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Consejo Pontificio de la Cultura
Pastoral de la cultura

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« Lugares ordinarios » de la experiencia de la fe, la piedad popular, la parroquia

27. En los países de cristiandad, se ha ido elaborando, poco a poco, todo un modo de comprender y vivir la fe que, con el tiempo, ha acabado por impregnar la existencia y la vida común de los hombres: fiestas locales, tradiciones familiares, celebraciones diversas, peregrinaciones, etc. Se ha constituido así una cultura de la que participan todos y en la cual la fe entra como un elemento constitutivo, incluso integrador. Este tipo de cultura se ve particularmente amenazada por el secularismo. Es importante alentar los esfuerzos auténticos de revitalización de estas tradiciones, a fin de que no se conviertan en patrimonio de folcloristas o de políticos, cuyas miras son a menudo extrañas, cuando no contrarias a la fe, y sí se impliquen en cambio agentes pastorales, comunidades cristianas y teólogos cualificados.

Para llegar al corazón de los hombres, el anuncio del Evangelio a los jóvenes y a los adultos así como la celebración de la salvación en la liturgia requieren, no sólo un profundo conocimiento y una experiencia de fe, sino también de la cultura ambiente. Cuando un pueblo ama su cultura fecundada por el cristianismo como elemento propio de su vida, vive y profesa su fe en esa cultura. Obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos y laicas han de desarrollar su sensibilidad hacia esta cultura, a fin de protegerla cuando sea necesario y de promoverla a la luz de los valores evangélicos, especialmente cuando esta cultura es minoritaria. Esta atención puede ofrecer a los más desfavorecidos, en su gran diversidad, un acceso a la fe y suscitar una mejor calidad de vida cristiana en la Iglesia. Personas de fe profunda, con una educación y una cultura bien integradas, son testigos vivos gracias a los cuales muchos pueden reencontrar las raíces cristianas de su cultura.

28. La religión es también memoria y tradición, y la piedad popular sigue siendo una de las mayores expresiones de una verdadera inculturación de la fe, pues en ella se armonizan la fe y la liturgia, el sentimiento y las artes, y se afianza la conciencia de la propia identidad en las tradiciones locales. Así, « América, que históricamente ha sido y es crisol de pueblos, ha reconocido en el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, Santa María de Guadalupe, un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada » (Ecclesia in America, n. 11). La piedad popular testimonia la ósmosis realizada entre el dinamismo innovador del mensaje evangélico y los componentes más diversos de una cultura. Es un lugar privilegiado de encuentro de los hombres con Cristo vivo. Un continuo discernimiento pastoral podrá descubrir sus valores espirituales auténticos para llevarlos a su cumplimiento en Cristo, « a fin de que esta religiosidad lleve a un compromiso sincero de conversión y a una experiencia concreta de caridad » (ibid., n. 16). La piedad popular permite a un pueblo expresar su fe, sus relaciones con Dios y su Providencia, con la Virgen y los santos, con el prójimo, con los difuntos y con la creación, y fortifica su pertenencia a la Iglesia. Purificar y catequizar las expresiones de la piedad popular puede, en algunas regiones, convertirse en un elemento decisivo para evangelizar en profundidad, mantener y desarrollar una verdadera conciencia comunitaria en el compartir la misma fe, especialmente a través de las manifestaciones religiosas del pueblo de Dios, como las grandes celebraciones festivas (cf. Lumen Gentium, n. 67). A través de estos medios humildes al alcance de todos, los fieles expresan su fe, fortifican su esperanza y manifiestan su caridad. En numerosos países, un sentido profundo de lo sagrado permea el conjunto de la existencia y la vida cotidiana. Una pastoral adaptada ha de saber promover y realzar el valor de los lugares sacros, santuarios y centros de peregrinación, vigilias litúrgicas y momentos de adoración, así como también de los sacramentales, los tiempos sagrados y las conmemoraciones. Ciertas diócesis y centros de pastoral universitaria, organizan, al menos una vez al año, una jornada de marcha hacia un santuario, inspirados en el modelo del pueblo judío, que iba cantando alegre los salmos de las subidas cuando se acercaba a Jerusalén.

Por su misma naturaleza, la piedad popular requiere una expresión artística. Los responsables de la pastoral habrán de alentar la creación en todos los campos: ritos, música, cantos, artes decorativas, etc... y velarán por su buena calidad cultural y religiosa.

La parroquia, « Iglesia que se encuentra entre las casas de los hombres » (Christifideles laici, n. 27), es uno de los mayores logros de la historia del cristianismo y para la inmensa mayoría de los fieles sigue siendo el lugar privilegiado y ordinario de la experiencia de fe. La vitalidad de la comunidad cristiana, unida por la misma fe, reunida para celebrar la Eucaristía, ofrece el testimonio de la fe vivida y de la caridad de Cristo y constituye un lugar de educación religiosa profundamente humano. Bajo formas variadas, según la edad y las capacidades de los fieles, la parroquia proporciona un ejemplo concreto, inculturado, de la fe profesada y celebrada por la comunidad creyente. Esta primera formación vivida en la parroquia es decisiva, introduce en la Tradición y coloca los fundamentos de una fe viva y de un profundo sentido de Iglesia.

En el contexto urbano, complejo y a veces violento, la parroquia cumple una función pastoral irreemplazable, como lugar de iniciación cristiana y de evangelización inculturada, donde los diversos grupos humanos hallan su unidad en la celebración festiva de una misma fe y el compromiso apostólico, cuya alma es la liturgia eucarística. Comunidad diversificada, la parroquia constituye un lugar privilegiado de pastoral concreta de la cultura, apoyada en la escucha, el diálogo y la ayuda cercana, gracias a sacerdotes y laicos, religiosa y culturalmente bien preparados (cf. Christifideles laici, n. 27).




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