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Raíces evangélicas de la ciudadanía
58. La
ciudadanía evangélica se inserta en los surcos de la Alianza, es decir, en el
camino trazado por Dios a lo largo de la historia para realizar su proyecto de
salvación a favor de toda la humanidad; un camino en el que cada paso es un
signo de amor, cada etapa, una revelación de sabiduría y cada recodo una
llamada a la fidelidad creativa. La Biblia describe este camino y narra esta historia de amor, que encuentra
su punto central en Jesucristo y continúa en sus discípulos, de generación en
generación. Nosotras, llamadas a seguir a Jesús más de cerca con una vida
casta, pobre y obediente semejante a la suya, hemos entrado profundamente en el
misterio de la Alianza como personas individuales y como comunidades. A medida
que avanzamos por los surcos de la Alianza vamos tomando cada vez más
conciencia de nuestra responsabilidad de ser ciudadanas activas en un mundo
sediento de bienes espirituales, de alegría, de solidaridad, de comunión. Al
mismo tiempo descubrimos cada vez mejor nuestra identidad de ciudadanas del
Reino de los cielos con la mirada vuelta hacia lo Alto, hacia el Más Allá. En
este camino tenemos una hoja de ruta dejada por Jesús: las bienaventuranzas, y
tenemos un modelo y una guía experimentada: María.
La ciudadanía radicada en la Alianza
59. Tanto
para el antiguo Israel como para el nuevo pueblo constituido por Cristo, la
Alianza se expresa en la total pertenencia a Dios. Sobre el monte Sinaí Dios
declara que el don de la Alianza
libremente acogido hará de Israel su “propiedad particular entre todos
los pueblos, un reino de sacerdotes y una nación santa” (Ex 19,6). En
Jesucristo, con la nueva y eterna Alianza realizada en el misterio eucarístico,
hemos sido hechos hijos en el Hijo, “conciudadanos de los santos y familiares
de Dios” (Ef 2,19). Jesús mismo se hace fiador de nuestra futura
ciudadanía, asegurándonos que nuestros nombres están escritos en los
cielos (Cf. LC 10, 20), donde él
nos ha precedido para prepararnos un lugar junto a él (Cf. Jn 14,3). Él no se ha avergonzado de llamarnos
sus hermanos (Cf. Heb 2, 11); es más, ha definido como su nueva familia,
unida a él con un parentesco más estrecho que el vínculo de sangre, a la
comunidad de los que, junto con él y como él, cumplen la voluntad de Dios (Cf. Mc
3, 31-35).
60. Esta
total e íntima pertenencia a Dios en Cristo, hecha posible en el Espíritu,
genera en la comunidad cristiana, y con mayor razón en la comunidad de personas
consagradas, la recíproca pertenencia de unas a otras. La comunidad se
convierte entonces en el espacio donde se vive la ciudadanía evangélica en la
cotidianidad concreta. Realizando juntas la voluntad de Dios, alimentadas con
el Pan eucarístico y con la Palabra, sintonizamos cada vez más con el corazón
de Cristo, compartimos su pasión por cada hombre y por cada mujer y su simpatía
por todo lo que él ha creado. De aquí brota nuestro compromiso activo y
creativo en la misión, considerada como prolongación de la misión de Jesús en
la Iglesia y la realización concreta de nuestra ciudadanía en el mundo y en la
historia.
61. María,
la mujer de la nueva Alianza y primera ciudadana del Reino, es quien ha
realizado en plenitud el parentesco, la filiación con Dios al acoger la
Palabra, custodiándola en su corazón y manifestándola en una existencia
solidaria con su pueblo. Ella nos guía en el camino para vivir la Alianza y nos
ayuda a manifestar nuestra ciudadanía evangélica en la comunión entre nosotras
y en el compromiso de tener cuidado de las/los jóvenes, compartiendo, como
ella, la suerte de los pobres y de los pequeños.
Las bienaventuranzas, carta magna de la
ciudadanía evangélica
62. En
el monte Sinaí, la Alianza entre Dios y su pueblo queda sellada por una serie
de promesas y de bendiciones-maldiciones (Cf. Es 23,20-33). En el monte de
Galilea, Jesús traza la identidad de los ciudadanos del Reino en forma de
felicitación: las bienaventuranzas. Estas abren el sermón de la montaña que
contiene la síntesis del mensaje evangélico. Son también nuestro cuadro de
referencia y la señal de marcha en el camino de la ciudadanía evangélica. En la
profesión, en efecto, nos comprometemos a vivirlas radicalmente en comunión con
las hermanas (Cf. C 10).
