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Interpelaciones para nuestra vida
73. Desde los orígenes de nuestro Instituto, con su
transparente identidad evangélica y carismática, nuestras hermanas se han
situado como presencia dinámica en la trama de la historia, partiendo de
Mornese hasta alcanzar todo el mundo. Las comunidades eran ambientes educativos
abiertos y capaces de involucrar en ellos, impregnados de valores evangélicos y
de un vivo sentido eclesial. En el curso de sus 130 años, con la atención de
quien ama, el Instituto ha tratado de testimoniar y compartir con las/los
jóvenes un don: la alegría del encuentro con el Señor Jesús. Con la misma
pasión nuestros ojos están hoy abiertos a los horizontes del mundo, como la
mirada de Jesús sobre el monte alcanzaba a las multitudes que lo seguían. Una
mirada de compasión, de amor, de participación ante cada herida y ante cada
esperanza, una nueva llamada misionera.
74. La
humanidad aparece profundamente implicada en el fenómeno de la globalización
que, mientras hace circular poderosos recursos, crea dramáticas pobrezas. No
son únicamente los procesos económicos y tecnológicos los que caracterizan la
globalización, sino los modelos de vida y de cultura que influyen en las
relaciones sociales, políticas y éticas, sobre la dimensión ecológica y sobre
la propia experiencia religiosa y eclesial. La globalización está homologando
el mundo en las exigencias, aspiraciones, comporta-mientos de la gente. Al
mismo tiempo crea divisiones e injusticias para pueblos enteros. Se vive de
forma distinta en los diferentes contextos, pero la urgencia de tomar
conciencia de sus dinámicas y de sus consecuencias para poder gobernarla
es común en los Países del bienestar y en los que están al margen de él, a
pesar de ser ricos en recursos. Nuestras comunidades se hallan inmersas en esta
compleja realidad y se empeñan en interpretarla, tratando de captar las
implicaciones en la propia vida, en la de los jóvenes y, especialmente, en la
de las mujeres. Las reflexiones sobre el tema capitular, presentes en las
síntesis de los Capítulos inspectoriales, permiten destacar algunas demandas -
casi un grito hacia un Más
allá - en la atención al curso de la historia.
La demanda de una renovada experiencia de Dios
75. Esta
demanda emerge de un contexto marcado cada vez más por el materialismo y por
sus consecuencias de productividad y de eficiencia que exaltan el hacer por
encima del ser. El vacío espiritual que se deriva, por un lado desemboca en el
debilitamiento de la relación con Dios y por otro impulsa a nuevas demandas
religiosas. En todos los contextos, aunque con expresiones y modalidades
diversas y con proporciones más o menos acentuadas, está presente la tendencia
a marginar la propuesta cristiana. La necesidad de interiorización, de
coherencia y de una espiritualidad que ofrezca respuestas sobre el sentido de
la vida - porque se halla enraizada en la experiencia de Dios - interpela a
cada una de nosotras y a las comunidades educativas a un testimonio de fe valiente,
propositiva e induce , más o menos explícitamente, a muchos jóvenes a la
búsqueda de valores genuinos.
76. En
nuestras comunidades de FMA resurge insistentemente la exigencia de reconocer
la primacía de Dios. Es una demanda profunda que expresa la necesidad de
centrar continuamente la vida en Jesucristo, roca de nuestra salvación,
para afrontar como ciudadanas según el evangelio, la compleja realidad en la
que vivimos, gastando en ella nuestras energías. Inmersas en el flujo de la
historia, percibimos corrientes que pueden arrastrarnos, a menudo sin saberlo,
a lo largo de recorridos que alejan de los caminos del evangelio y de la plena
fidelidad al carisma. Es relativamente fácil sufrir las presiones que llegan
desde muchas partes y amoldarse a los estilos de vida y a las opciones
inducidas por las modas, que debilitan el testimonio de una adhesión radical al
proyecto de Dios. En nosotras, como en tantas otras personas y jóvenes, incluso
creyentes, la división entre fe y vida es una insidia continua que reclama la
urgencia de caminos coherentes hacia la unidad vocacional.
77. El
contexto actual, marcado por el pluralismo de las propuestas, por rápidos y
continuos cambios socio-culturales, por una mentalidad que expresa superficialidad,
exige que asumamos una actitud constante de discernimiento. El hábito
del discernimiento nos hace mujeres pensadoras que saben ir más allá de
las contingencias y de lo inmediato para entrar en el corazón de la historia
con mentalidad evangélica. Nos habilita para escuchar la realidad y para
preguntarnos en qué medida somos colaboradoras de un proyecto que no procede de
nosotras; cómo hemos de descifrarlo continuamente a la luz del carisma y, sobre
todo, de la palabra de Jesús que nos hace “verdaderamente sabias” (L 22,10).
