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Ayúdanos, Francisco, ...
1. Quiero comenzar esta conversación con
una oración de Juan Pablo II, en la que creo ver expresado el sentir de la
Iglesia en la vivencia de las vicisitudes de la historia humana. Unas pocas
semanas después de su elección, el Papa quiso ir a Asís para rezar en la tumba
de Francisco, para conversar con él y encomendarle su sufrimiento por el
Evangelio y la humanidad:
“Tú que has acercado tu época a
Cristo, ayúdanos a acercar a Cristo nuestra época, nuestros difíciles y
críticos tiempos. ¡Ayúdanos! Estos tiempos esperan a Cristo con grandísima ansia,
a pesar de que muchos hombres de nuestra época no se percatan de ello ...
“Ayúdanos, Francisco, a acercar a Cristo la Iglesia y el
mundo de hoy. Tú que has llevado en el corazón las vicisitudes de tus
contemporáneos, ayúdanos, con nuestro corazón cercano al corazón del Redentor,
a abrazar las vicisitudes de los hombres de nuestra época, los difíciles
problemas sociales, económicos, políticos, los problemas de la cultura y la
civilización contemporánea, todos los sufrimientos del hombre de hoy, sus dudas,
sus negaciones, sus desbandadas, sus tensiones, sus complejos, sus inquietudes
... Ayúdanos a traducir todo eso al sencillo y fructífero lenguaje del
Evangelio. Ayúdanos a resolver todo en clave evangélica, para que Cristo mismo
pueda ser “Camino, Verdad y Vida” para el hombre de nuestro tiempo” (5 de noviembre de 1978).
Es la oración que vibra en nuestras almas y nos lleva a
mirar la sociedad de hoy con “ojos penetrantes” y “con corazón grande”, atento
y apasionado, y nos empuja con la fuerza del amor a aventurarnos en el “vasto
océano” que se abre ante la Iglesia, contando con la ayuda de Cristo.1
La hora actual de la historia contiene una nueva llamada
del Padre, encerrada en la vida y en los gemidos de la humanidad, en nuestras
preguntas mismas, en el sufrimiento que las acompaña, en las expectativas de
las nuevas generaciones.
Y aquí es donde sitúo la formación como hecho y como
compromiso prioritario de toda persona, de toda familia religiosa y de la
Iglesia.
Hoy es tiempo de “construir a los constructores” (Pablo
VI). El compromiso en la formación quiere asegurar nuestra contribución – de la forma que nos es propia, es decir,
según el carisma de nuestros Fundadores – a la realización de la misión de
la Iglesia en el mundo en que vivimos: “servir al hombre revelándole el amor de
Dios, que se ha manifestado en Cristo Jesús” (RM 2). Y hacerlo con creciente
creatividad. Así, pues, ocuparnos de formación es ocuparnos del porvenir de
nuestras Familias religiosas, es cooperar en que no nunca falte, en la Iglesia,
el don que Cristo le ha hecho con la Vida Consagrada y con la variedad de sus
formas, es “construir a los constructores” del Nuevo Milenio. La humanidad de
hoy es nuestra “casa”, nuestro pueblo, pues es la casa y el pueblo del Verbo
que se ha hecho carne, que nos ha llamado a compartir su “forma de vida” y su
misión. Es la casa en la que estamos comprometidos a construir unidad,
solidaridad, fraternidad entre todos, rompiendo toda barrera y venciendo al mal
a fuerza de bien (cf. Rm 12,21).
A las nuevas generaciones hay que formarlas para estas
grandes metas de la Iglesia y la humanidad, sabedores de que la vida nace del
grano de trigo que, con libertad y por amor, se da a sí mismo en don hasta la
muerte, es decir, hasta la plena consumación de la propia vida en el terreno de
la historia. “Ser una generación de constructores”.2 Vita Consecrata, Novo Millennio Ineunte, Caminar
desde Cristo son la Carta Magna
de esta generación de constructores para trabajar en el corazón de la historia.
2. En este contexto ofrezco algunas
reflexiones acerca de la “formación integral”. Es un tema que me he apasionado
siempre y que continuamente me interpela. Siempre he sentido malestar ante el
pensamiento de una formación que se propone ayudar a las personas a “permanecer
en pie” en las dificultades actuales. Me parece que a veces – lo constato no
raramente – se quiere todavía regenerar o construir estructuras, incluso
pedagógicas, que en el fondo siguen aprisionando la mente y el corazón y
proponiendo modelos de hecho que ya no son significativos. A la necesidad de
vida no se responde con el cambio de las estructuras, sino con la vida, como
hicieron nuestros Fundadores y Fundadoras. La formación tiene la
responsabilidad de hacer florecer a cada persona – “a todo el hombre y a todo
hombre” 3 – para que sepa afrontar con confianza, aunque con las
inevitables incertidumbres y miedos, y con creciente creatividad el mundo
actual y los problemas inéditos que presenta. Una formación que muestre cómo de
la raíz del Evangelio vivido florece cada persona, como hombre, como mujer,
como miembros de su propio pueblo y de
la Iglesia.
Con un estilo narrativo entro en el tema, recorriendo
algunas etapas. Comienzo con una breve nota histórico-evolutiva. Seguidamente,
para llegar a describir la formación integral, echaré una rápida mirada al
fundamento de la pedagogía cristiana y, en la etapa sucesiva, intentaré
profundizar los criterios para plantear de forma orgánica los caminos de
formación. Seguirán, remontándome sobre todo a la experiencia, algunas
indicaciones pedagógicas y, a guisa de conclusión, ofreceré algún input ulterior para un intercambio entre
nosotros y para enriquecernos ulteriormente con la contribución de todos.
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