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Nicolaus PP. III
Exiit qui seminat

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Introducción

Nicolás, obispo, siervo de los siervos de Dios, para perpetua memoria.

El que siembra la buena simiente ha salido del seno de su Padre para venir a este mundo a sembrar la divina semilla. Jesucristo, el hijo de Dios, revestido con vestiduras humanas, ha venido a sembrar en esta tierra la palabra evangélica, entregándola a todos los hombres, a los buenos y a los malos, a los ignorantes y a los sabios, a los presurosos por recibirla y a quiénes la desdeñan.

Según la expresión del profeta, vino a la tierra como un agricultor que hace su siembra para el futuro, desparramando su semilla, la doctrina evangélica, sobre todos sin distinción. Había venido con el fin de atraerlos a todos hacia si, para salvar a todos los hombres, ofreciéndose a Dios su Padre Para salvarlos se ha inmolado a si mismo en rescate y redención del género humano.

A la verdad, la semilla divina derramada sobre todos por la caridad expansiva de Dios, ha caído en parte a lo largo del camino, es decir sobre los corazones permeables a las sugestiones de los espíritus malignos. En parte sobre las piedras, es decir sobre los corazones donde la fe prácticamente no ha ahondado y donde ni siquiera ha abierto surcos. En parte en medio de las espinas: sobre los corazones destrozados por los aguijones de aquí abajo, o sea por la solicitud por las riquezas. De modo que el buen grano en parte ha sido pisoteado, al ser despreciado por los corazones depravados. En parte se ha vuelto estéril, privado del rocio de la gracia. El resto ha quedado ahogado por los deseos desordenados. Sin embargo, una parte del buen grano cayó en la tierra buena, en un corazón dócil y apacible.

Esta es la Religión apacible y dócil de los Hermanos Menores, religión bien enraizada por Francisco, el glorioso confesor de Cristo, en la pobreza y humildad. Este renuevo de la semilla divina ha germinado para desparramar con su Regla la buena simiente entre los hijos que su ministerio le engendró por obra de Dios en la observancia del evangelio.

Estos son los hijos dóciles, quiénes, según la palabra del apóstol Santiago, recibieron con mansedumbre al HiJo de Dios, el Verbo eterno, plantado sobre el suelo de la humanidad, en el Jardín del seno virginal, para germinar allí con el poder de salvar las almas.

Estos son los discípulos de esta Regla santa que se funda en la palabra del evangelio, y que está cimentada en los ejemplos y en la vida de Cristo, fortificada por las enseñanzas y la acción de los Apóstoles, fundadores de la Iglesia militante.

Esta es, en fin, la Religión verdaderamente pura e inmaculada a los ojos de Dios Padre, la Religión que desciende del Padre de las luces, y que su hijo ha transmitido a los apóstoles por medio de su ejemplo y de su palabra. La que el Espíritu Santo ha inspirado al Bienaventurado Francisco y a sus discípulos. Religión que encierra en si el testimonio de la Trinidad entera.

Nadie en adelante se atreverá a causarle molestias, como atestigua San Pablo: Cristo la ha confirmado con los Estigmas de su pasión, con los cuales adornó maravillosamente a su Fundador.

Sin embargo, la astucia del antiguo enemigo no ha dejado de perseguir a los Hermanos Menores y a su Regla. Más aún, esforzándose por dañarla, este enemigo ha sembrado cizaña entre la buena simiente, suscitando a veces gente envidiosa, celosa, colérica, llena de celo indiscreto. Muerden a los Hermanos, ladrando contra su regla, desgarrándola, la declaran ilícita, inobservable y peligrosa .

Hay gente que no quiere reconocer que esta santa Regla ha sido, como acabamos de decir, instituida por los preceptos y consejos del Salvador, fortificada por la doctrina y la vida de los apóstoles. Que ha sido aprobada por varios Soberanos Pontífices, confirmada por la Sede Apostólica, y dotada de muchos testimonios divinos, verdaderamente dignos de crédito. Dado que se ve brillar a tantos religiosos santos que han pasado su vida y terminado su días en la observancia de esta Regla. De los cuales muchos han sido ya inscritos en el catálogo de los Santos por la misma Sede Apostólica, a causa de su virtud y de sus milagros,

En fin, como lo dijo recientemente, en estos mismos días, por así decirlo, nuestro predecesor de piadosa memoria, el Papa Gregorio X, aprobó dicha regla en razón de su manifiesta utilidad para la Iglesia universal. Esto fue declarado en el Concilio General de Lión.

Como nosotros mismos no queremos prestarle una atención menor, hacemos ahora una reflexión más profunda sobre un hecho que los demás fieles católicos deben sopesar cuidadosamente, a saber: Dios mira con bondad a los Hermanos Menores y a su Orden, preservándolos con su ayuda, salvándoles de los ataques de la envidia, tanto que en lugar de haberse ahogado en las olas de la tempestad, lejos de estar consternados y abatidos, han hecho más bien progresos en la observancia regular y en el cumplimiento perfecto de sus obligaciones.

Sin embargo, es bueno que la Orden camine en la luz, lejos de los senderos peligrosos, en una claridad pura y neta, favorable a su progreso. Así lo han querido los Hermanos reunidos en Capitulo General. Por lo cual nuestro querido Hijo, el Ministro General y varios Ministros Provinciales de la misma Orden, asistentes al Capitulo, se allegaron a nuestra presencia, y hemos comprobado su intención de plena observancia de la Regla y la firme resolución de su fervor

Por lo cual nos ha parecido bien cerrarles el camino a los envidiosos que los muerden, y declarar las cosas que en la Regla pudieran parecer dudosas, y exponer con mayor claridad las que ya han sido declaradas por nuestros predecesores, a fin de satisfacer la delicadeza de la conciencia de los Hermanos en relación a algunos puntos que tocan la Regla misma.

Además, desde nuestra más tierna infancia, hemos profesado nuestro afecto a esta orden. Habiendo crecido entre sus Hermanos, frecuentemente hemos conversado con ellos acerca de la Regla y de la santa intención del mismo Bienaventurado Francisco. Hemos tenido la oportunidad de tratar con algunos de sus compañeros, testigos de su vida y de sus conversaciones. Más adelante, una vez que vestimos la púrpura, habiendo recibido de la santa sede el oficio de protector, gobernador y corrector de la orden, hemos podido conocerla mejor aún. Dicho oficio me hizo en cierto sentido como palpar las condiciones de su existencia.

Sentado ahora en el trono apostólico, estamos persuadidos, tanto por los medios citados, como por una larga experiencia propia, que es necesario precisar cuál fue la piadosa intención del santo fundador acerca de cosas que tocan la Regla misma, y a su observancia. Entonces hemos puesto toda nuestra atención en esta Orden, y hemos discutido con total madurez todas las cuestiones, tanto las ya sabidas, por haber sido declaradas y aprobadas por nuestros predecesores, como las otras, sobre la misma Regla y sobre otras cosas anexas.

En el presente escrito, pues, queremos nosotros mismos decretar, declarar, aprobar de modo más amplio, editar y acordar, algunas cuestiones, tal como extensamente expresamos en los artículos siguientes.




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