78. De
las voces expresadas en los Capítulos inspectoriales destaca especialmente la
necesidad de asumir y profundizar la espiritualidad salesiana a partir de nuestra experiencia como mujeres
educadoras. Mujeres que no dejan de estar atentas al Espíritu y se confrontan
continuamente con las exigencias del carisma, con las intenciones de los
Fundadores, de don Bosco y de María Dominica Mazzarello. En los últimos
Capítulos generales se había advertido varias veces la “responsabilidad de
expresar la riqueza de la feminidad en nuestro vivir en comunidad y en la
misión educativa” (Actas Capítulo general XX 48). La historia reciente
nos ha visto en varias ocasiones, comprometidas activamente, en colaboración
con otras mujeres religiosas y seglares, en las situaciones en las que están
amenazados los derechos fundamentales de la persona. Hemos tomado posición, en
los lugares oportunos, para defender a los que no tienen voz y para proclamar
que la vida humana es sagrada e inviolable. Lo hemos hecho, en los cinco
continentes, con la audacia educativa del sistema preventivo, siguiendo el
camino de la amorevolezza. Sin
embargo, necesitamos descubrir otras formas para expresar nuestro auténtico
rostro en la Iglesia y en la sociedad. En esta búsqueda la referencia a María,
mujer de la Alianza, madre y educadora, se convierte en guía eficaz para leer
la historia y para intervenir desde la óptica de las bienaventuranzas
evangélicas. De esta forma podremos , tal como augura el Proyecto formativo,
ser memoria viva de María y
realizar lo inédito que espera
ser encarnado en una pedagogía del cuidarse, del acompañamiento recíproco, de
la búsqueda de caminos de paz, de solidaridad y de audacia para defender y
promover la vida en todos los ámbitos.
La demanda de comunión
79. La
globalización propone un modelo organizativo de homologación que incide en la
familia, en la escuela, en otras instituciones. La red de las relaciones y de
los intercambios acerca cada vez más realidades alejadas entre sí. Y sin
embargo, en este nuestro tiempo, las personas pueden sentirse solas;
comunidades enteras sufren la marginación y la exclusión. El carácter
competitivo y concurrente connota la realidad actual en el ámbito de la
ciudadanía social y política. De aquí la demanda de cercanía, de socialización,
de solidaridad, de encuentro y de comunión. Juan Pablo II la propone a toda la
Iglesia cuando pide que se viva una espiritualidad de comunión (Cf. NIT 43).
80. De
la síntesis de las respuestas de Capítulos inspectoriales se capta la urgencia
de una vuelta a las raíces del carisma para volver a hacer nuestro el espíritu
de familia que es para nosotras la
modalidad específica de vivir la espiritualidad de comunión en las nuevas situaciones
(Cf. C 50). Esta será el fundamento teoantropológico de la persona
creada a imagen de Dios, unidad viviente en la comunión del Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo. La espiritualidad de la comunión se genera en el seno de la
Trinidad y se manifiesta en el estilo de reciprocidad vivido en una dinámica de
dar y recibir, de gratuidad y de gratitud que constituye el clima más apto para
expresar en el hoy la fuerza carismática del sistema preventivo: es este el don
que humildemente ofrecemos a la Iglesia (Cf. PF 25-28). Nuestro estar
unidas en el seguimiento de Cristo, que nos convoca para una misión, nos ayuda,
en efecto, a vivir un estilo alternativo de vida que se caracteriza por el don
recíproco en la línea de la ciudadanía evangélica. En ella no hay extranjeros,
cada uno/o es acogido como hermana y hermano. Nuestra comunidad se convierte
entonces en escuela de relaciones vitales, taller de interculturalidad y de
solidaridad evangélica.
81. El
espíritu de familia, típico de la espiritualidad salesiana, se revela en el
tejido de relaciones cotidianas como confianza y amistad, solicitud por cuidar
unas de otras y, conjuntamente, de los jóvenes que Dios nos confía. Estamos
llamadas, hoy más que en el pasado, a acompañarnos recíprocamente en el camino
de crecimiento humano y en el compromiso de configurarnos con Jesús para vivir
su amor esponsal y anunciar su evangelio con una dimensión misionera.
