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Pina Del Core, FMA
La identidad personal, cultural y vocacional...

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1.3. ¿Qué procesos de reelaboración?

 

                  Un primer proceso, reconocido universalmente como fundamental, es la identificación, es decir, el sentimiento de afirmación, de pertenencia y de valoración del grupo étnico-territorial al que pertenecen los sujetos. Los indicadores de este componente son: el orgullo en relación con ese grupo, la importancia dada a tal pertenencia y su coparticipación (cercanía) de sus tradiciones culturales.

                  Otro proceso es la exploración, o sea, la actividad de búsqueda y valoración de las posibles alternativas identificativas, mediante una ‘inmersión’ en la propia cultura o mediante actividades de variado tipo que llevan a la comprensión y al aprecio de la propia etnicidad. Eso incluye tanto una exploración-conocimiento de las características del propio grupo de pertenencia como una exploración-conocimiento de las características de grupos étnicos de no pertenencia.

                  Hay además otro proceso, denominado el compromiso,  que toma en consideración la importancia que la pertenencia étnico-territorial reviste para la elaboración de la imagen de sí.

                  Junto a estos procesos no se puede descuidar la confrontación social y cultural con los demás grupos. Un componente esencial, que funciona como indicador de análisis, viene dado por las actitudes de favor o disfavor ante las relaciones con personas pertenecientes a otros grupos étnico-territoriales.

 

                  Otra serie de procesos se refiere, en cambio, a las modalidades de integración que la persona pone en práctica en el momento en que se inserta en el contexto de otras culturas o se inmerge cada vez más en la cultura de su propia época:

-              La asimilación, mediante el cual se tiende a privilegiar la cultura hospedante y no la de origen, y eso puede facilitar la aculturación y la integración (frecuente es el bi-culturalismo). Pero, según este cometido, el individuo tendería a adecuarse a las expectativas del ambiente cultural en que debe insertarse. La expectativa, a veces exagerada y ‘prejudicial’, que más condiciona es la de que todos los ‘extranjeros’, o en todo caso los que provienen de una cultura diversa, olviden su pertenencia propia y su cultura propia, aprendan a hablar la lengua del lugar y se hagan como los demás. El peligro es perder todo color y especificidad con tal de ‘sobrevivir’ en el impacto con los demás.

-              La integración: si a la sociedad se la imagina como algo culturalmente homogéneo, como el resultado de la adaptación de los individuos ‘diversos’ y del cambio de su modo de vivir y de pensar tanto cuanto basta para sentirse a gusto con el estilo de vida del ambiente cultural en que se insertan, nace la llamada a no pretender el abandono total de su propia cultura o de su propia identidad étnica, sino a tolerar las diferencias entre las culturas.

-              La separación es otro proceso dinámico, que se sitúa en el punto opuesto a los dos primeros, en el sentido de que, por el contrario, se privilegia la pertenencia a la cultura de origen y, por consiguiente, el recién llegado se pone en posición de ‘marginalidad’. El peligro más frecuente para este tipo de proceso lo causa el hecho de que la persona o el grupo se cierran en una especie de aislamiento que no sólo empobrece en el plano cultural, afectivo y relacional, sino que puede llevar también a conflictos (nosotros contra los demás) destructivos seguramente.

 

Sin embargo es preciso preguntarse: ¿Qué integración? ¿Qué interacción? Para evitar el riesgo de confundir la integración con pseudoformas de asimilación y terminar después con negarla mediante la separación, es indispensable individuar modalidades de integración que salvaguarden el respeto de la diversidad y, al mismo tiempo, garanticen el diálogo y la comunión. Los estudios y las investigaciones realizadas hasta el momento han evidenciado, además del carácter interactivo y dinámico de la identidad, también el papel del otro en la representación de la identidad cultural. Hay una especificidad colectiva constituida por rasgos distintivos y significativos, pero que, aun conservando la propia originalidad, inevitablemente en la interacción se modifican y se transforman. Es decir, en el contacto con otras culturas se produce una reorganización de los rasgos distintivos identificadores que no es tan consabida. En efecto, no siempre se llega a hacerse cargo de las diversidades: de hecho se podría rechazarlas o aceptarlas acríticamente homologándose.

                  Por lo tanto, para que no salten mecanismos de identificación proyectiva o de valoración selectiva, es necesario estar atentos a crear condiciones de tiempo y espacio para que las personas aprendan un conjunto de reglas, códigos y símbolos en virtud de los cuales se puedan orientar en el ‘nuevo espacio’ y en el ‘nuevo tiempo’, y se puedan construir contenedores suficientemente protectores y defensivos de la identidad propia. A veces hay necesidad de descubrir y, al mismo tiempo, de no dejarse conocer enteramente (sea en los jóvenes, sea en los adultos). Me refiero al impacto que las nuevas generaciones pueden tener con el Instituto en el momento del ingreso o en las primeras fases de la formación inicial y de la inserción en una nueva ‘cultura’, es decir, en un nuevo modo de pensar, de relacionarse y de obrar, en un nuevo estilo de vida.

                  En la experiencia gradual de elaboración y reapropiación de la identidad, son tres los referentes mayormente implicados y que, en todo caso, hay que salvaguardar: el espacio geográfico, el espacio corpóreo y el lingüístico, como por lo demás sucede con el niño en quien las modificaciones en el espacio se mueven precisamente en estos tres ámbitos:

-              el espacio geográfico donde se inscribe el espacio ambiental, sobre todo el familiar, con sus simbolizaciones e imaginaciones;

-              el espacio del cuerpo que corresponde a la experiencia del sí corpóreo. Toda cultura posee su propia modalidad de concebir el espacio corpóreo, las fronteras de la intimidad, las condiciones de la conversación, las maneras de recibir, de comer, de cuidar la higiene del propio cuerpo: ésta es una dimensión muy profunda, difícil de modificar y elaborar;

-              el espacio lingüístico que, además de la lengua, comprende también los sistemas de comunicación no verbales, los mundos vitales y de significado.

 

Cada itinerario formativo deberá tomar en consideración la necesidad de salvaguardar estos tres espacios para favorecer un correcto proceso de individuación y de reelaboración de la identidad personal y cultural de cada persona. Los diversos cambios en la identidad personal que se realizan en concomitancia con la asunción de la identidad vocacional carismática tienen como presupuesto básico las modificaciones típicas de estos tres espacios. Si no son respetados, pueden brotar alteraciones de la identidad no siempre fácilmente reconocibles como tales. Pensemos, por ejemplo, en sentimientos de frustración, de inadecuación o de inferioridad provenientes de la no comprensión de las exigencias lingüísticas o geográficas, ligadas a menudo a prejuicios y estereotipos raciales o nacionalistas. Así, la falta de atención al espacio corpóreo puede hallarse en el origen de problemas que tocan preferentemente la esfera emocional, afectiva y sexual, además de las alteraciones de la esfera alimentaria, como la anorexia o la bulimia.

 

 




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