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Comunidad: taller de ciudadanía evangélica
10. De
las síntesis de los Capítulos inspectoriales
emerge como dato adquirido, pero que requiere una ulterior potenciación,
la exigencia de ser comunidades animadas por el espíritu de familia, alimentado por la claridad de las funciones y
la complementariedad de las responsabilidades. La gran cantidad de datos
relativos a la exigencia de construir comunidades humanizadoras, expresa el grito
de comunión que se alza desde la mayoría de las inspectorías. La Síntesis
lo destaca de modo particular cuando pone de relieve la calidad de las
relaciones y del estilo de vida.
11. Respecto
a la calidad de las relaciones, las respuestas de las inspectorías destacan que
el espíritu de familia se hace visible especialmente en la “amorevolezza”, que
se hace benevolencia, cercanía, gratuidad, respeto por el ritmo de crecimiento
de cada persona. En este clima, las inevitables dificultades son superadas
mediante el diálogo abierto y sincero, la experiencia - reclamada con
insistencia - del perdón dado y recibido. La exigencia de relaciones
interpersonales positivas se concreta en la experiencia del compartir que, en
diversos niveles, abraza todas las dimensiones de la vida personal y
comunitaria. Con el fin de hacer de la comunidad un lugar de vida para todas,
teniendo presentes las exigencias de las hermanas en cada estación de la vida,
se observa el compromiso de armonizar, a la luz del carisma, las diferencias de
edad, de talentos y de cultura. Se intenta para ello incidir en el
acompañamiento, en la potenciación recíproca y en la colaboración en sus
diversas expresiones. La calidad de las relaciones se debilita por la presencia
de dificultades personales y comunitarias. La tendencia a buscar el prestigio,
el apego a las propias ideas, un camino de ascesis débil y una fe superficial
no susten-tan suficientemente las motivaciones personales para contribuir
personalmente a tejer relaciones auténticas. La necesidad de acompañamiento por
parte de las FMA choca, con frecuencia, con el desgaste de los presupuestos del
diálogo y de las motivaciones de fe. Desde un punto de vista comunitario, las
dificultades se concentran en torno a la desconfianza recíproca, que va desde
la falta de sinceridad, de claridad y de diálogo, a los juicios fáciles y a los
prejuicios, a la crítica negativa y a la escasa acogida de la diversidad. Este
estilo poco constructivo provoca a veces el debilitamiento del sentido de
pertenencia, la búsqueda de gratificaciones externas, el desequilibrio entre
las exigencias de la comunidad y las necesidades personales, calificando
nuestros ambientes más como comunidades de vida común que de comunión
de vida.
12. Por lo que se refiere al estilo de vida inspirado en
los consejos evangélicos en clave relacional, el espíritu de familia se traduce
en actitudes que expresan la lógica de las bienaventuranzas: sencillez y
sobriedad, transparencia y coherencia, disponibilidad y fidelidad,
discernimiento personal y comunitario, alegría y esperanza, mansedumbre y paz.
Las Síntesis revelan que esas actitudes a menudo son frenadas por el activismo,
que produce cansancio, estrés, indiferencia, individualismo, haciendo resaltar
la primacía del hacer por encima del ser. La experiencia profunda de la Alianza
se hace visible especialmente en la asunción del valor evangélico de la pobreza
y en la radicalidad de las opciones a favor de los más pobres. La dimensión
relacional del voto de pobreza requiere, en efecto, que las comunidades
emprendan con decisión caminos de compartir y de solidaridad, que pongan a
disposición bienes, talentos, tiempo, recursos, ambientes, contra la cultura
dominante invadida por el consumismo y por la búsqueda de la satisfacción
egoísta los deseos. La opción por el compartir implica, por nuestra
parte, la asunción de un estilo de vida en el que la fácil tentación de la
comodidad es superada por el ejercicio de la autolimitación. Exige el
testimonio de sumisión a la ley común del trabajo, la valoración de los
talentos y de las competencias de cada una, la educación de las y de los
jóvenes para asumir seriamente y con responsabilidad los compromisos de la vida
en la fidelidad al deber cotidiano. Requiere el discernimiento comunitario
sobre la situación económica y la continua revisión de las opciones realizadas
en relación con la misión y la promoción de las obras y de los proyectos
misioneros.
13. En
la mayor parte de las inspectorías se confirma la exigencia de comunidades
menos institucionalizadas, más acogedoras y flexibles, según un modelo de
comunión. Se nota al mismo tiempo un sentido creciente de pertenencia al
Instituto a todos los niveles. El sentido de corresponsabilidad y de
subsidiariedad favorece una mayor participación por parte de las FMA y de los
seglares en la gestión de las obras y, en particular, en la elaboración y en la
asunción responsable del proyecto educativo. Cada vez se da mayor espacio a un
estilo circular de animación que implica a todos los miembros de la comunidad
educativa en las diversas fases de la realización del proyecto y de su
actuación. En las comunidades se advierte la necesidad de una mayor continuidad
en el discernimiento en lo referente a las opciones que, en fidelidad al
carisma, favorecen la primacía de la persona por encima de las obras y de la
eficacia.
14. De
la fidelidad a la Alianza con Dios brota para nosotras el compromiso en la misión.
Esta se inserta en la gran misión de la Iglesia, nacida de la Eucaristía, se
expresa generalmente en una acción educativa inculturada, particularmente entre
los más pobres, e impulsa a construir comunidades apostólicas abiertas a los
retos de la cultura actual, comprometidas en el testimonio de una ciudadanía
evangélica. La pasión educativa resulta
legible en la búsqueda creativa de las respuestas a las demandas de aquellos a
quienes somos enviadas, en particular de las jóvenes y de los jóvenes. Se percibe en las comunidades el corazón
misionero salesiano que se deja espolear por la caridad de Cristo Buen Pastor y
por la solicitud materna de María y se compromete a ser testigo de la fidelidad
al carisma en la Iglesia y en los diversos contextos culturales. Las
comunidades expresan la pasión educativa viviendo con y para los
jóvenes y dejándose interpelar por sus necesidades de formación. En el
compromiso de gestionar con flexibilidad la vida comunitaria, a partir de las
exigencias de la misión, las FMA son conscientes de que deben asumir
correspon-sablemente el proyecto educativo, mediante un proceso que facilite el
paso del yo al nosotros y genere el sentido de la misión común, beneficiado
por los encuentros comunitarios en los que se comparte en actitud de continuo
discernimiento, se reza y se vive la misión en la alegría, en la gratuidad y en
la laboriosidad responsable, caminando juntas al encuentro de las jóvenes y los
jóvenes, aceptando las penalidades y dificultades inherentes a ella.
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