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| Nicolaus PP. III Exiit qui seminat IntraText CT - Texto |
ARTÍCULO III
el uso de las cosas
La renuncia a todo tipo de propiedad de ninguna manera debe entenderse como obligación a la renuncia del uso de las cosas. Porque en los bienes temporales es importante distinguir la propiedad, la posesión, el usufructo, el derecho al uso, el simple uso de hecho. De este último, el simple uso de hecho, todos tenemos necesidad por ser necesario para mantenernos en vida, aunque carezcamos de todos los anteriores. Y no hay profesión alguna imaginable que pueda excluir el simple uso de hecho.
A quiénes hicieron voluntariamente profesión de seguir a Cristo pobre, en la observancia de una tan gran pobreza, les conviene renunciar a todo dominio y contentarse con el uso necesario de las cosas.
Esta abdicación de todo dominio y de toda propiedad sobre el uso mismo, no entraña de por si la renuncia al simple uso de cualquier cosa que sea. Porque el uso no implica, de por si, titulo de derecho, sino solamente refiere al hecho de usar. El simple hecho, no da ningún derecho sobre el uso mismo de las cosas.
Más aún, según la Regla y según toda verdad, está permitido a los Hermanos tener uso moderado de las cosas necesarias a la vida y al cumplimiento de los deberes de su estado, con excepción de lo antedicho sobre el dinero. Exceptuado el cual, los Hermanos pueden usar libremente de las demás cosas mientras dure el permiso del otorgante, y en conformidad a lo que está contenido en la presente declaración.
No podemos argumentar en contra con lo providenciado por el derecho civil con sus decretos relativos a las cosas humanas, a saber: el uso y el usufructo no pueden separarse del dominio perpetuo.
Esto fue legislado solamente en relación a la utilidad temporal de las cosas: se tiene miedo a que el dominio de las cosas temporales, separado siempre de su uso, pudiera resultar inútil para su dueño.
Pero la conservación del dominio de las cosas temporales con las concesión de su uso a los pobres, no es infructuosa para el dueño, teniendo en cuenta que es meritoria para la eternidad. También es ventajosa para la profesión de pobres voluntarios, profesión tanto más útil cuanto que intercambia perfectamente los bienes temporales por los bienes eternos.
Instituyendo esta Regla, el Confesor de Cristo no tuvo la mínima intención de abdicar del uso necesario de cuánto exista. Más aún, ha escrito lo contrario en su Regla, y lo contrario ha hecho durante su vida. Ha usado, por necesidad, de las cosas temporales, y en varios pasajes de su Regla él mismo declara que su uso es permitido a los Hermanos.
La Regla dice, en efecto: "que los clérigos recen el oficio divino, por cuyo motivo podrán tener breviarios". Allí se insinúa claramente que los hermanos debían hacer uso del breviario y de los libros útiles para la recitación del oficio divino.
En otro capitulo se dice: "para las necesidades de los enfermos, y para el vestido de los otros Hermanos, que los Ministros y Custodios, ayudados por amigos espirituales, tengan cuidado y solicitud, según los lugares, tiempos y frías regiones, como vean lo aconseja la necesidad."
También en otro lugar, exhortando a los religiosos a evitar la ociosidad ejerciendo un trabajo congruente, San Francisco dice que los Hermanos pueden "recibir, como remuneración por su trabajo, las cosas necesarias a la vida, para ellos mismos y para los Hermanos".
En otro Capitulo se añade: "que los Hermanos vayan confiadamente por limosna".
La misma Regla quiere, en fin, que "en la predicación que hacen los Hermanos, sus palabras sean examinadas y castas, para utilidad y edificación del pueblo, anunciándoles los vicios y las virtudes, la pena y la gloria". Pero es evidente que esto supone la ciencia, y la ciencia exige el estudio, y el ejercicio del estudio no puede hacerse convenientemente sin el uso de los libros.
De lo cual resulta suficientemente claro que la Regla concede a los Hermanos el uso de las cosas necesarias para el alimento, el vestido, el culto divino y el estudio de la sabiduría.
Lo que precede, pues, hace que resulte evidente a los hombres inteligentes que la Regla en su renuncia no es solamente observable, posible y licita, sino aún más meritoria y más perfecta. Tanto más meritoria cuanto más aparta a sus discípulos de todos los bienes temporales, por el amor de Dios.