63. Las bienaventuranzas no son unos preceptos
codificados o unas normas estáticas, sino que presentan de una bella forma el
ideal de la vida evangélica, inspiran propósitos elevados, espolean hacia metas
sublimes, invitan a escalar las cimas con entusiasmo. En las bienaventuranzas
no queda definido lo que es justo y obligatorio, sino lo que agrada al Señor,
lo que es conforme a su corazón y a sus deseos, lo que constituye la gloria de
Dios y la felicidad del hombre. No son elogiadas las virtudes en abstracto,
sino que se congratula con las personas: los pobres, los puros, los afligidos,
etc. Aquí no se halla solamente la fisonomía del discípulo ideal de Jesús, del
modelo ejemplar de la ciudadanía evangélica, sino que sobre todo se
transparenta el rostro de Jesús.
64. A
los que viven la ciudadanía evangélica en su seguimiento, Él les promete la
ciudadanía del Reino de los cielos (Cf. Mt 5,3.10): serán consolados y saciados (Cf.
5,4.6), hallarán misericordia (Cf. 5,7), heredarán la tierra como espacio vital
dado por el Padre a sus hijos (Cf. 5,5), serán verdaderamente hijos de Dios
(Cf. 5,9), y contemplarán su rostro (Cf. 5,8). Todo esto constituye desde
siempre el gran anhelo de la humanidad. También hoy, aunque sofocado por
intereses diversos y acallados por rumores que distraen, este anhelo se insinúa
en el corazón y lo pone en actitud de búsqueda. Las conquistas no son siempre
las más adecuadas, pero son esfuerzos de superación de la indiferencia, de la
clausura egoísta y de la falta de sentido. A este respecto, hemos sentido, a
través de la escucha de nuestras realidades, la demanda de una profunda
experiencia de Dios y de la oración, tanto por nuestras vidas de mujeres
consagradas enteramente a él, como por la misión que nos caracteriza como
comunidades educativas. Es la tensión hacia esta plenitud prometida pero no
colmada que nos coloca en una dinámica de discernimiento permanente, de espera
vigilante y de camino continuo.
65. Las bienaventuranzas, al indicar la meta de la vida
cristiana, trazan también el camino para alcanzarla. Presentan la radical
transformación exigida por la ciudadanía evangélica: ser pobres en el espíritu,
saber sufrir por la propia debilidad y por la situación precaria del mundo, ser
mansos, misericordiosos, puros de corazón, forjadores de paz, tener hambre y sed
de justi-cia y estar dispuestos a sufrir por causa de esta justicia.
66. Jesús
proclama bienaventurados a los necesitados. Estas palabras suyas tienen una
carga innovadora incomparable. Invierten la lógica y la jerarquía de los
valores del mundo. Además de la dimensión cristológica en cuanto revelación del rostro de Cristo, las
bienaventuranzas tienen una base teológica única: manifiestan quién es
Dios y cuál es su sueño sobre la humanidad. Tienen además una densidad antropológica
por cuanto muestran el rostro realizado de la persona humana, hija a imagen
del Padre. Constituyen asimismo la base eclesiológica, porque hacen ver los rasgos de la comunidad de
los hijos e hijas que viven en comunión recíproca. La dimensión escatológica
emerge con claridad precisa-mente
porque las bienaventuranzas son al mismo tiempo don y compromiso, realidad
presente y promesa de futuro, criterio del juicio de Dios al final de la
historia.
67. Especialmente
significativa para nosotras es la dimensión mariana. En las
bienaventuranzas proclamadas por el Hijo vemos, efectivamente, el rostro nítido
de la madre, el rostro que más se le asemeja. Como perfecta discípula de Jesús,
María encarna de modo ejemplar las bienaventuranzas evangélicas. Ella se reconoce
bienaventurada y se pone como motivo de alabanza y de gratitud a Dios
por todas las generaciones en el canto del Magnificat, porque Dios ha
hecho grandes cosas en ella, humilde esclava. María experimenta en sí misma y
es testigo para todos del cambio total
realizado por Dios en la historia y en el mundo desde los pobres y los
pequeños.
