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| P. Sante Bisignano, OMI La formación que toca el corazón… IntraText CT - Texto |
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Fidelidad a la Iglesia y a su misión en el mundo
14. El tercer criterio – fidelidad a la Iglesia y a su misión en el mundo – pone en evidencia que la formación es integral si somos educados en sentirnos y en vivir como miembros de la Iglesia: Iglesia Icono de la Trinidad, comunión y misión. 25 El programa formativo traduce en objetivos y experiencias los contenidos de la II parte de la Exhortación Apostólica, donde la vida consagrada es definida como “Signo de fraternidad” en la Iglesia. VC coliga de nuevo la comunidad con su fuente (el Icono de Mc 3,13-15), explica el significado de “vida fraterna en comunidad”, señala sus medios y sus actitudes que hay que madurar, abre a las demás vocaciones con las que constituimos conjuntamente la Iglesia, pide la contribución de todos en la comunión. Aquí es donde entra de nuevo el cometido de promover la “espiritualidad de comunión” (VC 46.51), desde los primeros pasos de la iniciación a la vida religiosa, y de hacer, por consiguiente, de la comunidad formativa una auténtica “casa y escuela de comunión”, para estar en grado de realizar la comunión entre las Familias religiosas y colaborar, según nuestros carismas, a hacer de la Iglesia una “casa y escuela de comunión”.
15. La fidelidad a la misión de la Iglesia es fidelidad a la vocación de la Iglesia: la evangelización (EN 14). “Como el Padre me ha enviado, os envío yo también” (Jn 20,21). La comunidad, en el silencio contemplativo y en el sufrimiento por el Evangelio (2 Tm 1,8), para construir a los constructores no puede por menos que abrirse a la misión de la Iglesia en el mundo de hoy. 26 He experimentado que muchos obstáculos provienen de las “tradiciones particulares”: “¡siempre se ha hecho así!”. ¿Queremos formar jóvenes para un mundo que existe sólo en nuestra memoria? A nosotros nos toca caminar delante, los primeros, en los nuevos ágoras de la misión, es decir, de la vida del hombre. Esta opción forma parte de las mediaciones pedagógicas objetivas, que han de ser respetadas y desarrolladas con la creatividad de cada cual.
16. Permítaseme hacer una anotación, o mejor, abrir un paréntesis. Todo formador tiene de hecho su propio “credo educativo”, explícito o implícito, madurado con los estudios, con la experiencia personal y ajena, en el sufrimiento y en la oración, en diálogo con las propuestas educativas que emergen en el esfuerzo por cualificar la formación y colaborar a la renovación del Instituto y su misión. A ese “credo” va a beber cada uno para realizar su propio programa formativo; llega a ser, además, su punto de referencia inmediata, sobre todo en las situaciones menos fáciles. Este “credo” se halla expresado, de forma objetiva, en la Regla y los documentos del Instituto, entre los que se encuentra la “Ratio Institutionis”. El “credo” está descrito también en la vivencia de la Congregación, la cual, en sus comunidades y personas y con sus obras, es el “modelo” al alcance de la mano de nuestros jóvenes en formación, como lo es para nosotros adultos. El carisma encarnado en los trabajos y búsquedas a lo largo del día a día es, efectivamente, “la carta” escrita en nuestros corazones (cf. 2 Co 3,2-3), que transmite un mensaje de vida y lleva a jóvenes y menos jóvenes a seguir a Cristo con el vigor y la pasión del Fundador y sus hijos. Es una carta preciosa, impresa con los caracteres de las más diferentes culturas. El secularismo y el consumismo tienden a hacernos considerar inútil este razonamiento; quieren servirnos un modelo alternativo de “hombre moderno” y de educación; como tienden asimismo a crear malestar interior por el tiempo dedicado a la oración y al estudio, porque son considerados no “productivos”; además, tienden a privarnos del vigor de la fe y de la caridad que brota del Crucificado, manantial de toda vida. Lo sabemos. Lo constatamos. Pero precisamente aquí está la diferencia, no como defensa, sino como llamada a recorrer estos nuevos caminos de la pobreza del hombre para anunciar esperanza y la verdadera felicidad. Para esto debemos prepararnos continuamente con una formación permanente y rica de valores, abiertos a la siempre sorprendente acción del Espíritu que plasma en nosotros el sentir de Cristo (VC 19).
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25 “Será menester desarrollar en las religiosas y los religiosos un modo de “sentir” no sólo “con”, sino - como dice tambén S. Ignacio de Loyola - “dentro de” la Iglesia. Este sentido de la Iglesia consiste en tener conciencia de que se pertenece a un pueblo en camino. Un pueblo que toma su origen en la comunión trinitaria ... Un pueblo que se identifica con el Cuerpo de Cristo ... Un pueblo misionero que anhela que el Evangelio se anuncie a todos los hombres” (PI 24). 26 Cf. VC 67; RdC 33-34. |
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