82. Bajo
esta luz se comprende hasta qué punto es importante inspirarse en un modelo
circular de animación en el que quien es llamada al servicio de autoridad con
el estilo salesiano se hace disponible para escuchar diversas voces impulsando
la colaboración y la confrontación en el compartir las opciones para la misión
común. Tiene también el cometido de acompañar a las personas y a la comunidad
hacia una fidelidad creativa al carisma (Cf. PF 40-42).
83. La
espiritualidad de comunión, que compartimos también con los jóvenes y los
seglares adultos, particularmente en la Familia salesiana, abre al
reconocimiento de la riqueza de las diversas vocaciones en la Iglesia, dispone
a la confrontación y a la oferta discreta de nuestro don específico, capacita
para tejer un diálogo profundo con todos. Somos conscientes de que el camino de
la fecundidad y del futuro está en esta comunión prolongada, signo de esperanza
para el mundo, expresión de una ciudadanía que parte de la acogida y de la
valoración recíproca.
84. Las
relaciones interpersonales, vividas en las comunidades educativas, ponen de
relieve algunas dificultades respecto a las exigencias de la comunión. Se
advierte la necesidad de potenciar actitudes de acogida, de confianza, de
participación, de valoración del otro en su diversidad. Es intenso el anhelo de
crear relaciones humanizadoras que ayuden a superar la funcionalidad de las
relaciones y a experimentar el don de la koinonia habitada por la
presencia de Jesús. Vivir este don requiere un camino de liberación interior
para poder resolver los inevitables conflictos por medio del perdón ofrecido
y recibido. Como experiencia de la misericordia del Padre y proceso de ascesis,
el perdón lleva a considerar a los otros como hermanos y hermanas, a hacerles
sitio y a alegrarse juntos por el don de un corazón nuevo. La capacidad
de perdón se halla en la base de todo camino de comunión, lleva a valorar el
sacramento de la Reconciliación, y a vivir en estado de continua conversión y a
colaborar para construir un futuro más justo y solidario. El perdón interpela a
la comunidad educándola para que dirija la mirada hacia el futuro y descubra
una perspectiva de confianza y de justicia cuyo rostro sea el del amor y la
misericordia.
85. El
anhelo misionero, experimentado por nuestras hermanas en Mornese, encuentra su
alimento en el clima comunitario saturado de acogida recíproca, de valoración,
de tensión hacia una misión sin fronteras. La espiritualidad de comunión
genera, también hoy, comunidades para el Reino proyectadas hacia la misión de
evangelizar educando y por tanto abiertas al discernimiento de los signos de
los tiempos y de los lugares por medio de los cuales el Espíritu permite
entrever los caminos del futuro. La esterilidad que a veces constatamos en
nuestras comunidades tal vez podría tener una correlación con la dificultad de
vivir una verdadera experiencia de fe, de centrarnos en el motivo de fondo de
nuestro estar juntas. Por el contrario, si estamos atentas al misterio
que nos habita, si apuntamos sobre lo que humaniza las relaciones y alimenta
una verdadera y profunda amistad, experimentamos la fecundidad de la comunión
que lleva a compartir las grandes causas de la humanidad.
86. La
situación actual de nuestras comunidades nos pide vivir en actitud de éxodo, de
descentrarnos, de aceptar la falta de garantías. Requiere al mismo tiempo mirar
al futuro con esperanza, incluso cuando, en algunas partes del mundo, el
progresivo disminuir de las fuerzas no permite responder a los requerimientos
de la Iglesia y del territorio que nos piden que pongamos a su disposición el
carisma educativo.
87. Somos
conscientes de que las urgencias de la misión exigen vivir el discernimiento
con la actitud sabia de quien se sienta a valorar antes de construir una torre,
para responder a las múltiples demandas de educación. Esto implica la
responsabilidad de enraizarnos cada vez más en la escucha de la Palabra para
crecer en la unidad vocacional como compromiso de vivir la profecía de las
bienaventuranzas abiertas a las perspectivas de futuro del Reino de Dios.
La demanda de educación
88. El
empobrecimiento del planeta, ocasionado por causas complejas, en especial por
modelos económicos fundados en la visión neoliberal, es una situación que ve a
los pobres cada vez en mayor peligro,
cada vez más nómadas, empujados por la desesperación a emprender el camino de
la movilidad humana. La referencia a esta realidad reaparece con frecuencia en
las síntesis inspectoriales. El empobrecimiento está presente también en las
comunidades, que lo viven como límite y al mismo tiempo como exigencia de una
existencia más austera y esencial. Despierta en las comunidades educativas
aquella “fantasía de la caridad” (NMI 51) que nuestros Fundadores han
vivido como llamada a responder a las necesidades educativas de las muchachas y
de los jóvenes preparándolos para ser “buenos cristianos y honrados
ciudadanos”. La demanda de educación se inserta en este contexto y nos llama a
juicio en cuanto educadoras de las/los jóvenes, los cuales experimentan
diferentes formas de pobreza.