68. En
la estela de María, también don Bosco, María Dominica Mazzarello y tantas
hermanas nuestras han vivido las bienaventuranzas evangélicas y han llegado a
ser signos inequícos de la lógica de Dios, que se contrapone a la del mundo.
69. Las
bienaventuranzas, aunque con perspectivas diferentes, proclaman la ahesión de
la persona humana a la intervención providente de Dios. Reconoce el señorío de
Dios, convencida de que no es el principio autónomo de la propia salvación y de
la propia esperanza; renuncia a gestionarse por sí misma según criterios y
esquemas egoístas y pone toda su confianza en Dios. La criatura humana fija su
mirada en Dios con corazón pobre y puro, dispuesto a dejarse plasmar por
tensiones nuevas, por proyectos conformes a la voluntad divina. Por
consiguiente, en las relaciones con los otros, trata de imitar la ternura y el
amor infinito del Padre. Es mansa y afable, difunde paz y serenidad, sabe
perdonar, usar misericordia y promover la reconciliación. Al mismo tiempo, vive
y obra por la causa de Dios, deseosa de ver realizado su proyecto para un mundo
más humano y justo. Las tres pistas destacadas en el camino de preparación al
Capítulo general XXI - la demanda de una renovada experiencia de Dios, la
demanda de comunión, la demanda de educación - todas encuentran su fundamento
en las bienaventuranzas evangélicas.
La dimensión profética de la ciudadanía evangélica
70. En
el sermón de la montaña, después de la
procla-mación de las bienaventuranzas, Jesús pasa a ilustrar con imágenes
elocuentes la misión de sus discípulos, o mejor dicho, el reflejo en el mundo
del espíritu de las bienaventuranzas. “Vosotros sois la sal de la tierra;
vosotros sois la luz del mundo; no puede permanecer oculta una ciudad colocada
sobre un monte” (Mt 5, 13-16). Nuestra ciudadanía evangélica es
irradiante por naturaleza, se hace signo profético. En efecto, es dinámica, en
continuo desarrollo, crece en profundidad interior, en eficacia visible, en
solidez de fundamentos y en creatividad de proyectos y de acciones.
71. En
la carta apostólica Novo millennio ineunte, Juan Pablo II invita a toda la Iglesia a ir
adelante con esperanza, manteniendo fija la mirada en el rostro de Cristo, a ir
mar adentro con valor y confianza (n. 16,58). Siguiendo la indicación del
Papa, don Juan Edmundo Vecchi, en su último aguinaldo, que es casi un
testamento espiritual, propone el Duc in altum como palabra de orden para toda la Familia
salesiana en este tercer milenio. Destaca en particular la dirección de la
amplitud y de la profundidad hacia la que debemos navegar. Son indicaciones
sabias y preciosas también para la realización de nuestra ciudadanía evangélica
hoy. El radio de acción de nuestra misión educativa es cada vez más amplio, el
contexto en que vivimos y trabajamos más complejo, los retos más fuertes y
numerosos. Esto requiere de nosotras competencia, mentalidad proyectiva, lectura
sapiencial de la realidad, capacidad de diálogo, de escucha de la cultura y de
los signos de los tiempos, de organización y de corresponsabilidad. La amplitud
de horizontes se conjuga con la profundidad de nuestro enraizarnos en Dios, de
nuestra inserción en el misterio de la Alianza. Es la elocuencia de la santidad
la que hace fecunda nuestra misión.
72. En
el espíritu de las bienaventuranzas, vivimos la ciudadanía de colaboradoras
de la alegría (Cf. 2 Cor 1,24) de nuestros hermanos y hermanas,
sobre todo de las/los jóvenes. En efecto, estamos llamadas a ser testigos de
esperanza y tejedoras de unidad dentro de esta nuestra historia maravillosa y
dramática. María Auxiliadora, de quien llevamos el nombre y prolongamos la
presencia, nos guía y acompaña en el camino. Experimentamos su ayuda eficaz en la misión educativa, que
es nuestro modo de vivir la ciudadanía evangélica.
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