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21. “Ten cuidado con lo que haces y en dónde pones el cimiento”.
En estas palabras de Agustín se capta toda su experiencia. Ella nos enriquece
también a nosotros en nuestros esfuerzos por penetrar “el misterio del hombre”
con la Palabra, la investigación científica, con la experiencia recogida y
codificada en las culturas de los pueblos. Hoy no se trata de narrar nuestro
pasado o de detenerse a describir las situaciones presentes; se trata de seguir
construyendo, con los riesgos que todo ello conlleva y en el estupor ante el
articularse y la belleza de la vida. Al repensar en la experiencia de los/las
jóvenes religiosos/as de “Vidimus Dominum”, he ido a releer el largo artículo
que escribí en “Informationes Scris” para presentar la experiencia. “Los
jóvenes no serán repetidores, sino don con una originalidad propia irrepetible,
como asimismo lo es toda persona consagrada con el rostro surcado por el
sufrimiento por causa del Evangelio. Y esto es lo que, en la comunión de los
dones, enriquece, revilatiza a personas y comunidades, da rostro nuevo a la
santidad y a la misión, en el anuncio del amor del Padre en Cristo Jesús. El
carisma propio queda vivificado. Estudiado de nuevo y acogido, el carisma se
desarrolla (cf. MT 11) y manifiesta, porque progresa, nuevas potencialidades
capaces de dar respuestas eficaces a los desafíos que atraviesan la sociedad.
Toda esta vida es entregada a la humanidad, que a su vez progresa y madura.
Florecen santidad y fraternidad, colaboración y comunión, cultura y compromiso.
Lo atestigua la historia de los pueblos. El Reino de Dios se extiende también
de esta forma y cada vez más asume una dimensión cósmica, según el designio del
Padre”.
22. El misterio de la Cruz seguirá siendo
siempre el corazón de la formación. La cual se articula a lo largo del eje del
Seguimiento de Cristo y lleva los trazos del misterio pascual, que es misterio
de vida, manantial de plenitud, regeneración de la humanidad.
Nuestras familias religiosas, como todo carisma de vida
consagrada, han nacido en la “contemplación de Cristo Crucificado”. Toda
vocación “es fruto del amor divino” que envuelve a la persona, la sostiene, le
llena el corazón. 37 “La vida consagrada contribuye a mantener viva en
la Iglesia la conciencia de que la Cruz es
la sobreabundancia del amor de Dios que se derrama sobre este mundo, el
gran signo de la presencia salvífica de Cristo”. 38
En esto debemos educar a nuestros jóvenes y a nuestras
jóvenes con nuestro testimonio de fidelidad “al único Amor”.
Son sólo apuntes para reclamar la realidad en que vivimos
y nutrir nuestra esperanza. Se trata de dar un alma nueva al mundo que nace, a
la nueva época habitada por el hombre planetario. Es menester saber pensar “en
grande”, es decir, según las categorías del amor del Padre que ha mandado a su
Hijo unigénito no para condenar al mundo, sino para salvarlo: “El Evangelio, fuerza de Dios para salvar a
todo el que cree” (Rm 1,16). La fe y la Palabra no nos hacen
“restringidos”, sino que nos abren al designio del Padre y al mundo, como
“cooperadores” de Cristo salvador. Este tiempo es tiempo de grandes pruebas y
grandes dones de Dios, de grandes desafíos y grandes responsabilidades. Es el
tiempo de “construir a los constructores” de la Civilización del amor en el Tercer
Milenio.
Roma,
19 de octubre de 2002.
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