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7. El primer paso que hay que dar en un
período de transición – o, si se prefiere, de éxodo – es volver a las fuentes
de nuestra vida, a cuya luz y en diálogo con las realidades actuales se ha de
profundizar y “explicitar” nuestra identidad y los cometidos específicos
confiados a cada uno. Eso significa comprobar la solidez de los cimientos de
nuestra casa, renovar las propias opciones, reavivar los criterios del
seguimiento para saber mirar el articularse de la historia con los ojos
penetrantes del amor, en el realismo que esto requiere, con confianza plena y
con una inagotable creatividad, o, si se prefiere, con “la fantasía de la
caridad”. 14
¿Cuáles son nuestras raíces pedagógicas?
El planteamiento de la formación depende, como sabemos,
de la visión que tenemos de la persona humana, de sus destinos, de sus
cometidos y responsabilidades para consigo misma, la sociedad, la creación y
para con el futuro. Nuestra “pedagogía” se fundamenta en el acontecimiento que ha marcado la
historia: “El Verbo se ha hecho carne” (Jn 1,14), a cuya luz, como afirma el
Concilio, “encuentra luz plena el misterio del hombre” (cf. GS 22). El
acontecimiento hay que leerlo en
perspectiva trinitaria. En Cristo, el Padre va al encuentro del hombre: lo
atrae a sí con lazos de amor (cf. Os 11). En Cristo Jesús, en su vida y muerte
y resurrección, se revela el amor de la Trinidad y somos hechos partícipes de
él por obra del Espíritu Santo.
Escribe Juan en el prólogo de su Evangelio: “Pero a los
que la recibieron, los hizo capaces de ser hijos de Dios” (v. 12), es decir,
criaturas nuevas engendradas por Dios (v. 13, cf. 1 Jn 3,2; 5,18). La expresión
“hijos de Dios” define a la persona humana en su dignidad, hace aflorar sus
potencialidades, precisa sus cometidos y la meta: que tiende a la plenitud de la vida:
“consagrados y sin defecto a sus ojos por el amor” (cf. Ef 1,4), una
descripción “mística” de la plena madurez del hombre y de la comunidad de los
creyentes.
8. Es un dato. Así, pues, nuestra
condición de “criaturas nuevas” nacidas de la participación en el misterio
pascual de Cristo, en el bautismo (cf. Rm 6,1-11). En efecto, la finalidad de
la Encarnación del Verbo “es el don de la filiación divina a los hombres” (cf.
Ga 4,6)”. “La adopción como hijos no cancela la debilidad de la carne, sino que
viene en su ayuda la fuerza del Espíritu que anima por dentro al cristiano, su
oración y su existencia. Pues ¿no ha pedido Jesús: ‘Padre santo, que el amor
con que me has amado, esté en ellos’? La filiación, en la práctica, es “vivir
en virtud del Espíritu” (Rm 7,6), vivir y caminar “según el Espíritu” (Ga
5,25). Con frecuencia, aun en los creyentes, vence todavía la carne; pero el
principio antropológico cristiano es el Espíritu filial que, haciéndonos
capaces de decir: “Abbá”, nos habilita también a terminar sus obras”.
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Es un dato objetivo, dinámico, abierto al futuro (el
“todavía no”). Es el punto de referencia constante, con el que todo formador y
toda formadora intenta enfocarse y del que toma inspiración y saca dinamismo
para cooperar con la acción del Espíritu y saber leer los signos de su acción
en las personas, jóvenes y adultos, y en la historia actual. 16
La persona no se construye “en soledad”, sino en la
relación con el Padre en Cristo y con los demás, como miembro del Pueblo de
Dios, Cuerpo de Cristo, “piedra viva” del Templo del Espíritu Santo. 17
Ser en Cristo
es la nueva forma de existir, “a manera de la Trinidad” (identidad, alteridad,
comunión). La pedagogía cristiana, en consecuencia, está intrínsecamente
vinculada al acontecimiento salvífico que introdujo al hombre en la vida de la
Trinidad, en la que reencuentra su verdadero rostro y su misión.
Por tanto, sujeto y
centro de la formación es la persona redimida por Cristo, transformada en
miembro de su Cuerpo, corresponsable en Él del designio de salvación del Padre,
ciudadano y constructor de la nueva humanidad, la “familia humana familia de
Dios”.
La persona, creada a imagen de Dios que es Amor, lleva,
como toda la creación, la huella trinitaria; su estructura dinámico-relacional
es trinitaria. Imagen de Dios-Trinidad el hombre no puede, por consiguiente,
realizarse más que en la comunión. 18
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