyectos nuevos para usar
y compartir los bienes que sean
un buen reflejo de una atinada administración de los bienes y de un destino
evangélico de los mismos. Se precisa ser solidario hasta tal punto que se vaya
más allá de lo que se puede juzgar financieramente razonable. Y eso sólo lo
podemos hacer a partir de un estilo de
vida sencilla y de una fe plena en la Providencia.
No hay duda que la manera de enfocar y tratar los temas económicos expresa
muy bien lo que una Congregación cree y espera y de forma concreta en quién
pone su confianza. Nos le recuerda el evangelio: “Dónde está tu tesoro allí
está tu corazón” (Mt 6, 21). En todo este documento se ha intentado ofrecer
orientaciones para que nuestro tesoro sea nuestra misión, el anuncio del Reino,
y que nuestros bienes estén al servicio de esa misión. Poner la economía al
servicio de la persona y de la misión es
una forma concreta de servir a la Iglesia.
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