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Benedictus PP. XV
Spiritus paraclitus

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58.

Réstanos por recordar, venerables hermanos, los «dulces frutos» que «de la amarga semilla de las letras» obtuvo Jerónimo, en la esperanza de que, a imitación suya, los sacerdotes y fieles encomendados a vuestros cuidados se han de inflamar en el deseo de conocer y experimentar la saludable virtud del sagrado texto. Preferimos que conozcáis las abundantes y exquisitas delicias que llenaban el alma del piadoso anacoreta, más que por nuestras palabras, por las suyas propias. Escuchad cómo habla de esta sagrada ciencia a Paulino, su «colega, compañero y amigo»: «Dime, hermano queridísimo, ¿no te parece que vivir entre estos misterios, meditar en ellos, no querer saber ni buscar otra cosa, es ya el paraíso en la tierra?»(119) Y a su discípula Paula pregunta: «Dime, ¿hay algo más santo que este misterio? ¿Hay algo más agradable que este deleite? ¿Qué manjares o qué mieles más dulces que conocer los designios de Dios, entrar en su santuario, penetrar el pensamiento del Creador y enseñar las palabras de tu Señor, de las cuales se ríen los sabios de este mundo, pero que están llenas de sabiduría espiritual? Guarden otros para sí sus riquezas, beban en vasos preciosos, engalánense con sedas, deléitense en los aplausos de la multitud, sin que la variedad de placeres logre agotar sus tesoros; nuestras delicias serán meditar de día y de noche en la ley del Señor, llamar a la puerta cerrada, gustar los panes de la Trinidad y andar detrás del Señor sobre las olas del mundo»(120). Y nuevamente a Paula y a su hija Eustoquio en el comentario a la epístola a los Efesios: «Si hay algo, Paula y Eustoquio, que mantenga al sabio en esta vida y le anime a conservar el equilibrio entre las tribulaciones y torbellinos del mundo, yo creo que es ante todo la meditación y la ciencia de las Escrituras»(121). Porque así lo hacía él, disfrutó de la paz y de la alegría del corazón en medio de grandes tristezas de ánimo y enfermedades del cuerpo; alegría que no se fundaba en vanos y ociosos deleites, sino que, procediendo de la caridad, se transformaba en caridad activa para con la Iglesia de Dios, a la cual fue confiada por el Señor la custodia de la palabra divina.




119.

Ep. 53,10,1.



120.

Ep. 30,13.



121.

In Eph., prol.






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