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Pina Del Core, FMA
La identidad personal, cultural y vocacional...

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Recorridosnuevos’ de búsqueda

 

                  En ese sentido, la formación es un desafío entre los más calificados para los años venideros, un ‘taller de obra’ que pide la necesidad de encontrarrecorridos nuevos’ de búsqueda y de realización.

                  Uno de estos recorridosnuevos’, quizá todavíainexplorados’ por una reflexión sistemática y articulada, es precisamente la relación identidad-cultura-vocación. Precisamente porque, en la encrucijada de múltiples expectativas y perspectivas, la temática de la identidad vista en relación con la cultura y la vocación puede ofrecer un aporte a la elaboración de nuevas síntesis que, traducidas en términos operativos, podrán facilitar el proceso de inculturación del carisma y de la formación de identidades vocacionales capaces de afrontar el cambio, con el gozo de ser lo que estamos llamados/as a ser en el contexto europeo actual. A ella se coligan de nuevo algunas cuestiones de fondo que son cruciales, como aquella de la identidad carismática, de la inculturación y de la interculturalidad.

 

                  La cuestión de la identidad carismática es central. Repensar la identidad y su relación con el carisma en un contexto universal, pero también particular, significa afrontar necesariamente el tema de la fidelidad y, por consiguiente, de la respuesta que, a nivel personal, comunitario y como Instituto, deberíamos dar para retornar a las raíces carismáticas, no como parte de un pasado, aunque glorioso, sino como utopía del futuro. Es decir, se trata de alimentar una fidelidad que intenta volver a trazarse en el corazón de la historia con sus instancias y sus retos. Y todo eso conlleva la valentía de preguntarse continuamente acerca de la ‘dirección’: ¿A dónde vamos? ¿Por qué y para qué formarse y formar?” Seguir conservando o administrando el statu quo no es posible; puede convertirse en restañar, de manera que la renovación invocada y la refundaciónsoñadacorren el peligro de transformarse en pura adaptación que no logra mirar hacia adelante. La flexibilidad y la capacidad de vivir el cambio, como respuesta de fidelidad antes que al pasado al futuro, parecen que cada vez se hacen más raras. Se requieren personalidades abiertas, flexibles y suficientemente estables para afrontar las innegables crisis provenientes de la reestructuración y de los muchos éxodos requeridos para vivir la propia vocación, aquí y ahora, en la historia. De hecho, no pocos problemas, aun personales, hay que remontarlos a la incertidumbre de la transición histórica que estamos atravesando, en la que pluralismo cultural y globalización han cuestionado la identidad, haciendo cada vez más problemáticos los procesos de formación de la identidad personal y cultural, sobre todo en los jóvenes. El don de nuevas generaciones que, culturalmente diversas, entran a formar parte de nuestras familias religiosas, si por un lado constituye un reto que a todo atañeespiritualidad, formación, comunidad, misión, gobierno, economía – es también un compromiso que hay que construir por entero. Las nuevas vocaciones traen consigo una nueva sensibilidad cultural y étnica, y la identidad carismática está sometida necesariamente a procesos de discernimiento y cambio.

                  El desarrollo y la continuidad del carisma en el tiempo están vinculados con el secreto de una eficaz transmisión generacional de los valores vocacionales en las comunidades locales y a través de procesos identificativos generadores de entusiasmo y de pertenencia. Eso supone, sobre todo en el ámbito de la formación permanente, aprender a elaborar continuamente la propia identidad vocacional, mediante procesos de maduración y reapropiación en los diversos contextos culturales.

 

                  El proceso de inculturación, auténtico kairós para la Iglesia y para el Instituto, es otro aspecto nodal. La compleja y ardua tarea de la inculturación, como la llama el Papa en Vita Consecrata, se va realizando muy lentamente y no siempre con modalidades eficaces y coherentes para la fecundidad del carisma. 3 No faltan oportunidades y riesgos; de ahí la urgencia de una reflexión seria y de una comprobación constante de la aptitud de búsqueda y discernimiento. Se trata de un proceso ineludible porque de él depende la capacidad de renovación de la vida religiosa y la fidelidad creativa al carisma. Toda la formación en sus recorridos y procesos tiene como perspectiva el compromiso de asumir el dinamismo profético del carisma para traducir la intuición original de los fundadores en la realidad concreta en que vivimos y actuamos. La fidelidad al carisma ha de convertirse en capacidad de acogida de una ‘entrega’ que continuamente se enriquece mediante la vivencia personal y comunitaria y la confrontación con las instancias evangélicas y culturales. La experiencia vocacional vivida con alegría y en plenitud por las generaciones anteriores, hecha visible por una identidad de vida clara y significativa, genera así renuevos que, a su vez, seguirán elaborando nuevos recorridos identificativos, “con fidelidad a la gracia de la vocación recibida y con atención a la historia”, 4 cada vez más con el color y el rostro de cada cultura y de los contextos diversificados en que se vive.

