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Gregorius PP. IX
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4.

Finalmente, éste imitó los ejemplos de nuestro padre Abrahám, saliendo espiritualmente de su tierra, de su parentela y de la casa de su padre, para dirigirse a la tierra que el Señor le había mostrado (Gen 12,1) con su divina inspiración. Para correr más expeditamente hacia el premio de la vocación celestial (Filp 3,14), y poder entrar más fácilmente por la puerta estrecha (Mt 7,13), abandonó el bagaje de las riquezas terrenas, conformándose con Aquél que, siendo rico, por nosotros se hizo pobre (2Cor 8,9), las despreció, las dio a los pobres, para que así su justicia permanezca para siempre (Sal 111,9) .

Y aproximándose a la tierra de la visión, en el monte que le había sido mostrado (Gen 22,2), es decir a la excelencia de la fe, ofreció en holocausto al Señor su carne, que en un tiempo lo había engañado, como hija unigénita, a semejanza de Jefté (cf. Juec 11), poniéndola bajo el fuego de la caridad, macerando su carne con el hambre, la sed, el frío, la desnudez, las muchas vigilias y ayunos. Y habiéndola así crucificado por los vicios y concupiscencias (Gal 5,24), podía decir con el Apóstol: No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en í (Gal 2,2).

Y verdaderamente ya no vivía para sí mismo, sino más bien para Cristo, que murió por nuestros pecados y fue resucitado para nuestra justificación (Rom 4,25) para que de ninguna manera sirvamos más al pecado (Rom 6,G).

Derribando también los vicios, traba batalla contra el mundo, la carne y las potestades celestiales; y renunciando a la mujer, a la casa de campo y a los bueyes, que mantuvieron alejados a los invitados de la gracia (Lc 14,15-20), con Jacob se levantó ante la orden del Señor (cf. Juec 35,1-11) y, recibida la gracia del Espíritu septiforme, asistido por las ocho bienaventuranzas evangélicas, se elevó a través de los quince grados de las virtudes, indicadas místicamente en los Salmos, hacia Betel, la casa del Señor, que él mismo le había preparado.

Y allí, construido el altar de su corazón para el Señor, ofreció sobre él los aromas de sus devotas oraciones, que los ángeles habrán llevado a la presencia del Señor con sus manos, ya próximo a ser conciudadano de los ángeles.




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