89. Pobres
de valores: la ley del consumo y del placer, la ética del individualismo
son algunas de las categorías que empobrecen el sentido de la vida en sus
aspiraciones profundas a la trascendencia, a la justicia, a la solidaridad, a
la paz. Algunas aplicaciones de los progresos de la medicina y de la
biotecnología -anticonceptivos, selección genética - orientan a la pareja y a
la mujer en particular a aceptar una visión restringida del amor y de la
familia, que repercute con evidentes consecuencias negativas en los hijos y en
la sociedad. Ante tal estado de cosas, surge la demanda de una nueva
evangelización para llegar a los jóvenes con el anuncio de Jesucristo,
testimoniado y expresado con un lenguaje comprensible para ellos.
90. Pobres
de relaciones: en la era definida
como de la comunicación, la gente sufre de soledad y de abandono. Niños y
jóvenes asisten con frecuencia a la disgregación de la familia, viven la
experiencia de estar sin padre o sin madre. Esta situación, presente en cada
continente, pesa sobre la vida de todos, especialmente de los jóvenes y de las
mujeres. Las guerras, las catástrofes naturales y el SIDA producen millones de
huérfanos, que se ven privados de los
afectos familiares y de las perspectivas de futuro. El fenómeno migratorio y el
de los refugiados, determinado por factores económicos o políticos, priva a las
personas de las propias raíces y corta las relaciones más vitales con la propia
tierra y la propia gente. En las sociedades más desarrolladas, el ritmo
acelerado de la existencia cotidiana reduce la posibilidad y/o la calidad del
encuentro empobreciendo las relaciones interpersonales. La propia vida de la
comunidad religiosa corre el riesgo de entrar en este engranaje, que hace
crecer el individualismo y la tristeza de una existencia privada del calor
humano y pobre de perspectivas.
91. Pobres
de bienes materiales: la globalización se paga con un alto precio especialmente
por parte de los pobres. En lugar de más oportunidades para todos, genera la
desigual distribución de los bienes, la exclusión de los débiles, la
imposibilidad de un desarrollo humano sostenible. Se asiste a una especie de
nuevo colonialismo, que produce desempleo y emigración y genera un mayor
endeudamiento de los Países ya endeudados, excluidos del mercado global. Esta
situación se halla en el origen de otros tipos de pobreza. El reto de
garantizar bienes vitales como la tierra, el agua, el alimento, la casa, el
trabajo interpela profundamente a la educación a proponer una visión
alternativa a la que hoy domina. Advertimos la urgencia de organizar la
solidaridad, de colaborar en la creación de estructuras que no satisfacen
sólo necesidades inmediatas, sino que garantizan la continuidad generando
procesos de crecimiento en todas las culturas.
92. Pobres
de información en la era de la mediática, la base del poder económico,
político, cultural está en la información. La riqueza de un Estado se mide
sobre todo por su dominio comunicativo. El mercado planetario de la
comunicación está regido por la lógica del capitalismo, del poder en manos de
unos pocos. Semejante situación hace sentir sus efectos negativos sobre toda la
existencia porque genera la homologación y el consiguiente empobrecimiento de
las culturas. En efecto, el flujo mundial de las noticias y de los programas
radiofónicos y televisivos se halla monopolizado por un número exiguo de
agencias de comunicación. La conciencia de esta situación, más bien preocupante
para la educación, no ha sido suficientemente destacada por las inspectorías,
que tal vez se sienten en condiciones de desigualdad frente a un fenómeno
englobante y en rápida evolución, o bien, viviendo en lugares donde la información
es escasa y controlada, no consiguen encontrar caminos para una comunicación
alternativa. El reto, una vez más, afecta a la elaboración y a la asunción de
modelos educativos que, en el flujo absorbente de comunicaciones continuas, capaciten para la lectura crítica de las
informaciones y la interpretación de los silencios que afectan a los Países
pobres. Se trata de educar a una ciudadanía activa que prepare para estar
presentes de modo crítico, y eventualmente con una información alternativa, al
servicio de la verdad, para dar voz y esperanza de futuro a los pobres.
