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20. La acción formativa es la ayuda
ofrecida a personas en camino en la maduración de su propia identidad de
“hombres nuevos” en Cristo, como miembros de la Iglesia; es una ayuda que
apunta al desarrollo integral de la persona en todas sus facetas según su
vocación en el pueblo de Dios y en la sociedad.
La acción formativa es siempre un “acontecimiento” de
gracia, que expresa la progresiva realización del designio de salvación en cada
uno y encarna el amor del Padre hacia cada persona. Nuestro papel es de
“mediación participativa” en la acción del Padre, el cual, “en el don continuo
de Cristo y del Espíritu, es el formador por excelencia de quien se consagra a
Él” 33. Eso exige ser personas expertas en Dios y atentos conocedores
de las aportaciones de las ciencias humanas. Requiere además, sobre todo en lo
tocante a los jóvenes, un testimonio específico, es decir, saber afrontar el
hoy y mirar hacia el futuro. Para las nuevas generaciones es un criterio
inmediato de verdad del evangelio y de su capacidad de transformar las personas
y la sociedad. En efecto, los formadores son los puntos de referencia al
alcance de la mano, como asimismo lo es la familia religiosa en su credo y con
sus opciones.
Con los jóvenes, acogidos en el silencio de nosotros
mismos, debemos caminar para llevarlos a Cristo Jesús, el Maestro. Como hizo
Andrés con su hermano Simón y Felipe con Bartolomé. Ellos los condujeron donde
Jesús: “¡Ven y ve!” En el encuentro saltó una relación con el Señor que maduró
con el tiempo, lo llevó a compartir su misión, más tarde a construir las jóvenes
comunidades de creyentes, narrando su propia experiencia, encaminó a sus
conciudadanos a Jesús para que también ellos lo encontraran. La formación
comienza en y con este encuentro y se articula en el estar con él, en la
escuela de la Palabra y del servicio34. El acontecimiento del encuentro
con la persona de Jesús, la única verdadera radical motivación de la respuesta
de seguimiento, transforma el camino de cada uno en “historia de amistad con el
Señor” 35, que se engasta en la historia de salvación universal.
Maduran en la persona la responsabilidad y el compromiso de realizarse a sí
misma en todas las dimensiones de su propia vida, viviendo junto con los
hermanos y continuando con ellos la misión de Cristo.
Estamos en el orden de las realidades propias del Reino
al que nos ha trasladado el Padre, para usar el lenguaje de Pablo a los
Colosenses36. La tarea que revela a Cristo presente en la historia, y
el amor de su Padre y nuestro Padre, es hacerse hombres completos, robustos,
confiados, abiertos, valientes en nuestra fragilidad, solidarios con todos, que
saben dar la vida en lo cotidiano, dóciles a la acción del Espíritu que
transforma todo desierto en vida.
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