Índice | Palabras: Alfabética - Frecuencia - Inverso - Longitud - Estadísticas | Ayuda | Biblioteca IntraText
Pontificio Consejo «Cor Unum»
Hambre en el mundo

IntraText CT - Texto

Anterior - Siguiente

Pulse aquí para desactivar los vínculos a las concordancias

La gravosa desviación del bien común: las « estructuras de pecado »

25. El desconocimiento del bien común corre parejo con la persecución exclusiva, y a veces exacerbada, de bienes particulares como el dinero, el poder y la fama, considerados como absolutos y buscados por sí mismos, es decir, como ídolos. Así es como nacen las « estructuras de pecado » (37): conjunto de lugares y circunstancias caracterizados por costumbres perversas que hacen que todo recién llegado, para no adquirirlas, se vea obligado a dar prueba de heroísmo.

Las « estructuras de pecado » son numerosas y están más o menos extendidas, incluso en el ámbito mundial; por ejemplo, los mecanismos y los comportamientos que producen el hambre. Otras ocupan campos mucho más reducidos, pero provocan desigualdades que hacen más difícil la práctica del bien a las personas interesadas. Esas « estructuras » implican siempre enormes costos desde un punto de vista humano, ya que son ocasiones de destrucción del bien común.

Es menos corriente que se reconozca cuán degradantes son, y costosas, en el ámbito económico. Existen ejemplos impresionantes (38). Los frenos para el desarrollo no son solamente la ignorancia y la incompetencia; lo son también, y en gran medida, las numerosas « estructuras de pecado »; éstas realizan como una desviación contagiosa —hacia fines particulares y esterilizantes— de la finalidad propia de los bienes de la tierra, que, en verdad, están destinados a todos.

Desde luego, el hombre no puede someter la tierra y dominarla eficazmente, si adora los falsos dioses representados por el dinero, el poder y la fama, y los considera como bienes en sí y no como medios para servir a cada hombre y a todos los hombres. La codicia, el orgullo y la vanidad ciegan al que cae en ellos, que termina por no ver cuán limitadas son sus percepciones y autodestructoras sus acciones.

El destino universal de los bienes supone que el dinero, el poder y la fama se busquen como instrumentos:

a) para construir medios de producción de bienes y servicios que tengan una verdadera utilidad social y puedan promover el bien común;

b) para compartirlos con los menos favorecidos, que encarnan ante los ojos de todos los hombres de buena voluntad la necesidad de bien común; los pobres son, en efecto, el testigo vivo de la carencia de ese bien; más aún, para los cristianos, son los hijos predilectos de Dios que, a través de ellos y en ellos llega a visitarnos.

Dar un carácter absoluto a esas riquezas es hacerles perder toda su vinculación al bien común. Si el funcionamiento del sistema económico mundial es globalmente mediocre, en comparación con los resultados de vanguardia que logran ciertos países a plazo bastante largo, y con grande costo desde un punto de vista humano, se debe a que está profundamente afectado por el peso de las malas costumbres, verdadero yugo moral que oprime a los pueblos.

Por el contrario, cuando grupos de personas logran trabajar juntos y prestar servicio a toda la colectividad y a cada persona, se producen resultados notables; personas hasta el momento aparentemente poco útiles, comienzan a brillar por la calidad de sus servicios y un efecto positivo modifica progresivamente las condiciones materiales, psicológicas y morales de la vida. Se trata, en realidad, del « anverso » de las « estructuras de pecado »: se podría denominar « estructuras del bien común » que preparan la « civilización del amor » (39). La experiencia realizada en esas situaciones nos da una pequeña idea de lo que podría ser un mundo donde los hombres —en todas sus actividades y en el ejercicio de todas sus responsabilidades— se preocuparan con mayor frecuencia por sus intereses comunes y por la suerte de cada uno.




37) Cf. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et poenitentia (1984), n. 16, AAS 77 (1985) 213-217 (en términos de pecado social que produce males sociales); Carta Encíclica Sollicitudo rei socialis (1987), nn. 36-37, l.c. 561-564 y Carta Encíclica Centesimus annus (1991), n. 38, l.c. 841. Esos documentos utilizan igualmente expresiones como « situaciones de pecado » y « pecados sociales », atribuyendo su origen al egoísmo, a la búsqueda del provecho y al deseo de poder.



38) La producción de armas químicas, sin « consecuencias » positivas, y que no sirven sino para atacar y defenderse, da testimonio. A manera de ejemplo, la producción de las 500.000 toneladas de productos mortales, capaces de destruir 60 mil millones de hombres, almacenadas en la ex-Unión Soviética, costó alrededor de 200 mil millones de US$, y su destrucción costará otro tanto. Se trata de recursos reales y, por consiguiente, de una pérdida completa para el planeta. Esta aventura perversa se traduce en un descenso del nivel de vida de los hombres (principalmente, pero no solamente, en la ex-URSS), hasta llegar a la aparición del hambre en familias que, en caso contrario, no la hubieran experimentado.



39) Cf. Juan Pablo II, Homilía de Navidad, 1975, con ocasión de la clausura del Año Santo, AAS 68 (1976) 2, 145. Ese concepto fue utilizado por primera vez por el Papa Pablo VI.






Anterior - Siguiente

Índice | Palabras: Alfabética - Frecuencia - Inverso - Longitud - Estadísticas | Ayuda | Biblioteca IntraText

IntraText® (V89) Copyright 1996-2007 EuloTech SRL