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| Ioannes Paulus PP. II Inter munera academiarum IntraText CT - Texto |
4. «Doctor humanitatis» es el nombre que di a santo Tomás de Aquino porque siempre estaba dispuesto a acoger los valores de todas las culturas (Discurso a los participantes en el VIII congreso tomista internacional, 13 de septiembre de 1980: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 25 de enero de 1981, p. 7). En las condiciones culturales de nuestro tiempo parece muy oportuno desarrollar cada vez más esta parte de la doctrina tomista que trata de la humanidad, dado que sus afirmaciones sobre la dignidad de la persona humana y sobre el uso de su razón, perfectamente acorde con la fe, convierten a santo Tomás en maestro para nuestro tiempo. En efecto, los hombres, sobre todo en el mundo actual, están preocupados por este interrogante: ¿qué es el hombre? Al usar el apelativo «doctor humanitatis», sigo las directrices del concilio ecuménico Vaticano II sobre el uso de la doctrina del Aquinate tanto en la formación filosófica y teológica de los sacerdotes (cf. decreto Optatam totius, 16), como en la profundización en la armonía y la concordia entre la fe y la razón en las universidades (cf. declaración Gravissimum educationis, 10).
En mi carta encíclica Fides et ratio, publicada recientemente, quise recordar la promulgación, por obra de mi predecesor León XIII, de la carta encíclica Aeterni Patris (4 de agosto de 1879: ASS 11 [1878-1879] 97-115): «El gran Pontífice recogió y desarrolló las enseñanzas del concilio Vaticano I sobre la relación entre fe y razón, mostrando cómo el pensamiento filosófico es una aportación fundamental para la fe y la ciencia teológica. Más de un siglo después, muchas indicaciones de aquel texto no han perdido nada de su interés, tanto desde el punto de vista práctico como pedagógico; sobre todo, lo relativo al valor incomparable de la filosofía de santo Tomás. El proponer de nuevo el pensamiento del doctor Angélico era para el Papa León XIII el mejor camino para recuperar un uso de la filosofía conforme a las exigencias de la fe» (n. 57). Esa carta, realmente memorable, tenía como título: «Carta encíclica sobre la restauración de la filosofía cristiana en las escuelas católicas según el pensamiento de santo Tomás de Aquino, doctor Angélico».
El mismo León XIII, para que las directrices de esa encíclica fueran puestas en práctica, creó la Academia Romana de Santo Tomás de Aquino (cf. carta apostólica Iampridem dirigida al cardenal Antonino De Luca, 15 de octubre de 1879). Al año siguiente, escribió a los cardenales puestos al frente de la nueva Academia, congratulándose por el inicio de los trabajos (cf. carta apostólica del 21 de noviembre de 1880). Después de 15 años aprobó sus Estatutos y emanó ulteriores normas (cf. breve apostólico Quod iam inde, del 9 de mayo de 1895). San Pío X, con la carta apostólica In praecipuis laudibus, del 23 de enero de 1904, confirmó los privilegios y el reglamento de la Academia. Los Estatutos fueron revisados y completados con la aprobación de los Romanos Pontífices Benedicto XV (el 11 de febrero de 1916) y Pío XI, que el 10 de enero de 1934 vinculó a ella la Academia Pontificia de Religión Católica, la cual, en circunstancias entonces muy diversas, había sido fundada en el año 1801 por el reverendo Giovanni Fortunato Zamboni. Me complace recordar a Achille Ratti (1882) y a Giovanni Battista Montini (1922) que, siendo jóvenes sacerdotes, obtuvieron en esta Academia Romana de Santo Tomás el doctorado en filosofía tomista y luego fueron llamados al sumo pontificado, asumiendo los nombres de Pío XI y Pablo VI.
Para hacer realidad los deseos manifestados en mi carta encíclica, me ha parecido oportuno renovar los Estatutos de la Academia Pontificia de Santo Tomás, a fin de que sea instrumento eficaz para bien de la Iglesia y de la humanidad entera. En las actuales circunstancias culturales, antes descritas, resulta conveniente, e incluso necesario, que esta Academia sea como un foro central e internacional para estudiar mejor y con más esmero la doctrina de santo Tomás, de modo que el realismo metafísico del actus essendi, que impregna toda la filosofía y la teología del doctor Angélico, pueda entrar en diálogo con los múltiples impulsos de la investigación y de la doctrina actuales.
Por tanto, yo, con plena conciencia y madura deliberación, y en la plenitud de mi potestad apostólica, en virtud de esta carta, apruebo a perpetuidad los Estatutos de la Academia Pontificia de Santo Tomás de Aquino, legítimamente elaborados y revisados, y les confiero la fuerza de la aprobación apostólica.