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P. Sante Bisignano, OMI
La formación que toca el corazón…

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  • Un camino que prosigue
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Un camino que prosigue

 

3.           El objetivo de esta estimulación histórica es mostrar el esfuerzo presente en estas últimas décadas para llegar a un planteamiento educativo que arranque de una visión integral de la persona humana, en su originalidad cultural y vocacional, como miembro de la Iglesia y ciudadano del mundo.

            La nota histórica toma como punto de partida los años 50, que reflejan las nuevas problemáticas y las expectativas de la postguerra segunda mundial. La instancia de una formación adecuada y mayormente completa, impelidos por los cambios en curso en la sociedad, está presente con modulaciones diversas en un clima general de reconstrucción civil, política, moral y religiosa. Son los años en que nos formamos quizá la mayoría de nosotros. La formación se concentraba principalmente en la formación espiritual, vista en el marco conceptual y experiencial de la época, en el que, por ejemplo, el vocablo vocación se refería en primer lugar a la vocación de los clérigos encaminados al sacerdocio; a la formación humana no se la explicitaba; la apostólica quedaba reenviada a después de los estudios teológicos, sobre todo. Recuerdo la alegría que sentimos cuando Pío XII prescribió el año de pastoral después de la teología para la preparación inmediata al ministerio. Efectivamente, las casas de formación eran consideradas como “invernaderos” en donde madurar para “ir” después al apostolado. La transmisión de los valores estaba estrechamente ligada a la organización de la formación que privilegiaba las estructuras, la observancia, los reglamentos, el comportamiento, y ponía menos en evidencia a la persona y al carisma mismo del Fundador. 4 El Concilio hará volver la formación humana en el decreto sobre la formación sacerdotal, con referencia también a la contribución de una “sana psicología y pedagogía” y “la unidad de vida” en Presbyterorum Ordinis. 5

 

4.           No obstante, creo encontrar signos de evolución en el concepto de formación en algunos documentos anteriores con los que se impone a los Institutos la obligación de redactar una Ratio Studiorum y, sucesivamente, una Ratio Institutionis. Pensemos en la Constitución Apostólica Sedes Sapientiae de Pío XII, con los Estatutos anexos a cargo de la Congregación de Religiosos. 6 En los Estatutos se lee: “Cada Instituto tenga y observe, además de la legislación común, su propio Ordenamiento de la formación, sobre todo de los estudios Rationem institutionis praesertim studiorum -, que se corresponda adecuadamente con las especiales necesidades y circunstancias del Instituto, y que ha de ser  sometido lo más pronto posible a la Santa Sede”. 7 La Congregación de Religiosos, con una expresa Circular dirigida a los Superiores generales, daba las normas para la redacción de la Ratio Studiorum, que debía ser sometida a la aprobación del Dicasterio. 8 Sucesivamente, la misma Congregación, con Carta Circular, difería la aprobación de todas las Ratio Studiorum al final del Concilio Vaticano II y pedía también, según norma de los Estatutos Generales, una Ratio Institutionis para asegurar una formación completa. 9

            Eran exposiciones más bien nuevas. 10

 

5.           El Decreto Perfectae Caritatis puso en evidencia la relación entre la formación y la renovación de la vida religiosa; en especial pidió una adecuada formación para todos los miembros de todos los Institutos y extendió la formación a todo el arco de la vida. Recordó, además, que “es asimismo deber de los superiores cuidar que los directores y maestros de espíritu y los profesores sean bien elegidos y cuidadosamente formados”. 11

            El tema de la formación también reaparece, evidenciando aspectos diversos, en los documentos sobre la vida religiosa publicados en el posconcilio. 12 En ellos se ve el progresivo enriquecimiento del concepto de formación. En Renovationis Causam (RC), por ejemplo, se insiste en la formación humana y apostólica. Lo que en esa época no siempre resultaba comprensible a todos era una norma: “El noviciado se debe realizar en el período de tiempo en que cada candidato, habiendo tomado conciencia de la llamada por parte de Dios, ha llegado a un grado de madurez humana y espiritual que le permita responder a esta llamada con suficiente elección libre y responsable” (RC 4). Esta norma quebraba la tradición del paso casi “automático” de los seminarios menores o de las instituciones equivalentes, tanto en el campo masculino como femenino, al noviciado, en el que se entraba por lo general a la edad canónica mínima de 16 años. La norma ponía el énfasis en la madurez expresada en la capacidad de decisión libre, fundada en motivaciones válidas humanas y de fe. Asimismo la instrucción RC pedía la introducción de las experiencias pastorales, tanto en el noviciado como en las fases sucesivas de formación. El “invernadero” se trocaba así en un campo abierto.

 

6.           Conocemos las dificultades en comprender estas normas, que se fundamentaban no sólo en el impulso hacia la renovación de la Iglesia y de la vida religiosa, sino también en el desarrollo de las ciencias humanas y de las ciencias pastorales.

