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Pontificio Consejo «Cor Unum»
Hambre en el mundo

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Dignidad del hombre y fecundidad de su trabajo

56. Dios quiere, sin embargo y a pesar de todo, devolver al hombre la creación y, gracias a Cristo Redentor, ayudarle a cultivar y cuidar el huerto (cf. Gn 2, 15-17), evitando que se torne un erial y que alguien quede excluído. En esta situación, todo esfuerzo por honrar la dignidad de la persona humana y restaurar la armonía entre el hombre y toda la creación, radica en el misterio de la Redención realizado por Jesucristo, representado simbólicamente por el árbol de la vida en el jardín del Edén (cf. Gn 2, 9). El hombre, cuando entra libremente en comunión con este misterio, transforma ese vagar, al cual se hallaba sometido, en ocasión y camino de fe, en el que aprende nuevamente a mantener una relación amorosa con Dios, con sus semejantes y con toda la creación.

Esa justificación nace y se alimenta de la fe y de la confianza en Dios y se manifiesta a menudo en el hombre « pobre de corazón ». El hombre entra de nuevo a participar plenamente en la culminación de la creación, arruinada por el pecado original: « ... pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios... para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios » (Rm 8, 19.21).

Así el sentido de la economía humana se revela plenamente: posibilidad para el hombre, y para todos los hombres, de cultivar la tierra, de vivir de « la tierra donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo » (80). La dinámica de esta economía que se va forjando depende de nuestra adhesión a ese plan divino y de su « encarnación » en nuestras vidas. La aceptación incondicional y progresiva nos lleva a incorporarnos a la Iglesia, pueblo peregrino, y nos hace avanzar hacia el Reino de Dios. Es tarea de cada uno de nosotros, los bautizados en Cristo, revelar esa fecundidad de la cual la Iglesia es depositaria y cuya misión es restaurar toda la creación en Cristo. Frente a la lógica de las « estructuras de pecado » que debilitan la economía humana, estamos llamados a dejarnos cuestionar íntimamente por Dios y a adoptar así una actitud crítica respecto a los modelos reinantes.

Desde esta perspectiva, la Iglesia invita a todos sus miembros a desarrollar su saber, su competencia y su experiencia, cada cual según los dones que ha recibido y según su propia vocación. Esos dones y vocaciones peculiares de cada persona están admirablemente representados en las tres parábolas (del criado fiel, de las diez virgenes y de los talentos) que anteceden justamente la parábola del Juicio final (cf. Mt 24, 45-51; 25, 1-46). La complementariedad y la diversidad de las vocaciones y de los carismas orientan la respuesta de amor por parte del hombre, llamado a ser « providencia » de sus propios hermanos, « una providencia sabia e inteligente que guía el desarrollo humano y el desarrollo del mundo por el sendero de la armonía con la voluntad del Creador, para el bienestar de la familia humana y el cumplimiento de la vocación transcendente de cada persona » (81).




80) Conc. Ecum. Vat. II, Constitución Pastoral Gaudium et spes (1965), n. 39.



81) Juan Pablo II, Meditación durante la vigilia de oración en el Cherry Creek State Park, en Denver, en el marco de la celebración de la VIII Jornada Mundial de la Juventud (14.8.1993), AAS 86 (1994) 5, 416.






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