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Pontificio Consejo «Cor Unum»
Hambre en el mundo

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La pobreza de Dios

61. Según los autores de los Salmos —esos famosos cantos del Antiguo Testamento— « los pobres » se identifican con los « justos », los que « buscan a Dios », « le temen » y « esperan en Él »; los que « son benditos », « son sus servidores » y « conocen su nombre ».

Como si estuviera reflejada en un espejo cóncavo, la luz de los « ANAWIM », los pobres de la primera Alianza, converge hacia la mujer que sirve de punto de enlace entre los dos Testamentos: María, en quien brilla toda la entrega a Yahvé y toda la experiencia que guía al pueblo de Israel, y de quien toma carne el Verbo de Dios. El « Magníficat » es la alabanza que da testimonio de ello, el himno de los pobres cuya única riqueza es Dios (cf. Lc 1, 46ss.).

El canto se abre con una explosión de alegría y la expresión de una rebosante gratitud: « Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador ». Ni las riquezas ni el poder hacen exultar a María: ella se siente « pequeña, insignificante y humilde ». Esta idea fundamental inspira toda su alabanza y es completamente contraria a los que se guían por la sed de orgullo, de poder y de riqueza, a quienes se dirige la sentencia: serán « dispersados », « derribados de sus tronos », « despedidos sin nada ».Jesús mismo aplica esa enseñanza de su Madre en el discurso evangélico de las Bienaventuranzas que comienzan con la expresión « dichosos los pobres ».

El anuncia la Buena Noticia a los pobres (cf. Lc 4, 18). La « seducción del dinero », en cambio, aleja del seguimiento de Cristo (cf. Mc 4, 19). Nadie puede servir a dos señores: Dios y Mamón (cf. Mt 6, 24). La preocupación por el mañana es índice de una mentalidad pagana (cf. Mt 6, 32). Para el Señor no se trata sólo de bellas palabras: da testimonio de ellas con su propia vida. « El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza » (Mt 8, 20).




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