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Tema del CG XXI

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  • VIVIR LA CIUDADANÍA EVANGÉLICA
    • Raíces evangélicas de la ciudadanía
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Raíces evangélicas de la ciudadanía

 

58.  La ciudadanía evangélica se inserta en los surcos de la Alianza, es decir, en el camino trazado por Dios a lo largo de la historia para realizar su proyecto de salvación a favor de toda la humanidad; un camino en el que cada paso es un signo de amor, cada etapa, una revelación de sabiduría y cada recodo una llamada a la fidelidad creativa. La Biblia describe este camino  y narra esta historia de amor, que encuentra su punto central en Jesucristo y continúa en sus discípulos, de generación en generación. Nosotras, llamadas a seguir a Jesús más de cerca con una vida casta, pobre y obediente semejante a la suya, hemos entrado profundamente en el misterio de la Alianza como personas individuales y como comunidades. A medida que avanzamos por los surcos de la Alianza vamos tomando cada vez más conciencia de nuestra responsabilidad de ser ciudadanas activas en un mundo sediento de bienes espirituales, de alegría, de solidaridad, de comunión. Al mismo tiempo descubrimos cada vez mejor nuestra identidad de ciudadanas del Reino de los cielos con la mirada vuelta hacia lo Alto, hacia el Más Allá. En este camino tenemos una hoja de ruta dejada por Jesús: las bienaventuranzas, y tenemos un modelo y una guía experimentada: María.

 

La ciudadanía radicada en la Alianza

 

59.  Tanto para el antiguo Israel como para el nuevo pueblo constituido por Cristo, la Alianza se expresa en la total pertenencia a Dios. Sobre el monte Sinaí Dios declara que el don de la Alianza  libremente acogido hará de Israel su “propiedad particular entre todos los pueblos, un reino de sacerdotes y una nación santa” (Ex 19,6). En Jesucristo, con la nueva y eterna Alianza realizada en el misterio eucarístico, hemos sido hechos hijos en el Hijo, “conciudadanos de los santos y familiares de Dios” (Ef 2,19). Jesús mismo se hace fiador de nuestra futura ciudadanía, asegurándonos que nuestros nombres están escritos en los cielos  (Cf. LC 10, 20), donde él nos ha precedido para prepararnos un lugar junto a él (Cf. Jn  14,3). Él no se ha avergonzado de llamarnos sus hermanos (Cf. Heb 2, 11); es más, ha definido como su nueva familia, unida a él con un parentesco más estrecho que el vínculo de sangre, a la comunidad de los que, junto con él y como él, cumplen la voluntad de Dios (Cf. Mc 3, 31-35).

 

60.  Esta total e íntima pertenencia a Dios en Cristo, hecha posible en el Espíritu, genera en la comunidad cristiana, y con mayor razón en la comunidad de personas consagradas, la recíproca pertenencia de unas a otras. La comunidad se convierte entonces en el espacio donde se vive la ciudadanía evangélica en la cotidianidad concreta. Realizando juntas la voluntad de Dios, alimentadas con el Pan eucarístico y con la Palabra, sintonizamos cada vez más con el corazón de Cristo, compartimos su pasión por cada hombre y por cada mujer y su simpatía por todo lo que él ha creado. De aquí brota nuestro compromiso activo y creativo en la misión, considerada como prolongación de la misión de Jesús en la Iglesia y la realización concreta de nuestra ciudadanía en el mundo y en la historia.

 

61.  María, la mujer de la nueva Alianza y primera ciudadana del Reino, es quien ha realizado en plenitud el parentesco, la filiación con Dios al acoger la Palabra, custodiándola en su corazón y manifestándola en una existencia solidaria con su pueblo. Ella nos guía en el camino para vivir la Alianza y nos ayuda a manifestar nuestra ciudadanía evangélica en la comunión entre nosotras y en el compromiso de tener cuidado de las/los jóvenes, compartiendo, como ella, la suerte de los pobres y de los pequeños.

