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| Pina Del Core, FMA La identidad personal, cultural y vocacional... IntraText CT - Texto |
2.3. La dinámica de la identidad personal en el proceso de crecimiento vocacional
Toda vocación, en cuanto proceso dinámico de crecimiento, se realiza en el contexto de la vida y de la maduración de cada persona. Los estadios del crecimiento humano (las estaciones de la vida) coinciden con el crecimiento vocacional, a menudo connotan su tono o bien retrasan su ritmo evolutivo. Por eso se supone que se han alcanzado las metas evolutivas esenciales para hacerse ‘adultos’ y se han realizado las tareas de desarrollo propias de cada edad de la vida.
La formación, pues, consiste en este proceso de crecimiento y maduración que se realiza mientras la persona responde a la llamada de Dios: un proceso de unificación personal y de construcción de una ’identidad’ (cf. PI 6; VC 65) que se realiza a través de algunos pasajes fundamentales:
a) Redefinir la propia identidad personal y cultural
En el camino de construcción de la propia identidad vocacional carismática es necesario, ante todo, un proceso de consolidación de la propia identidad personal y cultural. El/la joven que entra en el Instituto lleva consigo un equipaje de experiencias y de motivaciones que se refieren substancialmente a una identidad personal y cultural ya delineada. En el impacto con nuevas identidades se trata, pues, de redefinir la propia identidad; se supone que la persona tiene ya una cierta definición de sí misma, es decir, que ha respondido a la pregunta fundamental ‘¿Quién soy yo?’ y ha alcanzado una cierta estabilidad (no se pone cada vez en tela de juicio y no cambia identidad en cada ambiente, relación o situación en que se llega a encontrar).
b) Comprobar y consolidar la identidad vocacional
La identidad personal llega a su madurez cuando la persona se hace capaz de relaciones maduras y llega a tomar una opción de vida estable y una opción de valores significativos; de forma que el descubrimiento de la propia vocación y la progresiva certeza de la llamada completan la formación de la identidad. Responder a las preguntas: ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿En qué dirección debo orientar mi existencia? ¿Por quién y por qué empeñar mis energías? lleva a la persona a descubrir su propia vocación (¿Qué quiere Dios de mí?) y, por consiguiente, a adquirir una ‘nueva identidad’: la identidad vocacional.
En el tiempo de la formación inicial, la identidad vocacional se consolida progresivamente hasta que la persona llega a la certeza interior de ser llamada por Dios, a la consciencia de que ésta es verdaderamente la opción que da sentido a su vida.
c) Asumir gradualmente en la propia personalidad los rasgos de la identidad carismática
La llamada de Dios alcanza a la persona en su concreción histórica, en sus disposiciones y aptitudes humanas. Si es verdad que la persona se unifica interiormente llegando a ser cada vez más ella misma (identidad personal) según lo que está llamada a ser (identidad vocacional), es igualmente verdad que todo esto no se realiza en abstracto, sino dentro de un recorrido de conocimiento y de asimilación de una vocación específica y ‘dentro de’ un peculiar carisma (identidad carismática).
Entonces, la identidad carismática llega a ser una meta evolutiva de crecimiento que, no obstante, necesita un recorrido estudiado, etapas y metas intermedias articuladas en una lógica de progresión. En primer lugar es importante preguntarse qué es la identidad carismática para, a continuación, individuar sus recorridos de formación. Se la puede describir como una identidad que se construye sobre la base de los valores y de los ideales expresados por el carisma del Instituto. No existe como realidad independiente, es decir, separada de la persona que la vive. El carisma, como don del Espíritu, tiene una consistencia objetiva propia, pero se hace visible y concreto cuando se encarna en las personas, en las estructuras, en las obras y en proyectos concretos. La identidad carismática es tal, solamente si se refiere al carisma y se estructura en torno a los valores vocacionales del carisma. Por eso, cada uno/a debe integrar en su identidad personal los valores, las opciones y las indicaciones carismáticas implícitas en la vocación a la que se siente llamado/a. Este camino no es fácil, ni automático: conlleva el esfuerzo de una asunción gradual realizada a nivel personal en la experiencia diaria, exige una reestructuración de actitudes y de comportamientos que no siempre está exenta de conflictos y de dolor.
d) Progresivas reestructuraciones de la identidad en el transcurso de la vida
Crecer en la identidad debe ser una preocupación constante, que pide una formación continua y permanente. Frecuentemente se observan paradas de la identidad, tanto en la segunda como en la tercera edad, precisamente cuando uno se encuentra en el momento de tener que asumir una nueva perspectiva de la existencia, especialmente en relación con los varios cambios (culturales y otros). Esto implica el abandono, si no ya una ruptura, de las precedentes ‘identidades’ para integrar las nuevas estructuras y relaciones provenientes de la cambiada situación. Esto provoca una verdadera y auténtica crisis, porque la persona debe pasar por la dolorosa experiencia de reestructuración, con todo el malestar y la ansiedad que conlleva. De otra forma, si no se logra jugarse la propia realidad personal ‘nueva’ consigo mismo, con los jóvenes y después con todos los demás, se corre el peligro de entumecerse y de empobrecerse en el plano personal, hasta llegar a formas de inadaptación, de depresión y/o enajenación.
Confrontarse con “el archipiélago de nuestras numerosas identidades distribuidas en el transcurso del tiempo” 20 se convierte en un recorrido obligatorio, en cuanto que pide procesos de consciencia de sí y de reconciliación, que después desembocan en la unificación de sí.
Si no nos medimos con las diversas ‘identidades’ requeridas por las diversas edades de la vida, el camino de crecimiento en la identidad se obstruye, pero también la vocación se queda abarquillada y frenada, en cierto modo. Signos evidentes de ello son: el infantilismo, la hiperactividad y la consiguiente depresión por estrés, el protagonismo individualista, etc., de los que brotan una serie de dificultades en el plano personal y, sobre todo, comunitario. En esta perspectiva muchas crisis vocacionales en la segunda o tercera edad hay que interpretarlas como paradas de crecimiento de la identidad.