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17. ¿De qué forma vuelven a entrar en la
formación integral? En cuanto que el carisma – o sea, “la experiencia del
Espíritu” - del Fundador expresa nuestra identidad en la Iglesia como personas.
La claridad interior de la propia vocación es manantial de equilibrio humano y
espiritual, precisamente porque “la llamada de Cristo abraza a la persona
entera, alma y cuerpo, ya se trate de un hombre o de una mujer, en su yo
personal único e irrepetible”. 27 Esto significa que la formación, como
se lee en Vita Consecrata, “debe abarcar la persona entera, de tal modo que toda
actitud y todo comportamiento manifiesten la plena y gozosa pertenencia a Dios,
tanto en los momentos importantes como en las circunstancias ordinarias de la
vida cotidiana. ... Se trata de un itinerario de progresiva asimilación de los
sentimientos de Cristo hacia el Padre”. 28
18. Hay un “proprium” de la vida religiosa
que caracteriza el itinerario de seguimiento en la profesión de los consejos
evangélicos. La llamada personal la realizamos “junto” con hermanos o hermanas
con quienes formamos la familia del Fundador o Fundadora. O sea, todo un grupo
es llamado como tal y queda constituido en “familia”, así como ocurrió con los
apóstoles (cf. Marcos 3,13). Juntos viven la “experiencia del Espíritu” del
Fundador y siguen expresándola en la Iglesia según el designio de Dios y su
providente obrar en la historia. Creo que los verbos, con que Mutuae Relationes describe la relación
entre el Fundador y los suyos, pueden ser otros tantos verbos del itinerario
formativo a nivel de iniciación y a nivel de formación permanente.
Releamos el pasaje de MR:
“El
‘carisma de los fundadores’ (ET 11) se revela como una experiencia del Espíritu, transmitida a los propios discípulos para
ser por éstos vivida, guardada, profundizada y desarrollada constantemente en
sintonía con el Cuerpo de Cristo en perenne crecimiento” (MR 11).
El primer “verbo” concierne al fundador; los otros cuatro
a nosotros, como personas individuales, como comunidad y como Instituto.
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transmitir: es el verbo que concierne al fundador en el
conocimiento del don recibido y de las responsabilidades eclesiales. Entre los
medios, sus escritos, la Regla, sus opciones mismas; sobre todo, su vida, que
para los miembros de su Familia se transforma en una “palabra viviente”, en una
“carta de Cristo”, escrita por el Espíritu (cf. 2 Cor 3,3).
-
vivir: supone “acoger” la experiencia del Espíritu por
la gracia de la “llamada”, y traducirla a vida en lo propio cotidiano personal
y comunitario. No se comprende si no se vive. “Para ver lo importante es amar”
(A. Louf).
-
guardar: en su integridad, tal como la recibió el fundador.
Tal como hizo el fundador a lo largo de su vida (la severidad y “celos” de los
fundadores en relación con el designio de Dios).
-
profundizar: vida, estudio, búsqueda, discernimiento,
adecuación a las nuevas situaciones eclesiales y sociales, ... – con la
expansión de la familia religiosa y la llamada por parte del Señor de otros
miembros provenientes de nuevos países – con la aportación de las nuevas
generaciones - ... con una vida cada vez más profunda en el Espíritu y vida
fraterna - ...
-
desarrollar: el carisma se compara a una “semilla”; contiene
una vida que tiende, desde dentro, a crecer, madurar, desarrollarse y
desarrollar sus potencialidades en la red de relaciones internas y externas.
Aquí reside una “novedad” que permite comprender el significado de “fidelidad
creativa” 29, las actitudes y el dinamismo de nuestra vida, nuestras
responsabilidades: “reproducir con valor la audacia, la creatividad y la
santidad de nuestros fundadores”. 30
Hay una palabra, ligada al verbo “desarrollar”, cargada
de dinamismo, que hay que subrayar: “en sintonía”. El desarrollo es posible si
nos movemos sintiéndonos miembros del Cuerpo de Cristo y obrando como tales. Se
comprende por qué no podemos eludir el empeño en los diálogos31, en los
que está empeñada hoy la Iglesia; no podemos, además, dejar de casar la
relación entre evangelización y culturas, promover la inculturación de la vida
religiosa y cuidar la inculturación de nuestro carisma: “enfrentarse
creativamente al reto de la inculturación y conservar al mismo tiempo su propia
identidad”. 32
19. La formación debe tener este respiro e
implicar con ideales robustos y evangélicamente verdaderos.
Son perspectivas que hay que tener siempre presentes. Nos
ayudan a comprender las instancias y las llamadas que afloran en nuestras
Familias religiosas al compartir la vida de la gente. Nos ayudan, en especial,
a no separar nunca el carisma de su manantial y nos impiden “apropiárnoslo”
para darle forma según nuestra proyectualidad tendente a asegurar.
Las cuatro fidelidades, tomadas en su conjunto, trazan un
marco suficientemente completo de formación integral, que encuentra su armonía
y unidad en la vida en Cristo. Constituyen, además, otros tantos ámbitos que un
formador y una formadora están obligados a profundizar a la luz del carisma del
fundador para evidenciar los rasgos de formación humana, social, espiritual,
apostólica, acordes con el carisma y que distinguen a una familia religiosa de
otra.
La comunidad de formación está llamada, a su vez, a
expresar esa riqueza y dinamismo, ayudada por el programa que es un instrumento
de colaboración con la acción del Espíritu y un auxilio para acompañar a cada
persona, en especial a los jóvenes de hoy – que tienen necesidad de superar el
“todo inmediatamente” y la fragmentación debilitante -, atentos y respetuosos
con sus ritmos de crecimiento.
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