 

Las bienaventuranzas, carta magna de la ciudadanía evangélica

 

62.  En el monte Sinaí, la Alianza entre Dios y su pueblo queda sellada por una serie de promesas y de bendiciones-maldiciones (Cf. Es 23,20-33). En el monte de Galilea, Jesús traza la identidad de los ciudadanos del Reino en forma de felicitación: las bienaventuranzas. Estas abren el sermón de la montaña que contiene la síntesis del mensaje evangélico. Son también nuestro cuadro de referencia y la señal de marcha en el camino de la ciudadanía evangélica. En la profesión, en efecto, nos comprometemos a vivirlas radicalmente en comunión con las hermanas (Cf. C 10).

 

63.  Las bienaventuranzas no son unos preceptos codificados o unas normas estáticas, sino que presentan de una bella forma el ideal de la vida evangélica, inspiran propósitos elevados, espolean hacia metas sublimes, invitan a escalar las cimas con entusiasmo. En las bienaventuranzas no queda definido lo que es justo y obligatorio, sino lo que agrada al Señor, lo que es conforme a su corazón y a sus deseos, lo que constituye la gloria de Dios y la felicidad del hombre. No son elogiadas las virtudes en abstracto, sino que se congratula con las personas: los pobres, los puros, los afligidos, etc. Aquí no se halla solamente la fisonomía del discípulo ideal de Jesús, del modelo ejemplar de la ciudadanía evangélica, sino que sobre todo se transparenta el rostro de Jesús.

 

64.  A los que viven la ciudadanía evangélica en su seguimiento, Él les promete la ciudadanía del Reino de los cielos (Cf. Mt  5,3.10): serán consolados y saciados (Cf. 5,4.6), hallarán misericordia (Cf. 5,7), heredarán la tierra como espacio vital dado por el Padre a sus hijos (Cf. 5,5), serán verdaderamente hijos de Dios (Cf. 5,9), y contemplarán su rostro (Cf. 5,8). Todo esto constituye desde siempre el gran anhelo de la humanidad. También hoy, aunque sofocado por intereses diversos y acallados por rumores que distraen, este anhelo se insinúa en el corazón y lo pone en actitud de búsqueda. Las conquistas no son siempre las más adecuadas, pero son esfuerzos de superación de la indiferencia, de la clausura egoísta y de la falta de sentido. A este respecto, hemos sentido, a través de la escucha de nuestras realidades, la demanda de una profunda experiencia de Dios y de la oración, tanto por nuestras vidas de mujeres consagradas enteramente a él, como por la misión que nos caracteriza como comunidades educativas. Es la tensión hacia esta plenitud prometida pero no colmada que nos coloca en una dinámica de discernimiento permanente, de espera vigilante y de camino continuo.

 

65.  Las bienaventuranzas, al indicar la meta de la vida cristiana, trazan también el camino para alcanzarla. Presentan la radical transformación exigida por la ciudadanía evangélica: ser pobres en el espíritu, saber sufrir por la propia debilidad y por la situación precaria del mundo, ser mansos, misericordiosos, puros de corazón, forjadores de paz, tener hambre y sed de justi-cia y estar dispuestos a sufrir por causa de esta justicia.

 

66.  Jesús proclama bienaventurados a los necesitados. Estas palabras suyas tienen una carga innovadora incomparable. Invierten la lógica y la jerarquía de los valores del mundo. Además de la dimensión cristológica  en cuanto revelación del rostro de Cristo, las bienaventuranzas tienen una base teológica única: manifiestan quién es Dios y cuál es su sueño sobre la humanidad. Tienen además una densidad antropológica por cuanto muestran el rostro realizado de la persona humana, hija a imagen del Padre. Constituyen asimismo la base eclesiológica,  porque hacen ver los rasgos de la comunidad de los hijos e hijas que viven en comunión recíproca. La dimensión escatológica  emerge con claridad precisa-mente porque las bienaventuranzas son al mismo tiempo don y compromiso, realidad presente y promesa de futuro, criterio del juicio de Dios al final de la historia.

 

67.  Especialmente significativa para nosotras es la dimensión mariana. En las bienaventuranzas proclamadas por el Hijo vemos, efectivamente, el rostro nítido de la madre, el rostro que más se le asemeja. Como perfecta discípula de Jesús, María encarna de modo ejemplar las bienaventuranzas evangélicas. Ella se reconoce bienaventurada y se pone como motivo de alabanza y de gratitud a Dios por todas las generaciones en el canto del Magnificat, porque Dios ha hecho grandes cosas en ella, humilde esclava. María experimenta en sí misma y es testigo para todos del  cambio total realizado por Dios en la historia y en el mundo desde los pobres y los pequeños.