            Creo que el marco mental en que se colocaban estas novedades no estaba aún completamente preparado para recibirlas adecuadamente y traducirlas en las correspondientes opciones pedagógicas. 13 ¿Se nota todavía hoy? Quizá por esto los subrayados hechos, vez por vez, en las diversas intervenciones eclesiales sucesivas no tuvieron una fuerte incidencia. Ciertamente, el problema es complejo y habría que estudiarlo para comprender los diferentes modos de reaccionar frente a lo nuevo y qué mecanismos de defensa pueden desencadenarse; pero también para evidenciar los diversos caminos abiertos con la valentía y la sencillez que provienen de la acción del Espíritu en personas y comunidades. Monseñor Marcello Zago, con quien compartí los estudios de teología, se preguntaba frecuentemente por la razón de la divergencia entre las indicaciones, aunque incompletas, ofrecidas en los documentos eclesiales, tanto en lo tocante a la formación como a la misión, y la práctica que seguía inspirándose en modelos anteriores necesitados de una radical revisión.

            Todo lo que leemos en la Instrucción Potissimum Institutioni (1990), completada con la reciente Instrucción La colaboración inter-institutos para la formación (1998), y en Vita Consecrata es fruto de este camino, que cada vez más debe convertirse en “cultura”, camino en el corazón de las personas y criterio de adecuación de las instituciones. Hoy tenemos nuestras Ratio Institutionis et Studiorum; sin embargo, no basta un texto, por rico que sea. La persona se construye “viviendo la vida” en su integridad humana, social y espiritual.

 

 




4 Como sabemos, será Pablo VI el primero en usar el término carisma refiriéndose a la vida religiosa y a los fundadores (cf. ET 11).



5 “Obsérvense exactamente las normas de la educación cristiana y complétense convenientemente con los últimos hallazgos de la sana psicología y de la pedagogía. Por medio de una educación sabiamente ordenada hay que cultivar también en los alumnos la madurez humana, la cual se comprueba, sobre todo, en cierta estabilidad de ánimo, en la facultad de tomar decisiones ponderadas y en el recto modo de juzgar sobre los acontecimientos y los hombres. Esfuércense los alumnos en moderar bien su temperamento; edúquense en la reciedumbre de alma y aprendan a apreciar, en general, las virtudes que más se estiman entre los hombres y que recomiendan al ministro de Cristo, como son la sinceridad de alma, la preocupación constante de la justicia, la fidelidad en las promesas, la urbanidad en el obrar, la modestia unida a la caridad en el hablar” (OT 11); cf. PO 14. Ver también GS 24-25; 54-56.



6 Pius PP. XII, Constitutio Apostolica Sedes Sapientiae, 31.5.1956, en AAS 48 (1956), 354-365. Sacra Congregatio de Religiosis, Constitutio Apostolica Sedes Sapientiae eique adnexa Statuta Generalia, Roma 7.7.1956. Cf. Enchiridion della Vita Consacrata, EDB-Ancora, 2001, 3006-3043; 3044-3208.



7 Estatutos art. 19, 1, EVC 3088. Ver también los art. 1-4, EVC 3049-3053.



8 S. Congregación de Religiosos, Carta circular Cum in Statutis generalibus, 12.3.1957, EVC 3271-3289.



9 S. Congregación de Religiosos. Carta circular Nonnullae religiones, 15.11.1962, EVC 36-65: La Ratio Institutionis “debe comprender no en forma descriptiva sino normativa, característica de las leyes, el método de la formación humana, religiosa, sacerdotal y apostólica propia de cada instituto, cómo es seguido a lo largo de los estudios medios-clásicos, en el noviciado y en el curso fisolófico y teológico, en el curso pastoral y en el tercer período de prueba”.



10 Hay que hacer notar que dichas normas se referían en especial a la formación de los religiosos candidatos al sacerdocio, y no directamente a los Institutos Laicales y menos aún a los Institutos Femeninos. Serán las normas emanadas a consecuencia del Concilio las que atañerán a todos los Institutos y a todas las vocaciones religiosas. Cf. G. Accorsero, La formazione alla vita religiosa negli Istituti femminili di voti semplici secondo la legislazione postconciliare, LAS, Roma 1981, parte I.



11 Cf. PC 18.



12 Ver en especial Mutuae Relationes (1978), Religiosos y Promoción humana publicado junto con Dimensión contemplativa de la vida religiosa (1980), Elementos Esenciales de la enseñanza de la Iglesia sobre la vida religiosa (1983).



13 Como ejemplo copio el  primer párrafo de Religiosos y promoción humana (RPH, 1980) titulado Exigencias formativas: “Los problemas que la vida religiosa debe afrontar para renovarse de la forma que requiere la armonizacón entre evangelización y promoción humana, se reflejan en el plano formativo. Todo ello puede pedir una revisión de programas y de métodos formativos, tanto en el primer período de iniciación, como en las fases sucesivas y en la formación permanente. Una relectura, a esta luz, de los criterios conciliares de renovación demostrará que no se trata de simples adaptaciones de ciertas formas externas. Es una educación profunda, de mentalidad y estilo de vida, que capacite para seguir siendo los mismos aun con formas nuevas de presencia. Presencia siempre “propia de consagrados”, que orienten, con el testimonio y con las obras, la transformación de las personas y de la sociedad en la dirección del Evangelio” (n. 32; en nota se citan ET y Puebla).






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