| Índice | Palabras: Alfabética - Frecuencia - Inverso - Longitud - Estadísticas | Ayuda | Biblioteca IntraText |
| Consejo Pontificio de la Cultura Pastoral de la cultura IntraText CT - Texto |
I
FE Y CULTURA: LÍNEAS DE ORIENTACIÓN
2. Mensajera de Cristo, Redentor del hombre, la Iglesia ha adquirido en nuestro tiempo una nueva conciencia de la dimensión cultural de la persona y de las comunidades humanas. El concilio Vaticano II, en particular la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo y el Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, los Sínodos de los Obispos sobre la evangelización en el mundo moderno y sobre la catequesis en nuestro tiempo, prolongados por las exhortaciones apostólicas Evangelii Nuntiandi de Pablo VI y Catechesi Tradendae de Juan Pablo II, proponen a este respecto un rico magisterio, concretado por las sucesivas asambleas especiales del Sínodo de los Obispos por continentes y las exhortaciones apostólicas post-sinodales del Santo Padre. La inculturación de la fe ha sido objeto de una reflexión en profundidad por parte de la Pontificia Comisión Bíblica (4) y de la Comisión Teológica Internacional.(5) El Sínodo Extraordinario de 1985 con ocasión del vigésimo aniversario de la conclusión del Concilio Vaticano II, citado por Juan Pablo II en la encíclica Redemptoris missio, la presenta como « una íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el cristianismo y la radicación del cristianismo en las diversas culturas humanas » (n. 52). El papa Juan Pablo II en numerosas intervenciones en el curso de sus viajes apostólicos, así como las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano en Puebla y Santo Domingo,(6) han actualizado y desarrollado esta dimensión nueva de la pastoral de la Iglesia en nuestro tiempo, para llegar a los hombres en su cultura.
El examen atento de los diferentes campos culturales propuestos en este documento muestra la extensión de lo que representa la cultura, ese modo particular en el cual los hombres y los pueblos cultivan su relación con la naturaleza y con sus hermanos, con ellos mismos y con Dios, a fin de lograr una existencia plenamente humana (cf. Gaudium et Spes, n. 53). No hay cultura si no es del hombre, por el hombre y para el hombre. Ésta abarca toda la actividad del hombre, su inteligencia y su afectividad, su búsqueda de sentido, sus costumbres y sus recursos éticos. La cultura es de tal modo connatural al hombre, que la naturaleza de éste no alcanza su expresión plena sino mediante la cultura. La puesta en juego de una pastoral de la cultura consiste en restituirlo a su plenitud de criatura « a imagen y semejanza de Dios » (Gn 1, 26), sustrayéndolo a la tentación antropocéntrica de considerarse independiente del Creador. Así pues, y esta observación es capital para una pastoral de la cultura, « no se puede negar que el hombre existe siempre en una cultura concreta, pero tampoco se puede negar que el hombre no se agota en esta misma cultura. Por otra parte, el progreso mismo de las culturas demuestra que en el hombre existe algo que las transciende. Este « algo » es precisamente la naturaleza del hombre. Precisamente esta naturaleza es la medida de la cultura y es la condición para que el hombre no sea prisionero de ninguna de sus culturas, sino que defienda su dignidad personal viviendo de acuerdo con la verdad profunda de su ser » (Veritatis splendor n. 53).
La cultura, en su relación esencial con la verdad y el bien, no brota únicamente de la experiencia de necesidades, de centros de interés o de exigencias elementales. « La dimensión primera y fundamental de la cultura, subrayaba Juan Pablo II ante la UNESCO, es la sana moralidad: la cultura moral ».(7) « Las culturas, cuando están profundamente enraizadas en lo humano, llevan consigo el testimonio de la apertura típica del hombre a lo universal y a la trascendencia » (Fides et Ratio, n. 70). Marcadas por el dinamismo de los hombres y de la historia, en tensión hacia un cumplimiento (cf. ibid. n. 71), las culturas participan también del pecado de aquéllos y requieren por ello el necesario discernimiento por parte de los cristianos. Cuando el Verbo de Dios asume en la Encarnación la naturaleza humana en su dimensión histórica y concreta, excepto el pecado (Heb 4, 15), la purifica y la lleva a su plenitud en el Espíritu Santo. Revelándose, Dios abre su corazón a los hombres « con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí » y les hace descubrir en su lenguaje de hombres los misterios de su amor « para invitarlos a entrar en comunión con El » (Dei Verbum, n. 2).