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La Iglesia está con los pobres
62. No hay que falsear ni disimular el precepto bíblico que va en dirección opuesta al espíritu del mundo y a nuestra sensibilidad natural. Nuestra naturaleza y nuestra cultura se rebelan ante la pobreza.
La pobreza evangélica es a veces objeto de comentarios cínicos, ya sea de los indigentes como de los más ricos. Se acusa a los cristianos de querer perpetuar la pobreza. Un tal desprecio de la pobreza sería propiamente diabólico. La característica de Satán (cf. Mt 4) es oponerse a la voluntad de Dios haciendo referencia a su Palabra.
Un discurso del Papa Juan Pablo II nos ayuda a hacer la distinción y nos evita caer en la trampa que permitiría justificar nuestro egoísmo. Con ocasión de su visita a la favela del Lixão de São Pedro, en el Brasil, el 19 de octubre de 1991, el Santo Padre reflexiona sobre la primera bienaventuranza del Evangelio de San Mateo y explica la relación entre la pobreza y la confianza en Dios, entre la salvación y el abandono total al Creador; y precisa: « Existe, sin embargo, una pobreza muy distinta de aquella que Cristo ensalzaba, y que afecta a un gran número de hermanos y hermanas, paralizando el desarrollo integral de la persona. Ante esa pobreza, que priva de los bienes de primera necesidad, la Iglesia levanta su voz... Por eso la Iglesia sabe que toda transformación social debe pasar necesariamente por una conversión de los corazones y ora por ello. Esta es la primera y principal misión de la Iglesia » (90).
Como ya lo hemos dicho, la voz de Dios a través de su Iglesia es un llamamiento a la coparticipación, a la caridad activa y práctica, dirigido no sólo a los cristianos, sino a todos. Como siempre, y más que nunca, la Iglesia está hoy, apoyando y animando a todos los que desarrollan la acción humanitaria al servicio de sus hermanos en necesidad, para que puedan gozar de sus derechos fundamentales.
La contribución de la Iglesia al desarrollo integral de las personas y de los pueblos no se limita sólo a la lucha contra la miseria y el subdesarrollo. Existe además otra pobreza provocada por la convicción de que es suficiente seguir el camino del progreso técnico y económico para contribuir a que todo hombre sea más digno de llamarse tal; un desarrollo sin alma no puede ser suficiente para el hombre, y la excesiva opulencia le es tan nociva como la excesiva pobreza. Ese es el « modelo de desarrollo » por el hemisferio norte y que implantado difunde en el hemisferio sur, donde el sentido religioso y los valores humanos corren el peligro de ser barridos por la invasión del consumismo.