93. Pobres
de cultura y de educación. Las instituciones educativas, en especial la
escuela, corren el peligro de reproducir la lógica del sistema injusto y
opresor, de limitarse a una transmisión de contenidos que respondan a la
cultura dominante, para asegurar técnicos y mano de obra para el mercado de
trabajo. Somos conscientes de que la clave del desarrollo es la educación,
considerada por todos como importante vía de salida para romper el círculo
vicioso de la miseria y de la explotación. Demasiados, sin embargo, no tienen
ninguna posibilidad de acceso a la escuela, o bien disfrutan de un servicio
pobre en cuanto a calidad o dependiente de la ideología en el poder, y sobre
todo carecen de valores en los que apoyar su vida. Para nosotras el reto está
en cualificar el servicio educativo-escolar y conjugar mejor la educación
formal y no formal, garantizando contenidos y valores que formen personas
sanamente críticas y propositivas y no sólo recursos para el mercado. Para esto
se requiere una continua verificación de la visión de la persona y de la vida
social según la óptica evangélica, para no ser sólo productores de servicios,
sino educadoras y educadores en grado de avanzar propuestas y experiencias que
mejoren la calidad de la respuesta en relación con los más débiles.
94. Pobreza
femenina: perdura, y aumenta hoy, la
feminización de la pobreza porque entre los pobres la mujer está más
penalizada, tiene menos garantías de ocupación, está más expuesta a la
explotación de todo tipo, es menos reconocida incluso cuando está preparada
culturalmente. Sobre ella siguen pesando muchos prejuicios que a menudo hacen
difícil una inserción social no homologada con la masculina. En ella,
finalmente, se manifiestan muchas de las pobrezas hasta ahora descritas.
Incluso la emigración, el analfabetismo, el fenómeno de los refugiados, están
asumiendo cada vez más el rostro femenino. De aquí se deriva la llamada a
preocuparse de las mujeres, comenzando desde niñas. Esto implica la solicitud
por favorecer su desarrollo integral a través de los ámbitos específicos de la
salud, de la alfabetización, de la formación profesional, de la educación de la
conciencia social, de la maduración vocacional. De esta manera capacitaremos a
las jóvenes mujeres para que sean ciudadanas activas en grado de denunciar los
abusos contra su dignidad y de ofrecer una aportación efectiva y crítica a las
comunidades de pertenencia.
¿Qué formación?
95. Las
respuestas de las inspectorías remiten continuamente a la exigencia de
formación, proceso indispensable para la renovación de la vida religiosa en
diálogo con la historia. Nuestra formación se apoya en la experiencia
vocacional y la sostiene; es camino hacia la madura-ción integral en la
progresiva configuración con Cristo. Es urgente volver a centrar el camino
formativo en Jesucristo y en su mensaje, que nosotras hemos contemplado
especialmente en las bienaventuranzas evangélicas. Es una exigencia reclamada
también por la actual complejidad, caracterizada por una multiplicidad de
proyectos de vida, de confesiones religiosas, de modelos socio-culturales y de
comportamiento.
96. Es
importante incidir en la responsabilidad en la propia formación, es decir en la autoformación que, apoyándose
en una sólida base humana, se abra a la dimensión evangélica, acogida cada vez
con mayor profundidad y vivida en una comunidad eclesial de la cual la persona
se siente parte viva. El estudio del Proyecto formativo nos convence de la necesidad de asumir un
modelo formativo que parta de la lectura sapiencial de la propia vida y de la
realidad que nos rodea a la luz de la palabra de Dios.
97. De
aquí deriva el acento sobre el acompañamiento, experiencia fundamental
del itinerario personal y comunitario de maduración, porque ayuda a definirse y
a orientarse. El acompañamiento se lleva a cabo en una relación de reciprocidad
que exige respeto, cuidado del crecimiento de la otra persona, disponibilidad
para reconocer y apoyar en ella los caminos del Espíritu. El estilo es el
estilo sencillo y familiar exprimentado con fruto en Mornese por María Dominica
y por las demás hermanas.
98. La
formación a la ciudadanía evangélica se halla insertada en todo el iter
formativo. La demanda de formación es en realidad una demanda de maduración en
la libertad y en la responsabilidad en la relación con los otros. Tal formación
parte de la conciencia de la aportación insustituible que se ha de ofrecer en
el contexto de la propia ciudad o barrio. Procede del conocimiento concreto de
la vida del territorio en que estamos insertas, del análisis de los problemas y
de la toma de opciones en la línea de elaboración y realización de proyectos de
la educación salesiana. Se realiza teniendo presente el horizonte eclesial, en
colaboración con los seglares y con otros Institutos religiosos, en particular
con los dedicados a la educación o que de alguna manera actúan en la realidad
social y del trabajo.
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