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| Benedictus PP. XV Spiritus paraclitus IntraText CT - Texto |
63.
Este amor a Cristo que le consumía, lo llevaba, pobre y humilde con Cristo, libre el alma de toda preocupación terrenal, a buscar a Cristo sólo, a dejarse conducir por su Espíritu, a vivir con El en la más estrecha unión, a copiar por la imitación su imagen paciente, a no tener otro anhelo que sufrir con Cristo y por Cristo. Por ello, cuando, hecho el blanco de las injurias y de los odios de los hombres perversos, muerto San Dámaso, hubo de abandonar Roma, escribía a punto de subir al barco: «Aunque algunos me consideren como un criminal y reo de todas las culpas —lo cual no es mucho en comparación de mis faltas—, tú haces bien en tener por buenos en tu interior hasta a los mismos malos... Doy gracias a Dios por haber sido hallado digno de que me odie el mundo... ¿Qué parte de sufrimientos he soportado yo, que milito bajo la cruz? Me han echado encima la infamia de un crimen falso; pero yo sé que con buena o mala fama se llega al reino de los cielos»(136). Y a la santa virgen Eustoquio exhortaba a sobrellevar valientemente por Cristo los mismos trabajos, con estas palabras: «Grande es el sufrimiento, pero grande es también la recompensa de ser lo que los mártires, lo que los apóstoles, lo que el mismo Cristo es... Todo esto que he enumerado podrá parecer duro al que no ama a Cristo. Pero el que considera toda la pompa del siglo como cieno inmundo y tiene por vano todo lo que existe debajo del sol con tal de ganar a Cristo; el que ha muerto y resucitado con su Señor y ha crucificado la carne con sus vicios y concupiscencias, podrá repetir con toda libertad: ¿Quién nos separará de la caridad de Cristo?»(137).