 

                  El nudo de la interculturalidad en nuestras comunidades. El tupido retículo de sociedades multiétnicas, multiculturales y multirreligiosas, que se ha formado en el mundo actual, ahora es ya un proceso imparable que reclama el desarrollo de inéditos módulos de convivencia y de un nuevo modo de hacer educación y formación, si bien en el plano de los procesos subjetivos la lógica de la ‘monoculturatarda en desaparecer. Bastaría pensar en el retorno de fuertes tensiones de identidad, de nostalgia de la pertenencia, de la pequeña patria, de las culturas locales, que está haciendo cada vez más difícil la tolerancia mutua y la convivencia entre poblaciones de la misma área cultural, pero marcadas por diferentes tradiciones, valores y costumbres. Una de las objeciones más estimulantes en este campo es la de que el diálogo intercultural pueda dañar una a una las identidades culturales, que el pluralismo lleve al relativismo o a la pérdida de los sistemas de significado y de valores. Pluralismo y diálogo no implican la pérdida de la identidad, pero abren a la alteridad y, por consiguiente, a la riqueza de las diversidades. Eso exige recorridos de educación intercultural que propicien el reconocimiento y la reapropiación de la identidad propia para saber interactuar con otras identidades.

                  La dimensión planetaria en que estamos inmersos/as abre a una ‘mundialidad’ cada vez más ampliada cuya expresión más elocuente son la internacionalización y la interculturalidad. Y eso no es ya sóloutopía’, sino que constituye una llamada y una tarea para las sociedades civiles, y también para la vida consagrada. La comunidad religiosa, pues, puede hacerse profecía, si es capaz de vivir y testimoniar la utopía de una cultura e identidad planetarias, la posibilidad del encuentro y del diálogo entre naciones y culturas diversas en una pacífica convivencia de pueblos y religiones. Toda comunidad que acepta el desafío de la interculturalidad se transforma así en paradigma de comunión, en el que es posible conjugar juntos especificidad y universalidad, mundialidad y localismo, identidad y alteridad, igualdad y diferencia, unidad y diversidad.

 

                  Ante cuestiones tales de un espesor histórico-cultural multiforme y dinámico, punto nodal es la formación. En efecto, el compromiso por la formación es una estrategia prioritaria, clave de solución para los nuevos retos lanzados a la vida consagrada. El interrogante que nos acompaña e inquieta en este tiempo es: ‘¿qué futuro para la formación?’ La experiencia de estos años nos estimula a preguntarnos seriamente si los modelos formativos todavía existentes están en grado de responder a tales interpelaciones o si, por el contrario, es necesario un repensamiento de la situación y un salto de cualidad.

                  ¿Cómo se vive la situación de internacionalidad e interculturalidad de nuestras comunidades, y cómo es administrada para que sea realmenteformativa’, es decir, para que ayude a maduraridentidadescapaces de asumir la cultura propia e integrarse con otras culturas distintas, sin perder las propias raíces, enriqueciéndose con el aporte valorativo proveniente del encuentro con la diversidad?

                  Las vocaciones provenientes de los diferentes contextos culturales, naciones o etnias ¿cómo asumen su propia identidad cultural a lo largo del camino de formación de la identidad vocacional? ¿Cuáles son las dificultades o los problemas más frecuentes en nuestras comunidades, de ahora en adelante cada vez más multiculturales y multiétnicas? ¿Y cuáles podrían ser los recorridos formativos que hacen posible todo eso?

 




3 JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica post-sinodal Vita Consecrata, Ciudad del Vaticano, Libreria Editrice Vaticana, 1996, 79b [=VC].



4 Cf. ISTITUTO FIGLIE DI MARIA AUSILIATRICE, Nei solchi dellAlleanza, Leumann (Torino), Elle Di Ci 2000, 149.






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