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EL JUBILEO DEL AÑO 2000
UNA ETAPA EN LA LUCHA CONTRA EL HAMBRE
Los jubileos: dar a Dios lo que es de Dios
54. En la Carta apostólica Tertio millennio adveniente, de preparación a la celebración de los dos mil años del nacimiento de Cristo, el Papa Juan Pablo II recuerda la antiquísima tradición de los jubileos en el Antiguo Testamento, arraigada en el concepto del año sabático: el año sabático era un tiempo dedicado de modo particular a Dios que se celebraba cada siete años, según la ley de Moisés, y durante el cual se dejaba reposar la tierra, se liberaban los esclavos y se remitían las deudas. El año jubilar, que se celebraba cada cincuenta años, ampliaba aún más las prescripciones anteriores: el esclavo israelita no sólo era liberado, sino que recuperaba la posesión de la tierra de sus antepasados. « Declararéis santo el año cincuenta, y proclamaréis en la tierra liberación para todos sus habitantes. Será para vosotros un jubileo; cada uno recobrará su propiedad, y cada cual regresará a su familia » (Lv 25, 10).
El fundamento teológico de esta redistribución era el siguiente: los israelitas no podían « privarse definitivamente de la tierra, puesto que pertenecía a Dios, ni podían permanecer para siempre en una situación de esclavitud, dado que Dios los había "rescatado" para sí como propiedad exclusiva, liberándolos de la esclavitud en Egipto »(78).
Encontramos allí la exigencia de respetar la destinación universal de los bienes, la aplicación de la hipoteca social relacionada con el derecho a la propiedad privada que se expresaba así puntualmente como ley pública. Así corregía las trasgresiones, el afán desmesurado de lucro, ganancias dudosas y muchas otras modalidades de ejercicio de la propiedad, de la posesión de los bienes.
Ese marco jurídico del año jubilar, era como el esbozo de la enseñanza social de la Iglesia que luego fue estructurada a la luz del Nuevo Testamento. En verdad, fueron pocas las realizaciones concretas que siguieron el ideal social del año jubilar. Se hubiera necesitado un gobierno justo y capaz de imponer los preceptos anteriores, cuyo objeto era restablecer una cierta justicia social. El magisterio social de la Iglesia, que se ha desarrollado sobre todo a partir del siglo XIX, ha transformado en cierto modo esos preceptos en un cuerpo doctrinal que es la doctrina social de la Iglesia. Hoy es el Estado en su papel de regulador quien debe garantizar a cada uno la necesaria y justa participación en los bienes de la creación. La Iglesia tiene el deber de enseñar esta doctrina.