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11. El primer criterio – la fidelidad al
hombre y a la propia época – saca a luz a la persona, ubicada en su contexto
histórico-cultural. Esto quiere decir: conocer a nuestros jóvenes y ayudarlos a
conocerse; cuidar su formación humana y la armonía interior. Quiere decir,
asimismo, ayudarlos a profundizar en sus propias raíces históricas y en su
propia identidad cultural – en continua evolución bajo la presión de los medios
de comunicación, como toda realidad hoy en día -, a no permanecer ajenos al
camino que la sociedad - mejor dicho, la
humanidad entera - está recorriendo.
La fidelidad al hombre es fidelidad a las leyes de la
psique así como a las del cuerpo, de la dinámica relacional, de la vida cultura
y espiritual. Son metas; pero también caminos que entran de nuevo en los
proyectos educativos de la comunidad y de los individuos. Efectivamente, se
madura recorriéndolos, con el equipaje de las propias fragilidades, la fuerza
de las convicciones, la experiencia tonificadora de que se va creciendo. El
fruto es una personalidad cada vez más armoniosa, motivada, pacificada
interiormente, capaz de discernir el bien y el mal (cf. Sb 8,1-21), de juicio
crítico y de decisión libre, estimulante, abierta a los demás y a la escucha,
tendida hacia un “más allá” con amplitud de miras.
La fidelidad a la propia época pide un doble compromiso
en el que siempre tenemos necesidad de estar iniciados. El primero: “habitar” el presente. No se puede
construir un futuro sin haber “tomado la residencia” en el presente. Lo
interpretaríamos. Condicionados por los mecanismos de defensa, no los
viviríamos; por consiguiente, se nos podría escapar el espesor de los
problemas, su incidencia en las personas y grupos, y, sobre todo, los gérmenes
y las expresiones de vida humana, familiar, social, espiritual que el presente
contiene. El segundo: aprender a aprender
y, por tanto, aprender a leer con pasión “el libro” compuesto por la
“existencia concreta de cada hombre” y los desafíos que contiene. 22
La formación necesita espacios de silencio y serenidad;
pero eso no quiere decir crear “islas” a donde no llegan las llamadas del
hombre de hoy y los gritos de los pobres. Nuestra vida, en efecto, ¡es para
ellos! Es cuestión de ritmos y modalidades.
12. Quiero traer a colación un ejemplo. Me
ha parecido interesante no tomarlo de nuestro mundo religioso, sino buscarlo en
ambiente laico. Con este objetivo he querido releer el Informe a la UNESCO de
la Comisión sobre la educación en el siglo XXI. Se le conoce como el Informe
Jacques Delors, por el nombre del responsable de la Comisión, y se publicó con
el título “En la educación un tesoro”. Me pareció ver expresada en él la
fidelidad al hombre y a nuestro tiempo, abierta a lo trascendente. La tesis es
que la nueva situación planetaria requiere una superación de la “distinción
tradicional entre educación inicial y permanente” para desarrollar “el concepto
de aprendizaje por toda la vida”, como “llave de entrada en el siglo XXI”. “Los
profundos cambios en los modelos tradicionales de la existencia nos imponen una
mejor comprensión de los demás y del mundo en general; estos cambios requieren
una comprensión mutua, relaciones pacíficas y una verdadera armonía: o sea,
precisamente las cosas que más le faltan a nuestro mundo contemporáneo”.
La educación hay que construirla – es la propuesta de la
comisión – sobre cuatro pilastras:
-
aprender a conocer: “crear en el individuo el
gusto, pero también los fundamentos, para aprender durante todo el transcurso
de su existencia” y en situaciones de continua y profunda transformación;
-
aprender a hacer: entendido como “la
adquisición de una competencia que permita al individuo afrontar una variedad
de situaciones, con frecuencia imprevisibles, y trabajar en grupo”;
-
aprender a vivir juntos: es la pilastra que la
Comisión ha puesto más en relieve: “Aprender a vivir juntos, desarrollando una
comprensión de los demás y su historia, de sus tradiciones y sus valores
espirituales, y creando sobre esta base un nuevo espíritu que, guiado por el
reconocimiento de nuestra creciente interdependencia y por un común análisis de
los riesgos y desafíos del futuro, pueda inducir a los hombres a poner por obra
proyectos comunes o a afrontar los inevitables conflictos de forma inteligente
y pacífica”;
-
aprender a ser: “En el siglo XXI todos habrán de saber actuar
con mayor autonomía y capacidad de juicio, junto con un sentido más fuerte de
responsabilidad personal, para la consecución de objetivos comunes ... Ninguno
de los talentos que se encuentran escondidos como un tesoro sepultado en cada
persona debe ser dejado inutilizado ...”. 23
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