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Los programas de reajuste estructural
12. En muchos países, la violencia de los fenómenos monetarios ha exigido medidas muy enérgicas para calmar las crisis y restablecer los grandes equilibrios. Por su misma naturaleza, esas medidas llevan a fuertes disminuciones del poder adquisitivo medio de la nación.
Las dificultades y los sufrimientos provocados por las crisis económicas son considerables, incluso si su solución permite la reconstrucción de un bienestar.
La crisis pone de relieve las debilidades del país, constitutivas o adquiridas, las que se originan en los errores de desarrollo cometidos por los sucesivos gobiernos, por sus asociados e incluso por la comunidad internacional. Esas debilidades se manifiestan de múltiples formas que a menudo no aparecen sino a posteriori; nacen, a veces, del proceso de independencia, pues lo que constituía la fuerza del poder colonial, pudo ser causa de la fragilidad del país independiente, sin que se dieran fenómenos de compensación. Es preciso notar el peso que tienen los grandes proyectos; son momentos fundamentales en los que se siente con apremio la necesidad de solidaridad. En realidad, el primer efecto de esas políticas de recuperación es la reducción del desembolso global y por consiguiente de los ingresos. A las personas de escasos recursos económicos se les presenta una sola alternativa: creer en los dirigentes que se van sucediendo, o tratar de deshacerse de ellos.
Con frecuencia son víctimas de grupos ambiciosos que anhelan el poder por ideología o por codicia, prescindiendo de todo proceso democrático, recurriendo de ser necesario a fuerzas externas.
Una reforma económica exige, por parte de los dirigentes, una gran aptitud para la decisión política. He aquí un criterio para la calidad de su acción: no sólo el éxito técnico del plan de estabilización, sino la aptitud para conservar el apoyo de la mayoría de la población, incluso de los más desfavorecidos. Para ello, deberán ser capaces de convencer a los demás estratos de la sociedad a que asuman una parte real de la carga. Se trata, en este caso, del pequeño grupo de personas de altos ingresos con un nivel internacional, pero también de los funcionarios y empleados del Estado que hasta el momento gozaban de situaciones más bien envidiables en el país y que podrían hallarse de la noche a la mañana con recursos fuertemente reducidos. Es cuando entra en juego la solidaridad tradicional, pues los pobres están siempre dispuestos a apoyar al miembro de la familia que vuelve a caer en la situación precaria de la que se pensaba que había salido.
La preocupación por proteger a los más pobres en estos reajustes se ha despertado sólo lentamente en los dirigentes nacionales e internacionales. Han sido necesarios varios años para que el concepto de operaciones concomitantes en favor de las poblaciones más expuestas adquiera una cierta importancia. Además, tanto en estos casos como en las situaciones de urgencia, se corre el peligro de poner en movimiento los frenos demasiado tarde y demasiado bruscamente, con sacudidas que podrían aumentar considerablemente los sufrimientos de quienes se hallan en el extremo de la cadena.
En África y en América Latina (20) se han emprendido amplios proyectos:
– programas de reajuste estructural con serias medidas macroeconómicas;
– la apertura de nuevos créditos importantes;
– una profunda reforma de estructuras para contrarrestar la falta de eficacia local, parcialmente vinculada a los monopolios del Estado, que gasta una buena parte de los ingresos nacionales sin prestar, en cambio —en beneficio de todos— un servicio de calidad aceptable. En muchos de estos países, todos los servicios públicos han salido perjudicados y, como la cizaña se mezcla al buen trigo, incluso sectores dinámicos se han visto afectados (21).
Algunos gobiernos, a menudo poco reconocidos en la escena internacional, han sido admirables; han tenido el valor político de tomar medidas ineludibles, pero al mismo tiempo, han hecho caso de pareceres y presiones exteriores, esforzándose por aumentar el nivel de cooperación y solidaridad en su país y por evitar incidentes. Es preciso constatar lo siguiente: la influencia del comportamiento del responsable en la cumbre no depende sólo de su tino y de su don de mando, sino también de su capacidad de limitar la injusticia social que está siempre presente en estas situaciones.
Los países desarrollados deben plantearse seriamente la siguiente pregunta: su actitud, e incluso su preferencia por los países en desarrollo con altos costos sociales, ¿se fundan en el correcto desempeño de las funciones de los responsables de un país, a nivel social, técnico y político, o su apoyo se basa en otros criterios?