 

68.  En la estela de María, también don Bosco, María Dominica Mazzarello y tantas hermanas nuestras han vivido las bienaventuranzas evangélicas y han llegado a ser signos inequícos de la lógica de Dios, que se contrapone a la del mundo.

 

69.  Las bienaventuranzas, aunque con perspectivas diferentes, proclaman la ahesión de la persona humana a la intervención providente de Dios. Reconoce el señorío de Dios, convencida de que no es el principio autónomo de la propia salvación y de la propia esperanza; renuncia a gestionarse por sí misma según criterios y esquemas egoístas y pone toda su confianza en Dios. La criatura humana fija su mirada en Dios con corazón pobre y puro, dispuesto a dejarse plasmar por tensiones nuevas, por proyectos conformes a la voluntad divina. Por consiguiente, en las relaciones con los otros, trata de imitar la ternura y el amor infinito del Padre. Es mansa y afable, difunde paz y serenidad, sabe perdonar, usar misericordia y promover la reconciliación. Al mismo tiempo, vive y obra por la causa de Dios, deseosa de ver realizado su proyecto para un mundo más humano y justo. Las tres pistas destacadas en el camino de preparación al Capítulo general XXI - la demanda de una renovada experiencia de Dios, la demanda de comunión, la demanda de educación - todas encuentran su fundamento en las bienaventuranzas evangélicas.

 

La dimensión profética de la ciudadanía evangélica

 

70.  En el sermón de la  montaña, después de la procla-mación de las bienaventuranzas, Jesús pasa a ilustrar con imágenes elocuentes la misión de sus discípulos, o mejor dicho, el reflejo en el mundo del espíritu de las bienaventuranzas. “Vosotros sois la sal de la tierra; vosotros sois la luz del mundo; no puede permanecer oculta una ciudad colocada sobre un monte” (Mt 5, 13-16). Nuestra ciudadanía evangélica es irradiante por naturaleza, se hace signo profético. En efecto, es dinámica, en continuo desarrollo, crece en profundidad interior, en eficacia visible, en solidez de fundamentos y en creatividad de proyectos y de acciones.

 

71.  En la carta apostólica Novo millennio ineunte,  Juan Pablo II invita a toda la Iglesia a ir adelante con esperanza, manteniendo fija la mirada en el rostro de Cristo, a ir mar adentro con valor y confianza (n. 16,58). Siguiendo la indicación del Papa, don Juan Edmundo Vecchi, en su último aguinaldo, que es casi un testamento espiritual, propone el Duc in altum  como palabra de orden para toda la Familia salesiana en este tercer milenio. Destaca en particular la dirección de la amplitud y de la profundidad hacia la que debemos navegar. Son indicaciones sabias y preciosas también para la realización de nuestra ciudadanía evangélica hoy. El radio de acción de nuestra misión educativa es cada vez más amplio, el contexto en que vivimos y trabajamos más complejo, los retos más fuertes y numerosos. Esto requiere de nosotras competencia, mentalidad proyectiva, lectura sapiencial de la realidad, capacidad de diálogo, de escucha de la cultura y de los signos de los tiempos, de organización y de corresponsabilidad. La amplitud de horizontes se conjuga con la profundidad de nuestro enraizarnos en Dios, de nuestra inserción en el misterio de la Alianza. Es la elocuencia de la santidad la que hace fecunda nuestra misión.

 

72.  En el espíritu de las bienaventuranzas, vivimos la ciudadanía de colaboradoras de la alegría (Cf. 2 Cor 1,24) de nuestros hermanos y hermanas, sobre todo de las/los jóvenes. En efecto, estamos llamadas a ser testigos de esperanza y tejedoras de unidad dentro de esta nuestra historia maravillosa y dramática. María Auxiliadora, de quien llevamos el nombre y prolongamos la presencia, nos guía y acompaña en el camino. Experimentamos  su ayuda eficaz en la misión educativa, que es nuestro modo de vivir la ciudadanía evangélica.

 




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